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¿Quién mató a la pregunta, Baby Jane?

Por Carlos Enrique Blanco – 

Question, frage, une question, domanda. Pregunta.

¿Qué le pasó a la pregunta? ¿Dónde, cuándo, cómo se perdió? ¿Se perdió? ¿Está muerta, herida, convaleciente? ¿De ser así, se recuperará? ¿Qué diagnóstico tenemos? ¿Qué le sucedió? No hablamos de la pregunta solamente en un sentido literal, sino en un sentido amplio. La pregunta como consecuencia de una duda que nos habilita a preguntarnos. La duda que surge de la pregunta. La pregunta que puede aclarar y despejar. O que puede generar más dudas. La pregunta como motor, como tracción, como empuje.

Estas líneas no pretenden, de ninguna manera, responder a estas preguntas, valga la redundancia. Apenas si intentarán, humildemente, habilitar a nuevas preguntas, debates, dudas, pensamientos; incluso al rechazo a las preguntas que se hacen en estas mismas líneas.

¿La duda y la pregunta van de la mano? ¿O son parientes cercanos? ¿La duda es curiosidad, o son cuestiones separadas? La duda. La curiosidad. La pregunta. ¿Por qué preguntamos cuando lo hacemos? Muchas preguntas sobre la pregunta. Demasiadas. Tal vez hasta redundantes y repetitivas. Pero si no se hacen, ¿cómo hacemos?

No será la primera vez que este tema estará en cuestión. No será la última, por supuesto. “El silencio es salud” decía la dictadura cívico-militar. Preguntar en voz alta significaba un peligro real para la propia vida. El miedo y el terror obturaban la pregunta. La gente —esa entelequia globalizadora que se utiliza dependiendo las necesidades y las circunstancias— prefería no preguntar. Las mayorías, si curiosas, se guardaban la curiosidad para sí mismas. Claro que no todos callaron, ni guardaron silencio y se animaron y dieron la vida por preguntar, por dudar, por cuestionar. “¿Dónde están nuestros hijos?” Callar la pregunta, aplastar la curiosidad, sesgar la duda era la urgencia del poder

Hoy asistimos al Festival del Vacío, a una Nueva Era de la Banalidad, a una Fiesta Nacional de la Mente en Blanco. La angustia de la Independencia, el rey abdicado y las vallas. Question en inglés, question en francés. La pregunta, bien hecha, cuestiona, es cuestionamiento, señalamiento. Demuestra que quien la emite no sabe y quiere saber; demuestra que quien la emite, sabe una otra verdad y duda. Si la pregunta es cuestionamiento, las vallas alejan este cuestionamiento. ¿Qué es una demostración popular sino una puesta en cuestión? Las vallas son “el silencio es salud” de nuestros actos de hoy, actos sin público, actos escolares de 1924, billikenizados.

¿Qué le pasó a esa parte tan grande y tan importante de la sociedad argentina para que, de pronto o no tan de pronto, dejara de preguntarse, de cuestionarse, de dudar? ¿Qué le sucedió para que todo lo dado se convirtiera en una certeza absoluta aún cuando inmediatamente quedara demostrado que no lo era? Aunque asumimos que no es fenómeno exclusivamente de nuestra sociedad, nos haremos estas preguntas referidas al ámbito local. ¿Cómo es que millones de compatriotas abandonaron todo cuestionamiento, aún incluso cuando lo dado fuera en contra de la propia experiencia vital?

Soslayar el poder de los medios masivos hegémonicos de comunicación en este proceso de adormecimiento de la curiosidad – y por ende, del coma de la pregunta – es imposible. Pero ¿sólo el poder de estos medios masivos hegémonicos de comunicación – olipsolios – explican el al borde del knock out en que se encuentra hoy la question? Pueden explicar una parte importantísima, si. Los medios hoy demuelen. Actúan por bombardeo de saturación. Destruyen todo y cuando todo está destruido y sólo quedan escombros, cenizas y restos humeantes, reconstruyen cabezas a su antojo. Esto es así. Es cierto. ¿Pero alcanza sólo con esto? Son condición necesaria, pero no exclusiva. Entonces ¿qué pasó? ¿Qué nos pasó como sociedad que abrimos el baúl del sotáno, tiramos adentro a la duda, cerramos la tapa, le pusimos candado y la arrojamos por el inodoro?

Una pregunta sencilla y bien hecha desnuda la pobrísima perfomance dialéctica de quienes están del otro lado de la grieta. Porque la grieta existió siempre y hoy es un abismo sobre el que pocos – sino nadie – están dispuestos a construir no ya un puente, siquiera una pasarela de cuerdas y ramas. No importa ya si las verdades indubitables absolutas quedan desmentidas en cuestión de segundos. Sus emisores no recibirán ninguna penalización por no haber dicho la verdad – por mentir, digámoslo claramente -. No habrá rechazo social. Nada. De una verdad indubitable absoluta que se demostrará que no es tal, se pasará a otra; y cuando esta otra se demuestre falsa, se pasará a la siguiente y a la siguiente. Todas serán verdades absolutas. La lógica – esa otra desaparecida de los tiempos que estamos viviendo – no encontrará así resquicios para volver a ocupar el lugar que le corresponde. Entonces, la Independencia de 1816 será convertido en un acto de angustia y un pedido de disculpas a un rey mataelefantes y sin corona: y ninguna voz autorizada hará la pregunta necesaria para desarmar un discurso tan vacío como el interior de un globo. O quienes hagan la pregunta  serán las voces hoy acalladas por aquellos que antes exclamaban “queremos preguntar” y hoy no lo hacen y a quienes aquellos que preguntan se les presentarán como molestias.

La pregunta que no cuestiona, que no intenta develar, que no surge de la duda, ¿es pregunta? Cuando los periodistas estrellas preguntan ¿realmente lo están haciendo? La pregunta condescendiente es pregunta solo en su forma- Pero en realidad para ser simplemente un centro a la cabeza de un delantero que tiene el arco solo porque al arquero lo bajaron de un botellazo mientras el referi se hacía el distraído.

¿Qué pasó para que un día soleado, sin nubes, con un cielo pristino, millones de personas salgan a la calle con paraguas, piloto y galochas, porque los medios dicen que llueve? ¿Cómo sucedió? ¿Por qué sucede? Plumas más autorizadas podrían echar luz sobre las respuestas a algunas de estas tantas preguntas. ¿Podrán? ¿Podremos? Si llegáramos a poder responder a estas preguntas ¿estaríamos resolviendo algo? ¿Podríamos resolver lo que ya sucedió? Si del otro lado de la grieta no nos escuchan, ¿nos escucharían si les dijéramos “a ustedes les pasó esto, esto y esto”? ¿Serviría de algo? ¡Cuántos signos de pregunta y cuántas preguntas sin respuesta! ¡Cuántas preguntas más podrían hacerse! Habrá que seguir haciéndoles y habrá que seguir preguntando, ejerciendo el derecho a la duda, porque hoy y ante el estado actual de los hechos, preguntar vuelve a convertirse, una vez más, en una obligación y en un acto de la más simple y pura resistencia.

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