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Escaparse del fragmento

Por Solana Camaño –

El proceso de fragmentación que se observa en los discursos circulantes que conforman, modelan y reproducen el sentido común avanza a una velocidad tal que dificulta la abstracción necesaria para preguntarse acerca de su naturaleza. Este artículo nace del intento de interpelarlos con la misma sorpresa de quien descubre e interroga algo por primera vez, escapándose de lo pequeño para obtener una visión panorámica del asunto.

El fragmento, el micro ejemplo, el matiz va adquiriendo cada vez más importancia e inunda los relatos mediáticos y políticos, llegando a constituirse como fórmula narrativa  estereotipada, incorporada finalmente a la matriz cultural. “Nació en la miseria, trabajó muy duro y hoy es multimillonaria”, o, “sus padres eran analfabetos, él decidió estudiar y ganó un Premio Nobel”. El mérito y el esfuerzo se convierten en conceptos fetiche, impenetrables. Cada situación se presenta aislada de su relación con las estructuras políticas, económicas y sociales que la enmarcan. Como señalan Adorno y Horkheimer en “La industria cultural, ilustración como engaño de masas”, la ideología se esconde en el cálculo de las probabilidades. La estrella no sólo representa para el espectador la posibilidad de que él aparezca un día en la pantalla, sino también la distancia que separa a ambos. Aunque todos tengan matemáticamente la misma probabilidad, sólo a una persona puede tocarle la suerte. Sólo una tendrá el honor de recibir flores el día de su cumpleaños por parte del presidente y protagonizar su discurso territorial, afectivo y cotidiano. Incluso las políticas públicas se dirigen cada vez más hacia el fragmento, renunciando así a transformar la totalidad.

La desideologización discursiva, el relato posmoderno cada vez más narcisista e individualista, la miscelánea informativa, la relativización de la importancia de los temas, la sobreinformación y la des jerarquización de las opiniones se convierten en tendencias hegemónicas alentadas por intereses mercantiles que debilitan la participación democrática y la conformación de una agenda pública de interés colectivo. La incorporación de un postre a la dieta de una funcionaria pública se presenta con la misma importancia con la que se describe una huelga salarial. El ciudadano promedio prende la televisión o la radio a la mañana y escucha una catarata de noticias desarticuladas entre sí: se siente informado. Luego sale de su casa, o se baja del tren o del auto, y la rutina continúa, sin la necesidad de hacer el trabajo de reunir ese mosaico de datos inconexos.

Pero lo que resulta más curioso de la mirada mediatizada probablemente sea la facilidad con la que  disimula ese escenario fragmentado transformando la fractura social (evidencia empírica) en cohesión cultural. “Hoy somos todos argentinos” anuncia el aluvión de mensajes publicitarios cuando se aproxima un mundial. Hoy.

Las comunidades, los estilos de vida, los micromundos se convierten en espacios de reconocimiento, unión e identidad, en donde el sujeto se incorpora y se siente parte de una red en la que prevalece la diferenciación simbólica con otras subculturas por sobre la desigualdad de clase, constantemente neutralizada por los dispositivos mediáticos.

Es por eso que en este contexto en donde los medios de comunicación cumplen un rol fundamental en las relaciones de poder y atañen a la consolidación de todo proyecto político y económico, el periodismo alternativo no tiene más que la responsabilidad histórica de brindarle a la población las herramientas suficientes para poder interpretar una realidad que se presenta constantemente de manera parcial y fragmentada, posibilitando el procesamiento correcto de la información y la articulación de los sucesos, a través de la descripción del marco y los antecedentes que atraviesan a una noticia, para comprender de esta manera la complejidad de los hechos y el entramado estructural subyacente en el título que despliega la tapa de un diario.

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