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Mundo Trump

Por Fernando Antón –

Muchos analistas políticos y periodistas aún debaten por qué Donald Trump ganó las elecciones. El simbronazo fue tal que aún el propio sistema político estadounidense se plantea cómo. Jueces, políticos de ambos márgenes, medios de comunicación, hasta Hollywood, ahora recién parecen ensayar una posición combativa a las medidas de los primeros días de gobierno. Quedaron a mitad de camino entre lo que creerían que pasaría, dudaron que Trump cumpliera lo que vociferaba en sus discursos de campaña. En algún punto nadie creyó que el monstruo fuera tan malvado. Y no se puede culpar a nadie por eso.

El problema en rastrear los orígenes de ese por qué es que no se esconde detrás de algún velo cegador. Ni siquiera forma parte de alguna maniobra del establishment. El porqué de la presidencia de Trump hay que explicarlo por causas macro, intrínsecas al momento del capitalismo posmoderno en el que vivimos. Existe gran cantidad de explicaciones y dentro de ese abanico de posibilidades son todas muy ciertas. Desde la influencia del discurso neoconservador en los famosos WASP, esa gran mayoría aletargada que se mueve en el corazón del imperio; el fracaso de Obama al no poder llevar adelante muchas de sus promesas de campaña; el deterioro económico y social de EE.UU que sigue a pasos agigantados desde 1973; la vuelta lógica de los halcones después de años de estar en segundo plano, y la lista podría seguir. Si bien todo lo anterior explica parte del fenómeno Trump, también esos hechos representan consecuencias de un momento histórico global que se hace visible no solo en EE.UU y con Trump. Es decir, las condiciones que gestaron al monstruo no son internas sino externas y hay que buscarlas en el colapso del proceso de mundialización –o globalización- que en su agonía se transformó en un fantasma que recorre el mundo occidental.

Trump es un multimillonario que hizo campaña sosteniendo que estaba por fuera del campo de la política tradicional. Desde su discurso se construyó como un outsider dispuesto a devolver puestos de trabajo e industria a un sector de la población que los había perdido y a relanzar el ya mitológico sueño americano. Y son precisamente esas cosas imposibles en el discurso de Trump, que es un outsider y que el sueño americano pueda volver a existir, las que lo convirtieron en presidente.

En primer lugar no es un outsider. Es la cara visible de una restauración conservadora y su equipo viene a ser algo así como el mejor equipo en los últimos 50 años de las ligas reaccionarias. Su vinculación con la élite no lo convierte en alguien ajeno al sistema político sino parte de un sistema de dominación. En este análisis no hay que dejar de lado que ningún foráneo con ideales transformadores llega a ese lugar de poder, existen mecanismos bien aceitados que lo impiden. Ni siquiera Obama con toda la legitimidad y poder simbólico que tuvo al momento de asumir pudo hacer demasiado frente al determinismo del aparato del que formaba parte.

Volver al sueño americano parece incluso un objetivo aún más difícil de conseguir. Trump promete volver a inundar el mundo de productos made in usa, llamando a una cruzada patriótica a las empresas que se fueron del país a producir en Asia y América Latina. El problema para Trump es que no huyeron de EE.UU. por no ser patriotas. El movimiento de expansión y transnacionalización del capital tiene consecuencias lógicas sobre el flujo de dinero y de bienes y servicios, se expanden a la par. Si los empresarios decidieron instalarse en otros lugares fue por las ventajas que estos ofrecían, entiéndase bajos costos, escasa sindicalización, gobiernos débiles con leyes a medida y ávidos de inversiones capaces de mirar para otro lado y, por sobre todo lo anterior, amplia disponibilidad de mano de obra. Esa lógica de expansión que en el origen de la globalización tuvo la característica de la búsqueda de nuevos mercados ahora se transformó en la búsqueda de reducción de costos. Si la idea de Trump es llevar de nuevo a esas empresas a suelo yanqui tendrá que ofrecer algo más que su retórica furiosa. Y en caso de que pueda hacerlo las concesiones impactarán negativamente en el movimiento obrero y la clase media ya golpeada de su país. Hay analistas que plantean que solamente con la reactivación de la obra pública podrían iniciarse procesos inflacionarios que debilitarían aún más el poder de consumo de la población. Si bien no se puede pensar en una situación lineal, se presupone que habrá más emisión para financiar el incremento del gasto y de la deuda interna presionando la tasa de interés, lo que llevaría al aumento de la inflación.

