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Bases para repensar el concepto de Libertad

Por Virginia Zamboni |

“Libertad” es una palabra muy común en estos días. Constantemente la sociedad reclama más libertad de parte de nuestros estados. Pongamos ejemplos de debates recientes y actuales: la despenalización del aborto supone libertad para abortar, la ley de matrimonio igualitario supone la libertad de contraer matrimonio entre personas del mismo sexo; así también algunos proclaman libertad de mercado, la que supone ser libres para comprar, vender, invertir sin ningún tipo de restricciones de parte del estado. No obstante, debemos recordar que “Libertad” se trata de un concepto bastante ambiguo, pues en la tradición del discurso político no siempre se le ha atribuido la misma significación. Muchos autores han trabajado en relación a este tema, como Benjamin Constant e Isahia Berlín, quienes reconocen la existencia de dos concepciones de la libertad, propias de diferentes lenguajes: por un lado, existe el lenguaje de la virtud, y por otro lado, el lenguaje del iusnaturalismo. El término libertad está presente en ambos, pero con un sentido totalmente diferente. Aclaremos entonces esta cuestión.

En el primer lenguaje, la esfera de la libertad coincide con el espacio regulado por normas imperativas, siempre que éstas sean autónomas. La virtud está ligada a la independencia, ya que no depender de la voluntad de ningún otro implica que uno mismo es quien se da sus propias leyes, que regulan lo permitido y lo prohibido. Sin embargo, esta libertad no es propia de todos los hombres, sino que sólo lo es de aquellos que están naturalmente dispuestos, por sus virtudes, para ser libres. Ésta es la libertad de los antiguos, que se observa en las obras de autores clásicos como Platón y Aristóteles. Ambos proponen una libertad colectiva, relacionada a la noción de organicismo: sólo se es libre en cuanto se vive en una polis libre.

Platón esboza su teoría a partir de una analogía entre la polis y el hombre: ambos son concebidos como organismos, por lo que para funcionar correctamente necesitan que cada una de sus partes cumpla con el rol que le corresponde por naturaleza. En el hombre, debe gobernar la razón sobre las pasiones; en la polis, el hombre racional y sabio, debe ser gobernante; el hombre irascible y valiente, debe ser guardián, y el hombre pasional, cuya única virtud es la templanza, debe ser trabajador. El gobernante comienza gobernándose a sí mismo, subordinando sus pasiones a su razón, y por ello hará de la polis, una polis justa; y mientras se mantenga esta jerarquía y cada hombre actúe lo más virtuosamente posible; la polis será libre. Esta libertad debe interpretarse como una libertad colectiva, del todo; no se puede hablar de libertad individual pues no todos los hombres participan directamente de la elaboración de las decisiones políticas.

Continuando con este pensamiento, Aristóteles también sitúa a la polis como un todo orgánico; ésta es la comunidad perfecta de un conjunto de aldeas, que tiene el nivel más alto de autosuficiencia, y además es autónoma y autárquica. La polis es anterior al hombre, pues éste es entendido como zóon politikón, es decir animal político, y como tal es sociable por naturaleza, lo que implica que necesita de los demás para sobrevivir. Se diferencia de los animales en tanto posee lenguaje, lo que le permite manifestar lo justo y lo injusto. Para este autor, sólo serán libres los ciudadanos: hombres, mayores de edad, no esclavos, nativos, con tiempo disponible para ocuparse de los asuntos públicos; quedando excluidos de esta categoría mujeres, niños, esclavos y extranjeros. A partir del debate y la discusión de los hombres libres en las asambleas públicas surgen las leyes que todos los que conviven en la polis obedecerán.

En el lenguaje iusnaturalista, la libertad es comprendida como defensa de los derechos individuales. En la época moderna surgen las teorías contractualistas, construcciones ético-políticas que nacen como intento de sustituir el fundamento religioso por una razón natural. Así, deja de lado la noción de organicismo para comenzar a interpretar la sociedad desde teorías mecanicistas en las que ya no se parte del todo sino del individuo. La sociedad es concebida necesariamente como una asociación voluntaria de hombres libres e iguales. Los filósofos del contractualismo intenta dar explicaciones y justificar la existencia del Estado a través del recurso de un hipotético Estado de Naturaleza, en el que los individuos portadores de derechos naturales, se enfrentarían unos a otros de modo que finalmente acordarían la conveniencia de instituir una autoridad superior con poderes para distribuir los beneficios y las obligaciones de la vida en comunidad, recortando de esta manera los derechos iniciales en beneficio de todos y cada uno. Dependiendo la antropología propuesta y las caracterizaciones de los individuos en el Estado de Naturaleza el recorte de los derechos y la imposición de deberes serán mayores o menores.

Thomas Hobbes propone una antropología negativa: el ser humano es asocial, ambicioso, temeroso, egoísta, violento y busca su propia conservación. La competencia y la desconfianza entre los hombres genera un estado de guerra permanente; para superar esta situación, los hombres pactan cediendo todos sus derechos a un tercero que no queda sujeto al pacto, exceptuando el derecho a defender su vida ya que el motivo del pacto es el temor a una muerte violenta. La libertad en el Estado de Naturaleza se refiere a la ausencia de impedimentos externos que impidan a los hombres hacer aquellas cosas de que es capaz por su fuerza y su ingenio. Por su parte, John Locke plantea que en el Estado de Naturaleza existe cierta sociabilidad: los hombres están reunidos según le dicta la razón, en perfecta igualdad y libertad. Todos los individuos tienen la capacidad de castigar a quien incumpla la ley natural, razón por la cual surge un Estado de Guerra; es la ausencia de un juez común y neutral lo que determina la necesidad de pactar. Locke también habla de la libertad natural, la cual hace referencia a la capacidad de ordenar y disponer de su persona y sus propiedades según le parezca a cada individuo. En este sentido, el primer objetivo del pacto es la conservación de la propiedad.

