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Las niñas y los niños de Villa Inflamable

Por Aylén Fuente –

Eran las nueve de la mañana y el sol que entraba por la ventana comenzó a calentar el sillón viejo donde estaba acostado Iván de seis años, medio dormido y medio despierto por la fiebre y los mocos. Los primeros días de frío polar ya se habían instalado en el conurbano de Buenos Aires y como era costumbre, diariamente las nenas y los nenes de Villa Inflamable de Avellaneda iban a desayunar y a almorzar al comedor “Arco Iris”. Entre dos, cuatro y seis hermanos y hermanas se iban acercando a la mesa para tomar el té caliente. Allí había galletitas, budín y algunas tortas fritas que había preparado Gabriela, fundadora y cocinera del comedor. “Empecé trayendo a los vecinitos de mi casa a comer, pero cada vez fueron más los chicos con necesidad así que decidí abrir el comedor en mi casa y ahora vienen todos los días. En marzo eran diez, en mayo veinte nenes. Ahora son cuarenta y seis que vienen a comer”, dijo Gabriela frotando sus manos por el frío y se cruzó de brazos al ver a los nenes sentados en la mesa mientras desayunaban. “El ministerio a veces viene y me trae esto” señaló los paquetes de budín, “pero estos son de las fiestas, ¿ves? Y estamos en julio, yo no le puedo dar esto a los nenes. Las fiestas fueron en diciembre… están vencidos. A pesar de todo esto no me alcanza. Los chicos vienen con hambre y frío, hoy Iván vino enfermo, ¿ves? Él vive solo con sus seis hermanitos acá a la vuelta, entre ellos se cuidan. Hoy vinieron en remera ¿y viste el frío que hace? Acá yo les doy la ropa que me donan, pero a veces es difícil”.

Villa Inflamable es un barrio de Dock Sud en Avellaneda conocido principalmente por su alto grado de contaminación y por una gran cantidad de niños y niñas infectados de plomo en sangre. Esta zona está afectada por empresas y fábricas petroquímicas que desechan sus residuos en el aire y en el agua del riachuelo que bordea el barrio, donde miles de personas habitan. “Yo tengo todos los resultados de análisis de mis hijos y tienen plomo en sangre, todos. Y acá de vez en cuando viene la trabajadora social y me trae un par de cosas viste, pero yo le pedí si me podía traer colchones porque acá mis hijos duermen en un solo colchón, los cuatro juntos”. Dijo Mariela, madre de Alexis, uno de los nenes que asiste a Arco Iris. “Vos sabés que acá no podemos tomar el agua, está súper contaminada, el aire mismo ya está contaminado, ¿sentís ese olor? Es lo que larga la petroquímica, arde hasta la garganta”.

Sasha tiene diez años y es la hermana mayor de Iván, y con una sonrisa y la cara sucia contó cómo es vivir en Villa Inflamable, que no tiene documento nacional de identidad, que no va al colegio y que no sabe leer ni escribir. “En total somos seis, yo no sé cocinar pero a la mañana vamos a lo de la Gabi, a la tarde a lo de la Marta, y a la noche vamos a lo de doña Carla. A veces me dan una olla de guiso y lo llevamos a casa, pero en casa nunca comemos”. En Villa Inflamable muchas familias viven de los comedores y las copas de leche del barrio y dependen de las donaciones que llegan o de la asistencia social del ministerio. En las calles durante el día se ven a los niños correr de un lado hacia al otro, siempre en grupo. Juegan a la pelota y a las cartas, se conocen entre todos. “A nosotros nos gusta ir a jugar a la montaña del árbol mágico, le decimos así porque nos da suerte, siempre encontramos cosas nuevas para jugar. Yo ayer encontré una moneda y una carta re linda”, dijo Alexis de nueve años. “A mí me va mal en matemática, pero me va bien en lengua. Mi hermano Ale siempre me ayuda a estudiar pero ahora está trabajando en el quiosquito y no puede”. Su hermano Ale, de trece años, contó que la señora del quiosco le dio trabajo así que ahora puede llevar a su casa un paquete de fideos, el jugo y el pan de todos los días: “ya soy grande y quiero ayudar a mi familia, y la doña es muy buena, el otro día me dio helado para mí y mis hermanos, estábamos felices”. Ale sonrió y mostró su pelota de fútbol: “nosotros acá jugamos siempre, todos los vecinos. La Gabi nos deja jugar en el patio del comedor, ella es muy buena”.

Las niñas y los niños ya sabían que el desayuno había terminado y que ahora era el turno del almuerzo: guiso de fideos. Gabriela agarró la olla y la llenó de agua y pidió que todos salieran afuera a jugar porque que tenía que lavar las tazas. “A mí me da bronca todo esto, y me indigna que tanta criatura chiquita pase hambre y tenga que venir hasta acá. Esta es la pobreza, a mí me duele en el alma” dijo Gabriela llorando, “¿Pero sabés qué es lo peor? Que a pesar de todo lo que yo hago por ellos no es suficiente, porque su situación no cambia nada, todos seguimos viviendo acá en las mismas condiciones. Y pase el gobierno que pase, sea kirchnerista o macrista esto sigue igual y cada vez peor” se secó las lágrimas y respiró hondo. Los ojos se le pusieron rojos “estamos abandonados, me da bronca tanta injusticia social. Imaginate qué harían los nenes sin este lugar… el capitalismo les consumiría hasta los huesos”.

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