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La gran derrota cultural: legitimación de prácticas culturales superadas a través del discurso dominante

Por Rocío Deguer

Hace unas semanas, escribía en las redes que una de las mayores derrotas a nivel cultural en estos tiempos de ‘transición’, es la legitimación de cierto tipo de discurso que en los últimos años se había podido desterrar parcialmente. El discurso tiene el poder de moldear el mundo que percibimos, no sólo para transmitir un mensaje sino también para recibirlo e interpretar el mundo a través suyo.

No es casual que los votantes de un partido de derecha seleccionen cierto tipo de palabras, mientras que los de un partido de izquierda utilicen otras diferentes para designar cosas que a simple vista sólo difieren en la nomenclatura utilizada.

En las últimas semanas se pudo percibir un tipo de discurso que aunque oculto, estaba evidentemente gestado en gran parte de la población, con una carga ideológica aparentemente vaciada, pero como toda ideología en apariencia vacía, de vacía no tenía nada. Discursos como “ahora van a tener que trabajar”, esconden un profundo resentimiento a las clases más bajas, a quienes se admira e idolatra cuando se muestran sumisos, y a quienes se odia cuando esas mismas clases obtienen derechos sociales.

Cuando desde el poder convocan a “la unión de los argentinos”, se promueve la sumisión del pueblo a un tipo de políticas estatales, a la vez que se los tacha de precursores de odio y división entre los argentinos. Con esa sola frase, entonces, alcanza para bajar la línea de que el pueblo no tiene nada más que hacer que votar cada 4 años. En consecuencia, se promueve la desideologización, la apolítica y con ellos la falta de argumentos críticos ante cualquier medida desfavorable que pudiera tener el gobierno.

Esta coyuntura, donde frases como “van a tener que agarrar una pala”, y “basta de planes sociales”, tienen un papel predominante en las conversaciones y debates actuales, a la vez que el odio a las clases bajas se vuelve socialmente aceptado, y en la que además se llama a la “unión de los argentinos”, viene a legitimar un tipo de discurso que si antes se mantenía en la intimidad por miedo a la condena social, ahora se dice en voz alta, en público, sin culpa y hasta con orgullo.

Si la dualidad de estructura, como señalaba Giddens, constriñe y limita a partir de reglas mientras habilita a través de recursos, el discurso ahora institucionalizado se vuelve parte de la estructura, que dota de recursos al agente que ahora puede expresarse libremente sin temor al repudio.

En el 2000/2001, cuando la palabra “piqueteros” se encontraba en boca de todos los estratos sociales, era frecuente escuchar cosas como “hay que matarlos a todos porque no me dejan llegar a mi trabajo”. Tiempo después y con el diario del lunes, salía a la luz que los perjudicados por la crisis eran muchos más que los piqueteros, y el pueblo entero se movilizaba y cortaba calles en pos de resistir las medidas de ajuste del entonces gobierno.

Desde entonces, por años dejó de estar aceptado el uso de frases en público con carga explícitamente discriminativa, y la política pasó a ser una cuestión universal que todos discutían, e incluso, se empezó a poner en cuestión desde la sociedad misma el tipo de cobertura que tenían los distintos medios de comunicación.

Este discurso con marcados tintes discriminatorios y propensión a la sumisión que está volviendo a aparecer en la sociedad, marca un precedente peligroso que se traduce en la base cultural que tenemos como pueblo. En la actualidad, logramos que discursos como “la violaron porque tenía la pollera muy corta” estén inmediatamente condenados por la sociedad, y eso devino necesariamente en nuevas normas tácitas, que se volvieron parte de una base cultural sobre la que resulta imposible retroceder en el corto plazo.

El discurso es mucho más que un estado en Facebook o una frase tirada al azar en una conversación en familia. El discurso conforma el piso sobre el que se obtienen conquistas o derrotas, sobre el que los mandatarios pueden posicionarse, sobre la forma en que pensamos que las cosas deben ser, y sobre el que nos pensamos a nosotros y a los otros. El piso cultural marca lo que es aceptable y lo que no lo es, y su atributo fundamental es que no depende de ningún individuo sino de la sociedad en su totalidad, que está siempre influenciada por el discurso dominante.

Hoy más que nunca, es menester que no retrocedamos sobre las conquistas culturales, porque aunque intangibles, son la base de todos los derechos sociales que no estamos dispuestos a conceder.

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