Navegar por

Sobre la naturaleza ideológica  y totalizante del amor romántico

Por Sebastián Mateo

Partamos de una base: no existe algo como “El Amor”, único e inequívoco, definido objetiva y universalmente. Existen aproximaciones, perspectivas, concepciones, visiones y formas de abordarlo que caminan a veces de la mano y, otras, en sentido opuesto. Desde el amor contemplativo e idealizado que propone Platón hasta el amor libre de los movimientos anarquistas, pasando por el amor líquido del capitalismo tardío y el amor confluente nacido en el seno de la revolución sexual de mediados de siglo XX; hay tantas versiones de amor como relaciones amorosas en el mundo.

A pesar de esto, se ha universalizado una definición particular y situada en el tiempo, construida en occidente y con arraigo en la edad moderna: el amor romántico. Un rápido punteo de esta definición nos lo muestra como un sentimiento diferente y superior a las puras necesidades fisiológicas, como el hambre o el deseo sexual. Las características más señaladas de este tipo de amor se confirman y difunden a través de relatos literarios, películas, canciones y demás dispositivos de la industria cultural. Se trata de un tipo de afecto infinito que, para ser verdadero, ha de ser para toda la vida (te querré siempre), exclusivo (no podré amar a nadie más que a ti), incondicional (te querré pase lo que pase), que implica un elevado grado de renuncia (te quiero más que a mi vida) y omnipotencia (el amor lo puede todo, el amor siempre vence). Según Pilar Sampedro: “Algunos elementos son prototípicos: inicio súbito (amor a primera vista), sacrificio por el otro, pruebas de amor, fusión con el otro, olvido de la propia vida, expectativas mágicas, como la de encontrar un ser absolutamente complementario (la media naranja), vivir en una simbiosis que se establece cuando los individuos se comportan como si de verdad tuviesen necesidad uno del otro para respirar y moverse, formando así, entre ambos, un todo indisoluble.”

 Todos los otros modelos de amor son vistos como perniciosos, insanos, patológicos y hasta ofensivos: su mera existencia o mención suscita cierto resquemor entre los partidarios del amor romántico. De esta consideración patológica del desvío surgen frases como: “vos no sabés amar”, “si sufrís no es amor”, “el amor hace bien o no es amor”, etcétera.

De lo expuesto se sucede, entonces, que el amor romántico es una ideología, en el sentido más ortodoxo del término, planteado por Althusser. En pocas palabras, es un conjunto de ideas que representan una ilusoria relación del sujeto con sus condiciones materiales de existencia. Como toda ideología, es totalizante, se plantea como única y se oculta a sí misma, negando ser ideología y proponiéndose como verdad ineludible, de sentido común. Esto implica que el amor romántico no viene solo, trae consigo un modelo de hombre y de mujer, de sociedad, de país, de vida, de sanidad y de enfermedad, de pareja, de consumo, de valores, de estética, de mal y buen gusto, de racionalidad. Se sostiene en instituciones fijas y sólidas, como la pareja estable, la monogamia, la heteronormatividad, el pudor sexual, la prudencia, la convivencia en el mismo hogar, el sedentarismo, los roles de género y la familia tipo.

Las prescripciones del amor romántico y sus mitos tienen consecuencias directas en nuestras vidas, desde lo que deseamos hasta la forma de pensarnos nosotros mismos. En una serie de entrevistas que se emitieron en 1996, Gilles Deleuze afirma que la tristeza es “la imposibilidad de colmar una potencia”. Cuando nos vemos separados de una potencia que creíamos nuestra, con o sin razón (debería haber logrado esto, pero…), aparece el dejo de angustia. La imposibilidad de cumplir con ciertas expectativas produce esa sensación de desasosiego y ejerce un poder sobre el individuo, lo regula. El amor romántico crea potencias, expectativas, prescribe destinos y estipula objetivos a alcanzar. No poder encontrar a nuestra media naranja, que las relaciones con nuestros seres amados no sean sólo rosas y colores, no vivir satisfechos con la monogamia, amar de manera no exclusiva y por momentos dañina o, en resumen, desviarnos del modelo romántico, conlleva una transgresión que conduce a la tristeza, a la culpa, a la estigmatización y al malestar. Esa culpa por el desvío ejerce un poder sobre los sujetos, los normaliza. Sigmund Freud escribió algo sobre esto en 1930, en El Malestar en la Cultura, donde problematiza la contradicción entre  las exigencias pulsionales y las restricciones impuestas por la cultura. Mientras la cultura intenta instaurar unidades sociales cada vez mayores, restringe para ello el despliegue y la satisfacción de ciertas pulsiones, transformándolas en sentimiento de culpa y generando insatisfacción.

Slavoj Zizek sostiene que el amor, lejos de su concepción romántica, es un concepto eminentemente violento. El amor es, en esta visión, desequilibrio, caos. Rompe la monotonía y abre un abanico de nuevas posibilidades, y con ellas vienen nuevos peligros. La versión idealizada y rosa del amor es un reflejo de una ideología que se extiende y se filtra por un conjunto de prácticas: la modernidad ofrece cerveza sin alcohol, nicotina sin tabaco, café sin cafeína, endulzantes sin azúcar y amor sin trauma, sin dolor, sin violencia.

Facebook Comments
Visit Us On TwitterVisit Us On Facebook