Navegar por

Sobre el sendero de la mano vacía

Por Sergio Andrés Rondán |

Al suroeste de Japón, a medio camino entre China, Taiwan e incluso bastante cerca de las Filipinas, se encuentra el archipiélago de las islas Ryūkyū. Quizás para muchos dicho nombre pase desapercibido. Para los historiadores contemporáneos, las islas fueron el escenario de uno de los episodios más sangrientos de la Segunda Guerra Mundial: la Batalla de Okinawa, que dejó un saldo de más de un cuarto de millón de muertos durante 82 días ininterrumpidos de combate.

Sin embargo, Okinawa es mucho más que un escenario bélico. La isla, con sus arrecifes de coral, cuevas y cavernas marítimas, clima caribeño y su mar verdiazul impoluto, es por sobre todas las cosas la cuna de algo maravilloso: el Karate-do.

Muy incierto es encontrar los orígenes certeros de dicha arte marcial. Quizás desde estas tierras occidentales, detrás de una computadora, contemplando búsquedas y ojeando libros es sumamente difícil desandar el camino recorrido por el karate-do. Probablemente los septuagenarios maestros que practican bajo el cálido sol de Okinawa sepan responder rápidamente a esa pregunta.

Lo que si sabemos es que las islas Ryukyu no formaron siempre parte del Imperio Japonés. Formaban un Reino propio y eran tributarios de China. Pero alrededor de 1609, el clan Satsuma, el más poderoso del Shogunato Tokugawa -una especie de gobierno militarista que gobernaba el Imperio mediante distintos “feudos” que manejaban los clanes- invadió el archipiélago y conquistó la isla de Okinawa, la mayor del archipiélago de Ryūkyū.

Bajo el dominio japonés, a los pobladores se les prohibió terminantemente el uso de armas. No podían usar ningún elemento cortante, ni siquiera utensilios cotidianos tales como cuchillos, azadas o herramientas de trabajo. Cuentan los antiguos maestros del karate-do, que en las plazas públicas se guardaba un único cuchillo, resguardado por dos samurais: estaba allí para el uso público, bajo la férrea vigilancia de las fuerzas militares niponas.

Es a partir de esa época en que los maestros comienzan a hablar de la Historia del Karate-do. Es probable que el karate como tal haya ido gestándose a través de los contactos con los sabios chinos. Pero lo cierto es que el arte siempre necesita de una épica, de un momento histórico que sirva de quiebre, de ruptura, pero a la vez de base para formarse. La historia del arte está plagada de estos hechos y el karate-do no es ajena a ellas.

En el siglo XVII la Revolución Industrial estaba por llegar. No faltaba mucho, pero para el Imperio del Sol Naciente, el feudalismo todavía tenía unos dos siglos más de vida. La economía, entonces, era básicamente agrícola: los pobladores de Okinawa eran o bien campesinos labradores o bien pescadores. En estamento social surge una nueva forma de artista: los artistas marciales del Karate-do.

Los campesinos tenían que defenderse de las agresiones del Imperio. Supieron ser libres, y de la noche al día pasaron a ser vasallos. Fueron despojados de su libertad y se vieron humillados por los samurais, que, vestidos con sus imponentes armaduras de placas de hierro y cuero y armados con mortíferas katanas, no dudaban en cometer abusos e implementar una política de terror al campesinado okinawense. Así funcionaba el Shogunato en la Isla de Japón y así debía ser en Okinawa.

Los campesinos secretamente comenzaron a utilizar sus conocimientos marciales para entrenar el cuerpo y la mente. No podían utilizar armas, por lo que debían utilizar solamente las manos, que estaban vacías. Karate-do se puede traducir, básicamente, como “el sendero de la mano vacía”.

Cuando uno ve una pelea de boxeo -quizás el deporte de combate más reconocido a nivel mundial, y probablemente el más antiguo también- pierde la noción de cuántos golpes salieron de los puños de los contrincantes. No todos van a donde deberían ir y ni todos son tan certeros como podrían serlos. Un boxeador puede pasarse toda una pelea llenando de guantazos al contrincante y nunca generar un knockout. O puede liberar el golpe preciso y certero en el primer round y liquidar a su contrincante…

El campesino de Okinawa no tenía la posibilidad de llenar de golpes al samurai: este estaba armado hasta los dientes. Él sabía que tenía una sola oportunidad. Una y solo una, y de ella dependía, tal vez, su vida, la vida de la madre de sus hijos, la vida de sus hermanos. Una única oportunidad. Un solo golpe. Un knockout, o la muerte. El campesino que se levantaba cuando salía el sol, el pescador que salía de noche en su canoa bajo el abrigo de una inmensa luna mortecina, el panadero tapado de harina, el preocupado vendedor de frutas, todos ellos tenían una sola oportunidad. Si el samurai lograba desenvainar su katana, estaba muerto. Ya no habría más oportunidades.

Uno de los principios del karate-do más antiguos se basa en aquella idea de la situación desigual. Entrenar toda la vida para que ningún samurai desenvaine la katana: eso significaría la muerte.

Vengo hacia ti con las manos vacías. No tengo armas,

pero, si soy obligado a defenderme, a defender mis principios o mi honor,

si es cuestión de vida o muerte, de derecho o de injusticia,

entonces aquí están mis armas: las manos vacías”.

El Karate-do es, entonces, un arte marcial. Pero, ¿qué significa esto? ¿Cómo puede ser “arte” algo que no se ve en los museos, no se estudia en las carreras artísticas y mucho menos es mencionado por los críticos del arte? Esa es quizás una de las aristas más complejas de definir del Karate, más aún para un practicante que tiene unos pocos años de práctica. Quizás mis definiciones al respecto no sean acorde a los sabios senseis que llevan trillones de tsukis(*) lanzados pero, sin embargo, parte del arte consiste en hacer aproximaciones, teorías y repensar la práctica propia conforme uno crece y avanza en el tiempo.

