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The Walking Dead y el habitus capitalista

Por Sebastián Mateo

tumblr_inline_ofyun8GCrF1upi3mz_500The Walking dead nos muestra cómo, ante el colapso civilizatorio y la ausencia del Estado de Derecho, los individuos no vuelven a un estado de naturaleza sino que se comportan actuando según las normas del capitalismo racional de la competencia en el que fueron socializados. Cierta violencia y salvajismo aparentemente propios de un retorno a lo natural, no son otra cosa que el habitus capitalista adaptado a un mundo sin estructuras e instituciones capitalistas. En el ocaso de la civilización, donde todas las formas de gobierno colapsan y los vínculos que atan a los individuos se deshacen, curiosa e irónicamente, los nuevos lazos que se crean son idénticos a los anteriores. Las reglas del viejo mundo ya no están escritas, pero aún así rigen las relaciones sociales del nuevo.

Los grupos se siguen guiando en torno a un líder, elegido por sus virtudes pero también por su capacidad de imponerse por la fuerza; es decir, de manera análoga a la democracia. La oferta  y demanda de bienes y servicios, así como la escasez y la abundancia son lo que determina los “precios” que los individuos están dispuestos a pagar por las cosas; las relaciones amorosas siguen estando encuadradas bajo el marco tradicional; los mecanismos de solidaridad son prácticamente iguales; las fronteras con los otros se siguen dividiendo entre comunidades, cada una con su propio territorio, su organización política y hasta su propia cultura y su jerga—las distintas comunidades le llaman de manera distinta a los zombies—.
En suma, cuando todo cae y las condiciones objetivas para forjar un nuevo modelo de sociedad están dadas, la imposibilidad de imaginar nuevas utopías lleva a los individuos a forjar un “nuevo” mundo que es una copia a escala del anterior, sólo que más crudo debido a las inclemencias coyunturales. Fredric Jameson alguna vez dijo: “hoy parece más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Woodbury Georgia es la representación cabal de esto. The governor no es un lunático que perdió la chaveta en el apocalipsis mundial, es un dirigente modelo que encarna todo lo que somos; su fracaso no está dado porque se desvió del plan, sino porque lo cumplió demasiado bien pero el mundo actual ya no es compatible con el viejo espíritu del capitalismo.
El mérito y el atractivo de la serie está en delinear perfectamente cómo la psicosis colectiva producto de la incertidumbre ante un mundo en donde lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer, se manifiesta en las actitudes de las personas, en sus formas de organizarse, en sus miedos, en sus anhelos, en sus miserias y en sus gestos de amor, de solidaridad y de pasión. Lo que pone en peligro a los protagonistas no son los zombies, sino la crisis de orden social imperante; la falta de leyes que regulen la competencia y de un garante de derechos que le ponga límites a la competencia de cada una de las pequeñas agrupaciones humanas en busca de recursos. Esta ausencia de institucionalidad es la que los lleva a tener que cuidarse las espaldas constantemente y vivir como nómades; los zombies son apenas una parte del decorado que adorna las peripecias de un grupo humano tratando de hacerse de los recursos necesarios para sobrevivir en un mundo de bienes escasos y competencia rapaz.

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