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Empoderá tu computadora

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En estos días va a cumplir un año un proyecto que inicié en enero del 2019, junto a un amigo y mi hermano. La idea básica era tomar control sobre nuestros datos digitales, en la medida de lo posible. Aquel capricho nerd, motivado en parte por el placer de manipular computadoras y el apetito por tenerlas, fue transformándose lenta y paulatinamente en una militancia política activa. Cuando a un hecho se lo asume como político, ahí la cosa se pone peluda porque comenzás a cuestionar, a pensar, a reflexionar.

Parte de esas reflexiones derivaron en un cuestionamiento obvio.

Si vivimos en una época donde estamos constantemente preguntándonos por lo político en nuestros actos, en el lenguaje, en los cuerpos, en los géneros, ¿por qué no pensamos nuestro uso de dispositivos electrónicos como un hecho político? Vivimos mediados por estos aparatos y cuando cuestionamos su consumo, se tiende a minimizarlo. Para ejemplifcarlo mejor: si alguien nos habla de la cuestión de la vulneración de nuestros datos privados, la respuesta más común suele ser una expresión de apatía o desinterés.

Pero no hace falta irnos a un ejemplo tan “individualista” y ególatra como nuestros datos privados. Lo individual es político, pero lo colectivo lo es aún más.

La pandemia visibilizó más que nunca que el uso de nuestros dispositivos electrónicos es un hecho político y, si algo dejó en evidencia, es que no todos tienen un dispositivo para hacer “teletrabajo”, o al menos una conexión de internet decente.

Un gran problema de la escuela en estos tiempos fue claramente la nula conexión que tuvieron millones de alumnos con sus docentes. En consecuencia, muchos de esos niños y niñas que no pudieron conectarse, que no pudieron tener alguna continuidad o acompañamiento docente, hoy están cerca de caerse del sistema educativo.

Cuando caen del sistema educativo, muchos de ellos ya no vuelven a ingresar. Conectar Igualdad fue un programa político que buscaba solucionar ese tipo de problemas. Una computadora es un mundo de posibilidades inmenso, incluso sin internet, y la cuarentena lo terminó de demostrar al marcar una tangible diferencia entre quienes ya tenían una pc, entre quienes tuvieron que salir a conseguirla, y entre quienes finalmente no pueden ni pudieron comprar o acceder a una computadora.

No hace falta ser “pobre” para no tener computadora

En los últimos años, la computadora se reemplazó masivamente por un consumo mayoritario de tablets, celulares y smart tv. Difícilmente se volvieron a comprar laptops o computadoras, o simplemente, se quedaron con sus viejos equipos. Y así de golpe, de un día para el otro, este reemplazo y la cuarentena dejaron en evidencia que no es posible trabajar con la antigua laptop ni mucho menos hacer yoga online.

Este tipo de problemas son los que leía en Twitter mientras afilaba los destornilladores para mejorar mi infraestructura pirata. Muchos se referían a sus computadoras como viejas y obsoletas por sólo tener 10 años, quejándose de su mal funcionamiento y con más ganas de tirarlas que de comprenderlas. Esto no es un hecho fortuito. Qué muchas personas digan que sus computadoras de hace 10 años no andan, no se debe al azar ni a la incomprensión del tema. Hay por detrás una filosofía de mercado llamada obsolescencia programada que logró pegar fuerte en la industria, y aún más, en los consumidores.

El término está bastante difundido y probablemente muchos lo hayan leído u oído. Se plantea que cada objeto que se consume, está programado para ser obsoleto. En las computadoras (celulares, tablets, laptops) esto es mucho más evidente, y más evidente aun en los smartphones.

Apple se enfrentó a varios juicios en distintas partes del mundo porque los modelos viejos de iPhone consumían más batería que los nuevos, y esto era un hecho consumado para fomentar el recambio de teléfonos. Peores manejos tienen con sus laptops: todos sus componentes están soldados. Es como comprar una bicicleta y que no puedas cambiarle la cadena. Si se rompe, sólo puede arreglarlo alguien habilitado por Apple, o bien, tirarla y comprar una nueva.

Aparentemente estas cuestiones forman parte de una agenda “de nicho”, charlada entre las comunidades de software libre, nerds, hacktivistas y poco más. Nadie lo pone en cuestión, a nadie parece importarle. Pocos comprenden que su computadora puede seguir funcionando, que simplemente hay que cambiar algunas cosas para revivirla. Es simple: a las herramientas hay que darles un mantenimiento. Yo no sé parchar una bicicleta pero sé que puede ser arreglada. No doy la bici por destruida cuando se le rompen los frenos.

Luchar contra la obsolescencia programada debe ser un tema de agenda

Nuestra vida está atravesada por dispositivos que fueron comercializados con una fecha de vencimiento muy próxima. Naturalizamos el término basura electrónica porque sólo aprendimos a consumir y luego tirar. Es una clara posición política sobre un consumo, que dice tanto de nosotros como del mundo en que vivimos.

Frente a esa inercia discursiva, la resistencia existente se nuclea únicamente en las comunidades de software libre, hacktivistas, nerds y hobbystas de la informática. No cuestionarse estos problemas en un momento histórico donde muchas estructuras socio-culturales están siendo cuestionadas, es por lo menos, hipócrita.

Hay una profunda ignorancia en relación a estas cuestiones. No se trata de que todos y todas se transformen, de la noche a la mañana, en tremendos nerds. Sólo hace falta que la sociedad se tome consciencia de estos hechos. Tomar conocimiento de esta situación es el primer paso para empoderarse en el uso de la tecnología. Luego, recién ahí, se podrá ver cómo encarar las tantísimas implicancias políticas del consumo de dispositivos electrónicos en general, y de las computadoras en particular.

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