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Ontología de la culpa

Por Sebastián Mateo

“La culpa es un problema cristiano”,  pronunció un avejentado senador de mil y un batallas, citando a un escritor que ya había pasado de moda.

La proclama es elocuente y descriptiva, aunque la anécdota pasará al olvido en unos años. Salvo que las cosas salgan muy mal o muy bien, nadie va a recordar una frase aislada de un cincuentón senador de la república, pronunciada en una sesión donde no pasó nada demasiado terrible ni demasiado esperanzador.

Lo interesante de todo este embrollo es que el aforismo es bastante certero, y digo bastante y no completamente porque, si bien es cien por ciento verdadero que la culpa es un problema cristiano, hace falta completar agregando que es un problema cristiano, judío, musulmán, hinduista y, básicamente, teísta.

Ontológicamente, la culpa es un mecanismo que opera en miras al pasado, con una lógica revisionista. Si algo pasó de una manera y no de otra, es porque alguien tiene la culpa. Este es un modelo plenamente teísta: hay algo que debería haber pasado de una manera, por modelo y por designio divino, ya que todas las cosas tienen una estructura y un destino prescrito y diseñado de antemano por fuerzas superiores. Si algo sale mal, es por culpa de alguien que se desvió del plan, que hizo lío. Entonces es natural sentir culpa; es la forma teísta de castigar por el mal desempeño de las cosas.

La culpa siempre es individualizada y siempre tiene por objeto penar por malformaciones y bifurcaciones en el sendero. No es reparadora, puesto que una vez realizado el hecho culposo, el destino escrito cambia para siempre y ya no es posible hacer otra cosa que autoflagelarse. La culpa no tiene preguntas, sino respuesta. No respuestas, en plural, sino respuesta, en singular. Hay una sola posible estructura: el hecho X sucedió por culpa de Y, quien deberá cargar con la culpa.

La culpa se opone a la responsabilidad, que es su contraparte no teísta. La responsabilidad opera mirando el presente y calculando factores de influencia que sucedieron en el pasado, con un enfoque diacrónico. Si algo pasó de una determinada manera y no de otra posible (pero no necesaria ni determinada), es debido a la actuación de distintos factores y múltiples elementos, cada uno responsable de una parte del proceso, condicionado por diversos factores. La responsabilidad puede individualizarse a fines analíticos, pero su naturaleza siempre es colectiva, porque siempre remite a un conjunto de razones y elementos que hicieron que ese individuo o hecho puntual actúe de una determinada forma y sea responsable de un suceso.

La responsabilidad, a diferencia de la culpa, opera sobre lo que es, de forma positiva, efectiva y material. La culpa, por su parte, opera sobre lo que debía haber sido y no fue. Este principio básico es la espina dorsal de lo que hace que la culpa sea un problema teísta, mientras que la responsabilidad es un problema social. La culpa castiga pensando en un ideal universal de cómo deberían ser las cosas, determinado por fuerzas que escapan a nuestra comprensión, en contraposición con la responsabilidad, que responsabiliza social o jurídicamente en base a cómo las cosas son y en cómo se llegó a que sean así, al mismo tiempo que se abstiene de pensar en cómo deberían ser idílicamente.

En síntesis, la responsabilidad es nuestra, pero la culpa ¡qué la paguen los cristianos!

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