Lograr visualizar el arte en el karate lleva su tiempo. No es algo que surja inmediatamente. Tras mis años de práctica recién comienzo a comprender realmente esa parte. He tenido varios senseis en mi vida y de cada uno he sacado las más maravillosas enseñanzas: he ahí la primer parte del arte. Los pedagogos saben que la enseñanza es arte. Transmitir conocimiento hacia otra persona es un hecho artístico per se: la enseñanza se imparte y el alumno-practicante la toma y le da forma mientras su sensei lo guiá durante el aprendizaje.

La Vía del Karate es inmensamente

amplia, profunda y alta como el cielo

que continúa sin límites .

A diferencia de los deportes, donde el practicante tiene una curva de aprendizaje limitada, en el karate-do la curva es infinita. No tiene límites, como el cielo que nos rodea, como el Universo que nos contiene y nos contempla. Los grandes maestros tienen más de 70 años y cargan con tantos años de práctica que es difícil contarlos. Esto no genera un límite, sino todo lo contrario: al tratarse de un arte, el paso del tiempo genera nuevas visiones, nuevas formas y distintas maneras de realizar lo ya hecho, de replantearse, de pensarse, de cambiar. El arte es movimiento y cambia constantemente para perfeccionarse.

Parte del arte consiste, también, en hacer de cada técnica y kata(**) un hecho único e irrepetible. El practicante, con el paso de los años, con el oscurecer de los cinturones, hará que cada técnica lleve la impronta de su alma, así como los pintores dejan la esencia que los llena en los tapices que pintan, o los escritores bañan páginas con la tinta que sale de sus venas…

Sin embargo, el karate-do es esencialmente marcial. Como esboce brevemente, esto está desde los inicios del karate. Pese a que las circunstancias han cambiado, pues los tiempos no son los mismos, en esencia, la función marcial sigue intacta. El entrenamiento marcial refiere a muchos aspectos. Al igual que dije antes, al ser yo un mero novel practicante, quizás se me escapen ciertas cuestiones.

Quizás uno de los puntos que más salen a la luz de este tipo de entrenamiento es la constancia, la disciplina y la superación. Para lograr evitar que un samurai logre desenvainar la katana y cercenar la vida del campesino okinawense, este debía tener en cuenta estos tres aspectos esenciales: si no tiene constancia en su entrenamiento no podrá mejorar en su técnica; si la disciplina no forma parte del cotidiano de su práctica difícilmente aparecerá la constancia; y si, peor aún, no entrena con ánimos de superación, nunca podrá evitar que el samurai saqué su katana.

Estas características no son propias de quien se inicia bajo el sendero de la mano vacía. No se generan de forma natural sino que deben ser enseñadas bajo la supervisión del sensei, mediante un estricto entrenamiento perpetrado y diseñado por el maestro, quien con su experiencia, sabiduría y conocimiento sabrá como generar estas y otras condiciones a sus alumnos.

En mis años de práctica he aprendido infinidad de cuestiones dentro de un dojo. Más allá de lo estrictamente referido al karate-do, comprendí mucho de mi mismo estando descalzo sobre pisos de madera o planchas de goma, lanzando cientos de tsukis y geris(***), pensando, meditando y divagando: con el tiempo la mente logra funcionar por motus propio mientras el cuerpo sigue las instrucciones que el sensei imparte. Esto es algo maravilloso, que no logra darse en cualquier ámbito y posibilita una espacio de reflexión y autoconocimiento sumamente enriquecedor: comprender y sentir que realmente podemos, aunque sea por minutos -pues no es fácil mantener dicho estado, aunque con la práctica todo se puede– ser solomente separada del cuerpo es un sentimiento difícil de explicar.

Hay cientos, miles y millones de cuestiones referidas al karate-do. Yo he podido, en la medida de mis capacidades retóricas y narrativas, dar cuenta de unas pocas. Poquísimas, ínfimas, que quizás no tengan que ver con mi poder de narración sino con mi práctica real, que es poca, que jamás alcanza, y que siempre me parece tan imperfecta. Lo cual está bien, porque algo perfecto carece de errores y si no hay error, no hay mejora, no hay superación, por lo que no habría conocimiento que alcanzar, ya que este, estaría dado. No es el caso, como intente dar cuenta, del karate-do, donde el conocimiento es infinito, como el cielo, como el Universo que nos rodea y nos contempla.

Una vez -y más de una, estoy seguro- mi maestro me pregunto si ya sabía “bien” determinado kata. Yo, en mi ignorancia -y cayendo en el juego de mi sensei- dije que si, que la sabía “bien”. Yo sabía que no me salía bien, que tenía mil imperfecciones, pero cometí el error semántico de verbalizar una falsa seguridad, y mi sensei sabía que yo iba a contestar eso. Porque los maestros son sabios, y no por nada son maestros. Ellos siempre están ahí, mostrándonos el camino, enseñando e impartiendo su conocimiento.

Así que creo que este es, momentáneamente, el fin de mis reflexiones. Quedaron mil cosas en el tintero: no hable de la camaradería, del respeto, del aprendizaje mutuo y de otras tantísimas cuestiones que se aprenden en un dojo, que, dicho sea de paso, es el lugar donde se busca el camino. ¿Cuál camino? Bueno, hay preguntas que se van respondiendo con los años. Yo ya la respondí e intente darle forma:

Vengo hacia ti, con las manos vacías…

* tsukis: Puñetazo básico de karate-do

** kata: forma de karate-do donde se representa o simula un combate.

*** geri: Patada frontal básica de karate-do

Facebook Comments
Visit Us On TwitterVisit Us On Facebook