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Sobre política, coyuntura y discurso

Por Agustín Vargas |

Aporte para un debate sobre el artículo de Deguer

Hace algunos días se publicó aquí la nota “La gran derrota cultural: legitimación de prácticas culturales superadas a través del discurso dominante”, de Rocío Deguer, en el cual se trataba el tema del discurso en relación a la política y al reciente cambio de coyuntura. Desarrollaré brevemente algunas notas a partir de lo que Deguer plantea y en la búsqueda de un análisis de tipo materialista sobre el tema, para lo cual vale plantear algunas consideraciones de tipo más general.

Sobre el discurso y su naturaleza, y sobre la ideología

Dice Deguer: “El discurso tiene el poder de moldear el mundo que percibimos, no sólo para transmitir un mensaje sino también para recibirlo e interpretar el mundo a través suyo.” Así, se le otorgan al discurso dos funciones: la comunicacional y la interpretativa; es decir que el discurso es la forma en que se comunica la propia visión (en el caso que trataremos, la de un grupo social), y, además, un esquema, un mapa que se le aplica a la realidad para poder interpretarla. Creo que esta segunda función le va mejor al concepto de ideología que al de discurso.

La ideología permite al grupo social “interpretar” la realidad. Yendo más allá, la ideología es la realidad del grupo social, en tanto que para éste no hay nada más allá de la ideología. Pero concentrémonos por un momento en la otra función que Deguer atribuye al discurso, la comunicacional. Aquí el discurso sirve como medio para comunicar la propia visión (es decir, la del grupo) de la realidad. Para lo cual tiene que haberse, previamente, analizado la realidad, tiene que haberse internalizado la realidad, para, posteriormente, realizar el acto comunicacional. En pocas palabras: tiene que percibirse, entenderse, la realidad, para poder decir algo de ella. Y nos encontramos aquí con que para poder analizar y entender la realidad, se necesita de un discurso (o ideología) que pueda aplicarse como un mapa a ella; discurso/ideología que se forma, a su vez, a través del análisis de la realidad, y así al infinito. Se establece así una espiral, una relación dialéctica entre la realidad material y la ideología o discurso. El discurso se crea a partir de la realidad material, y la realidad material se interpreta a partir de la aplicación del discurso como un mapa. Así, el discurso tiene una base material por la cual está determinado. El correcto entendimiento de la realidad material estará determinado por el carácter materialista (o no) del mapa que se utilice. Es decir, si se utiliza un mapa que se basa en principios materiales, una ideología materialista, se llegará al comprendimiento de los fenómenos de la realidad material (y de la sociedad como parte de esta).

Entonces, el discurso está por naturaleza determinado por la realidad material, pero está al mismo tiempo en relación dialéctica con el comprendimiento que de esta tenga el grupo social.

El discurso está también socio-históricamente determinado. Es decir que X discurso es propio de X coordenadas históricas y de X contexto social que lo definen.

Además, el discurso es de naturaleza heterogénea. No puede ser de otra manera cuando la sociedad lo es. Por esto sería apresurado decir que el discurso es estrictamente X, o estricamente Y, etc. Pero, aún así, cada discurso está marcado por una tónica particular. Es decir, el discurso está cruzado por cierta particularidad que lo define y lo distingue de otros.

Los ciclos políticos

Estando determinado de manera histórica y social, es natural que el discurso esté también determinado por el ciclo político.

Deguer se refiere a lo largo de su artículo a ciertas “conquistas” presentes en el discurso social de los últimos años. A lo que se refiere con esto no es a otra cosa que a la relación que el discurso de dicho período mantuvo con el ciclo político en curso.

Durante algo más de una década se vivió en Sudamérica el ciclo de los auto-denominados gobiernos progresistas, época económicamente marcado por el alza en el precio internacional de las materias primas. Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, el lulismo en Brasil, y el kichnerismo en la Argentina. Cada uno de estos gobiernos tuvo su especificidad, pero compartían algunas características comunes: mediación del Estado entre las clases sociales, ciertos enfrentamientos con el imperialismo (más o menos profundos dependiendo de cada caso), ciertas concesiones a los reclamos de la clase trabajadora (recordar el Argentinazo en el caso argentino) para garantizar la estabilidad del orden social (el capitalismo).

Inevitablemente, este ciclo político generó sus particularidades culturales. Esta hegemonía progresista de la década generó un discurso propio: un discurso progresista, valga la redundancia.

Pero desde hace algún tiempo estas experiencias progresistas han comenzado a agotarse, muestras de esto son los problemas que han aparecido en estos países: la recesión económica, el desabastecimiento (Venezuela), etc. Y las consecuencias políticas no se han hecho esperar: el duro voto castigo a Maduro en las legislativas de este año, el triunfo electoral de Macri, el proceso de juicio político a Dilma en Brasil. La coyuntura general gira a la derecha, y arrastra al discurso consigo. Por esta razón es que en la Argentina comienzan a tomar mayor relevancia un discurso (y hechos sociales en general) reaccionarios. Problemas que ya existían se profundizan (la represión policial, por ejemplo), y tendencias que nunca se habían erradicado ocupan un mayor lugar (véase el caso de las bandas fascistas en MdQ).

La coyuntura política se corre a la derecha con el gobierno reaccionario de Macri, los problemas sociales se profundizan, y el discurso se derechiza.

Perspectiva de lo que se viene: ¿una derrota?

De lo que se ha planteado hasta aquí se desprende que el destino de la cultura (y de la sociedad) está inevitablemente unido al devenir político. Para definir si lo que se vive actualmente es una derrota definitiva a manos de los reaccionarios, si es la pérdida definitiva de las conquistas obtenidas gracias a las luchas populares, hay que determinar si se ha perdido la batalla en el terreno político.

El macrismo ha avanzado en medidas reaccionarias, tanto en lo económico como en lo social: hizo caer enormemente el poder adquisitivo de los trabajadores, despidió a miles de trabajadores, profundizó la represión policial, metió presos a quienes protestaron (Milagro Sala, Aguiar de ATE-Río Negro). Todas medidas que van en contra de los trabajadores y los sectores populares en general, y en beneficio de los grandes empresarios. Pero aun así, no hay aún una derrota general y definitiva de los sectores populares. Ya ha habido muestras de resistencia, casos de movilización y protesta contra estas medidas. El plan reaccionario no ha pasado aún la prueba de los hechos.

La única solución al problema cultural, social y político que se vive en este momento es una salida política: la organización de los de abajo para salir a la calle a luchar por sus derechos.


Agustín Vargas; estudiante, lector y escritor. Militante revolucionario en el Nuevo MAS. Para relanzar la batalla por el socialismo

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