Resulta paradójico pensar que el proceso que creó, motivó y acompañó más de 100 años de expansión comercial ahora llame al aislacionismo. Sin embargo, aunque paradójico, no es contradictorio. Desde la crisis de 2008/09 el mundo dejó de crecer. Solamente el capital financiero pudo mantener ingresos sostenidos, en parte gracias a los salvatajes y la intervención estatal en la economía. Gran parte del crecimiento se acopló a los BRICS y a China, pero ahora los emergentes, Europa y el resto del mundo no tienen perspectivas económicas positivas para los años que vienen. China en cambio planea seguir creciendo pero habrá que esperar para ver cómo se posiciona en una economía globalizada en retirada. No es casual que ante una retracción económica global suenen más fuertes las voces que llaman a las regulaciones y miren puertas adentro de cada país. No es casual y de hecho así funciona el capitalismo.

Centrados en la figura de Trump dejamos de lado los procesos económicos globales. Pero también se nos escapa el emergente de otros Trump que hay en otras latitudes. Quizás este sea el comienzo de un proceso de transformación del capitalismo hacia una nueva etapa. Desde Kondratiev –y antes Marx- sabemos de sus crisis y sus refundaciones, y también de la superioridad en cuanto a sistema cerrado que supone subsistemas políticos y culturales a los que subordina. Luego de casi tres décadas de solitaria hegemonía y tras varias crisis y transformaciones, parece llegar el momento en el que el sistema mismo buscará una salida hacia su interior, se achicará y desde ahí se relanzará ya sin el rostro humano que intentó construir fallidamente a lo largo de los últimos cincuenta años. Por lo general estas transformaciones conllevan más crisis. Es probable que el hecho de que Trump y sus imitadores estén en el poder en este momento sea meramente circunstancial dentro de este cambio económico global.

El panorama se presenta complejo para las economías emergentes y sobre todo para aquellas débiles, sujetas a poca protección de los vaivenes globales, y primarizadas. Lo seguro es que hay que despojar al monstruo de sus garras y sus colmillos para ver que no hay novedad. No estamos frente a un loco con poder sino a un cambio en la conformación del sistema económico mundial. El fenómeno Trump no se explica de otra manera si no es por las condiciones de retirada y fracaso de la economía globalizada.

Lo preocupante del Mundo Trump es además lo que sucede fuera de las fronteras de EE.UU. Muchos movimientos conservadores se hacen eco del discurso xenófobo. En el caso argentino, el recrudecimiento de un sentimiento anti extranjero puede leerse en esa clave. El efecto rebote en las políticas sociales es tan peligroso como la crisis económica, más en economías tan sensibles a la fluctuación externa como la argentina, impregnada desde la asunción del gobierno de Cambiemos por una marcada reprimarización de sus exportaciones y la apertura de las importaciones. Quienes pensaban en Trump como aliado deben -o deberían- estar lo bastante preocupados como para no tomarse a la ligera las consecuencias de un giro en la política económica global. Caído el acuerdo por la exportación de limones, surgen dudas al respecto de la relación comercial sobre todo después del anuncio de medidas de corte proteccionista que implementará el gobierno estadounidense. Y en un sentido más amplio ¿puede la economía de un país estar atada a la exportación de limones ?.

El otro eje que se abre en la relación con EE.UU. es estrictamente financiero. Sostener el modelo Pro demanda constante financiamiento externo. Más en un contexto donde el ajuste interno no pudo consolidarse todavía en la medida que el gobierno necesita para sostener la economía. Queda por ver más allá de las especulaciones, qué pasará con la tasa de interés a nivel global y cómo condicionaría esto el mercado financiero. Hay una fina línea sobre la que caminan los países como la Argentina, cuya historia reciente muestra cuán peligroso es el cóctel de endeudamiento externo y ajuste interno. En un contexto internacional donde los indicadores de crecimiento y de agotamiento dan señales inequívocas de la retracción de la economía, y en el cual el auge de las medidas proteccionistas empieza a percibirse como la única salida posible, valdría la pena preguntarse si el camino es la integración a los mercados financieros y las desregulaciones.

Trump es un emergente. Está en la vanguardia de un cambio económico producto del agotamiento de la fase expansiva del capitalismo globalizado. Sus imitadores también son indicadores de esa transformación profunda. En el caso latinoamericano, las consecuencias politicas de este agotamiento suponen el regreso de la derecha y de las políticas conservadoras, en muchos recurriendo al discurso reaccionario que caracterizó a las derechas del siglo pasado. Sin embargo, el problema no es político, es – y sigue siendo- económico.

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