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Lo político en el lenguaje / el lenguaje en la política

Por Sebastián Mateo

Pensamos lo que decimos y decimos lo que pensamos. Cuanto menos podemos decir, menos podemos pensar y viceversa. Lo que pasa en nuestro cerebro, nuestras ideas, nuestras opiniones y nuestros valores, dependen, en gran medida, de la forma en que podamos procesar lo que pasa en el mundo exterior, el mundo de las palabras.

De la misma manera en que el lenguaje tiene una gramática, un conjunto de reglas de combinatoria que permiten construir sentido, los procesos mentales también tienen estructuras y semánticas propias. Las palabras, nuestras palabras, son los ladrillos y las columnas que sostienen toda nuestra estructura de pensamiento, Al mismo tiempo, la encuadran en un universo y un espacio, en un determinado mundo.

Los términos que usamos no son neutros ni vacuos, no son meras formas vacías de las que nos valemos instrumentalmente, sino que están cargados de sentido, intencionalidades, matices, intereses, valores y cosmovisiones de mundo. Esos términos no son sólo vehículos del mensaje, sino que son el mensaje mismo. Además de informarnos una cosa, nos sitúan en el paradigma desde el que vamos a leer e interpretar esa cosa.

En esa tónica, la mimetización del lenguaje político con el de otros universos (puede ser el del marketing, el de la biología o el de los manuales de autoayuda. Da igual) tiene efectos que van más allá de un cambio de estilo. No sólo se nos dice algo de manera literal, sino que, de manera oblicua, se nos sitúa en la plataforma desde la cual vamos a tener que interpretar y discutir con aquello dicho. Ese corrimiento del lenguaje implica que estos universos, con todas sus reglas implícitas, definan los términos del intercambio. No es lo mismo decir “#equipo” que “gabinete”, no es lo mismo decir “sube el dólar” que decir que “se devalúa” o que “se deja flotar el tipo de cambio”. Siempre se alude al mismo fenómeno, a un hecho concreto, pero no podemos acceder a ese fenómeno si no es por medio del lenguaje, y este no es técnico y natural, sino construido y cargado de intencionalidad política.

Si la política es, como dice esa idea que alguna vez fue original y hoy es cliché, la continuación de la guerra por otros medios, entonces las ideas son los soldados y las tropas, pero al mismo tiempo, por detrás de todo ejército de ideas está el lenguaje, que es el escenario y el campo de batalla.

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