Una vez instituida la sociedad civil, la libertad se reduce en ambos autores: el ámbito de las acciones libres de los hombres debe ser limitado por la ley, pues si no lo fuera, ello llevaría consigo una situación de caos y desorden que volvería a situar a los hombres en el Estado de Naturaleza del cual quisieron salir. Aparecerá entonces la libertad civil, relacionada con el silencio de la ley. Se puede hacer u omitir aquellas cosas que la ley no prohíbe. Sin embargo, ambos suponían que debía existir un cierto ámbito mínimo de libertad personal que no podía ser violado bajo ningún concepto. Para Hobbes tal límite era la vida; para Locke, la propiedad.

Por otra parte, la teoría esbozada por Jean-Jacques Rousseau presenta una particularidad. Si bien utiliza el esquema contractualista y le agrega un tercer Estado, la República, retoma la conceptualización de libertad de los antiguos. En el Estado de Naturaleza se da un momento de sociabilidad, en el que el hombre forma familia y frente al problema de la escasez, innova con nuevas técnicas como la agricultura y metalúrgica. A partir de entonces surge la propiedad y los hombres comienzan a diferenciarse socialmente entre ricos y pobres. A través de un pacto inocuo se da paso al Estado Civil, cediendo los hombres sus derechos en beneficio de unos pocos. Para el autor, este pacto constituye un engaño ya que convalida las desigualdades y justifica la propiedad privada; el Estado que se comienza a conformar es clasista y la sociedad conflictiva. Frente a esta situación, Rousseau propone un Contrato Social que rompa con la sociedad civil y de paso a la República; en éste se ceden todos los derechos, pero se recuperan como suma de la Voluntad General. Esta última es un ser colectivo que aflora cuando los hombres deliberan y se plasma en las leyes, no erra y tiende siempre al bien común. La libertad se entiende aquí como libertad de los antiguos en cuanto presupone una entrega total de los individuos a la sociedad y la anulación de las individualidades: los hombres que se someten a las leyes no lo hacen como imposición externa sino como resultado de la Voluntad General que condensa el interés público.

Ambas concepciones sobre la libertad pueden parecer, a primera vista, conceptos que lógicamente no distan mucho uno del otro y que no son más que las formas negativa y positiva de decir la misma cosa. Sin embargo, las diferencias que los separan son más profundas e intrínsecas de tradiciones de pensamiento disímiles. No se trata en este ensayo de defender una concepción sobre otra, sino de pensar en las implicancias que conllevan cada una de estas concepciones. La libertad de los antiguos es una libertad pública y colectiva, que consiste fundamentalmente en ser dueño de sí mismos, es libre quien decide colectivamente las leyes que rigen su vida en comunidad, quien se autogobierna. No obstante, para los griegos, esta libertad es excluyente, porque no olvidemos que, para estos, no todos los seres humanos son ciudadanos ni cuentan con la virtud necesaria para gobernar la polis, en tanto existiría una desigualdad natural. Por su parte, la libertad de los modernos es privada e individual, consiste en que otros hombres no me impidan decidir sobre mis acciones, y por tanto busca limitar todo lo posible el accionar del Estado o del poder coercitivo para salvaguardar la esfera individual. Aquí, los individuos son considerados como iguales y por tanto igualmente libres, pero se hace tal énfasis en el individuo que se olvida por completo de lo social, lo colectivo.

Las demandas que mencionaba al principio —libertad para abortar, libertad para casarse con personas del mismo sexo, libertad de mercado— son todas ellas libertades modernas; implican una retracción del estado sobre alguna materia aumentando la esfera de libertad individual. Sin embargo, si pensamos desde la concepción de libertad de los antiguos, los reclamos por mayor libertad tendrían que ver con cuestiones como la transparencia en las instancias deliberativas, instancias de participación política como plebiscitos populares, la gestión social, la autonomía y el autogobierno. Como vemos, estas últimas no son discusiones tan frecuentes en nuestros días.

Ambas concepciones sobre la libertad tienen sus puntos favorables, así también como sus puntos débiles. Al respecto, me parece interesante finalizar el artículo con una apreciación de Constant:

[…] el peligro de la libertad antigua consiste en que los hombres, atentos únicamente a asegurarse la participación en el poder social, despreciaban los derechos y los placeres individuales. El peligro de la libertad moderna consiste en que, absorbidos por el disfrute de nuestra independencia privada y por la búsqueda de nuestros intereses particulares, renunciamos con demasiada facilidad a nuestro derecho de participación en el poder político.


Referencias bibliográficas

  • Aristóteles. Política.
  • Constant, B. De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos. Conferencia pronunciada en el Ateneo de París en Febrero de 1819.
  • Hobbes, T. Leviatán.
  • Locke, J. Segundo tratado sobre el Gobierno Civil.
  • Platón. La república.
  • Rousseau, J.J. Del Contrato Social.
  • Rousseau, J.J. Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres.

 


Virginia Zamboni, Rosario, Santa Fe. Es estudiante de Licenciatura en Ciencia Política, UNR, con orientación en análisis político.

Correo electrónico: vir_2901@hotmail.com

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