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Trastorno de Ansiedad

polu ni ideaPor Mercurio Sosa-

Hoy vuelvo a la adolescencia, recuerdo aquel día en el que me levanté y todo era distinto, había empezado a sufrir de un ataque de melancolía importante. En esa época leía a Nietzsche, a Hesse; en fin, estaba pasando por una crisis existencialista. Me empezó a ir mal en el colegio, sobre todo en matemática, había algo en el orden, en el paso de un término a otro. Me agarraba una especie de necesidad de terminar el ejercicio y siempre, siempre me equivocaba.

Tenía explosiones emocionales que llegaban a los picos más altos de adrenalina para luego caer a la profundidad más oscura de mi cuarto, pintado de verde oscuro, ese cuarto se había convertido en mi caverna platónica. Mi cerebro había empezado a captar una especie de bullicio, como un amplificador que capta las estaciones de radio. Yo buscaba orden, pero mi cabeza era caos en su estado de pureza máxima.
Todos los años la misma crisis, arrancaba bien, a mitad de año estaba motivado, me caía a pedazos a fin de año y nuevamente mis padres venían a consolarme mientras lloraba en la cama del departamento de mi abuela en Mar del Plata.

Esto me hizo pensar que era débil, perdí la confianza en mí mismo, me evadí, me distancié de mis amistades, cambié de carreras universitarias como de vestimenta. Me senté en la zona de confort de sentirme incomprendido por el mundo. Sufrí paranoia, maltraté a gente que me quiso, hice llorar varias veces a mis viejos.
La depresión se ramificó en mí como una enredadera; probé mil cosas: químicos, psiquiatras, psicólogos, deportes, trabajos. Nada.

Hace cuatro años me diagnosticaron trastorno de ansiedad; luego de tener una serie de ataques de pánico donde un día literalmente terminé acostado en el piso del trabajo llorando. Me medicaron con Citalopram y Clonazepam. Mi vida arrancó; me hice adulto, responsable, conservé mi trabajo, prosperé, escribí dos libros y fueron publicados.

El balance químico que esas dos drogas le dan a mis neurotransmisores me hace poder avanzar, tomar riesgos, aguantar la presión. Me dan el equilibrio necesario, y gracias a la calma que mi cerebro adquirió, encontré una claridad que mi mente añoraba. Con un trabajo de hormiga y luego de no sé cuántas sesiones mi confianza volvió.

El problema es cuando por algún imprevisto me quedo sin medicación. Este es un país que no considera a las enfermedades mentales como  a las demás, la ignorancia te tilda de loco, de incomprendido, cuando tu dosis es como la de un resfriado.
Mi psicoanalista tuvo que viajar a Córdoba por una emergencia, y en el ínterin se olvido de dejarme la receta, me queda una pastilla para hoy.

La última vez que me quedé sin medicación eyaculé dormido por tres días seguidos (por eso el nombre de la columna) mis calzones pegajosos me producían una enorme desazón, me sentí sucio y vulnerable. La vez anterior se me dieron vuelta los horarios; me acostaba a las cinco y me levantaba a las tres.

En fin: Fui al centro médico de mi obra social prepaga, aquella que me cobra 1072 pesos por mes y me dijeron que no, me mandaron al Anchorena, ahí les expliqué cuál era mi dosis (la mínima)-me dijeron que estaba prohibido. Para dejar en claro un par de cosas: Uno puede ir a la farmacia y comprar la pastilla azúl, esa es vasodilatadora y puede matarte, un paquete de puchos en un kiosco que está más que comprobado que te dan cáncer de pulmón. En Cualquier licorería podés comprar absenta, que es alucinógeno y estuvo prohibido por muchos años. El otro día “un par de ratas se comieron no sé cuántas toneladas de marihuana decomisadas” se vende falopa en las calles del barrio de once a plena luz del día y en San Cristóbal; debajo de la 25 de Mayo están tirados todos esos menores en colchones sucios, como Zombies, consumidos por el paco.

En el Anchorena lo único que pudieron hacer es mandarme enfrente, a unas oficinas administrativas de Accord. La mina que estaba sentada ahí me imprimió una página de la cartilla con el centro de urgencias psiquiátricas Nomed. Intenté una hora seguida y no atendía nadie, imagínense si alguien que realmente está en problemas y quizás el tiempo fuese un factor clave en el hecho de tomar una decisión radical o no llamara. Luego de una hora de llamar y que sonara innumerables veces y se cortara me atendió una mujer con una voz muy cansada.

Me dijo que no tenían turnos, necesito una receta nomás-le dije. Le expliqué el tamaño mínimo de mi dosis. No-me volvió a decir. Le expliqué que hace cuatro años que estoy en tratamiento, le expliqué que mi cuerpo sufre modificaciones graves si corto la medicación de una (obvié lo del semen).

Vamos a ver si el director del centro te puede atender me dijo, es una fuckin receta gente-pensé.
No hubo caso, el director del Nomed no tenía tiempo para mí.

Así que hasta el domingo estaré a la espera, a la espera de que el sábado no se me descompense el cuerpo y no me arruine la visita a la exposición Dibujados; donde se expone mí último libro. A la espera que el domingo mis alumnos no noten nada extraño cuando les doy el taller.

En fin 2018 y todavía no hay conciencia de las enfermedades mentales.

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