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El plural de Yo no es Nosotros

Por Gonzalo Sosa |

Hubo un día en que usted necesitó explicar algo que le estaba pasando, se lo intentó explicar a otro. Para ello, dispuso de los elementos básicos sobre los cuales se construye un diálogo productivo entre dos personas: café, palabras y un lugar tranquilo.

Aquel día estaban dadas todas las condiciones ideales: era una tarde de invierno, aunque el frío no era tan terco, usted caminaba por la calle con las manos en los bolsillos y los hombros un poco más arriba de lo normal, como queriendo llegar a cubrir las orejas. La ciudad en escala de grises a excepción de los semáforos, claro, que le muestran sus colores no a los automóviles, sino a la gente, para recordarle que a veces hay que frenar, luego pensar y más tarde avanzar. El aire vagamente oxigenado y matizado de tierra mojada, cede la pulseada a una garúa fina, sigilosa, de esas que mojan por decantación. Un mentiroso aroma a café va gambeteando las partículas de agua, llega hasta sus sentidos y los seduce, usted se está acercando al lugar de encuentro. Una esquina de la ciudad, no decidieron en dónde se iban a encontrar, pero es Buenos Aires, si usted tiene que conversar entonces vaya a Buenos Aires, porque ahí las sillas hacen ruido cuando las corren, las mesas son de madera y tienen una mueca por anécdota, afuera el nombre del arquitecto está grabado en la fachada del edificio, la puerta no le indica que ‘tire’ ni que ‘empuje’, decide ella sin preguntar. En Buenos Aires usted pide “lo de siempre” por primera vez y se lo traen, las paredes mitad madera mitad empapelado, exhiben retratos de algunos héroes locales, no los conoce a todos, pero ellos lo conocen a usted.

Siempre la mesa junto a la ventana, siempre ocupa esa, porque como todo conversador eximio, sabe que aunque se tengan los mejores argumentos siempre es necesario descansar mirando para afuera.

Llegó el otro, llegó Nosotros.

Usted. −Llega a tiempo para ver el fondo de mi taza de café, como siempre.

«El otro mira a la barra y exclama: ¡Lo de siempre, por favor!»

Otro. −Dígame, ¿Qué necesita explicarme?

Usted. −Mire, encontré mi mundo dentro del mundo y me di cuenta de que el plural de “yo” no es “nosotros”.

Otro. –Ya veo, pero usted no puede cambiar las reglas de la gramática.

Usted. −A partir de no sé qué momento empecé a estar en guerra con todo, con usted, con su gente, con su reloj, con su trabajo, con…

Otro. − ¿Con usted?

Usted. –Conmigo también, sí, principalmente conmigo.

Otro. –Prosiga.

Usted. −Me encontré conmigo y me gustó, no me imagino a mí mismo en el entorno donde estoy, entonces tengo dos opciones: o me reconcilio con ustedes y pierdo mi esencia o los abandono y la mantengo.

Otro. − ¿Y cuál es su esencia?

Usted. −No sé, pero la encuentro incompatible con todo lo que usted representa, soy incompatible con todo, excepto conmigo mismo.

Otro. –Admirable, la mayoría de las personas no es compatible consigo misma, es por eso que se mezcla con Nosotros, pero usted parece seguro de lo que dice, aun así no lo puedo dejar ir.

Usted. − ¿Y a ustedes qué les importa? La decisión es mía.

Otro. –No es tan sencillo, no podemos permitir que cualquier Nosotros quiera volver a ser un Yo.

Usted. –Una sola persona no les va a hacer diferencia.

Otro. –Respeto la comodidad que usted tiene consigo mismo, pero ese estado no es compatible con Nosotros, sabrá comprender.

Usted. –Yo así estoy bien, no molesto a nadie.

Otro. –Entienda una cosa: el mundo deja de ser perfecto cuando se expande más de lo que es posible abarcar, uno va conociendo el entorno a través de diferentes medios, que comprenden desde un libro, un viaje en avión por encima de las nubes, o más alto todavía, ahí donde llega Pavarotti con Nessun Dorma, el mundo se expande y eso genera un problema, el problema que usted padece en este momento.

Usted. − ¿Yo qué problema tengo?

Otro. –Cuando el mundo real se expande también se expande nuestro “mundo dentro del mundo”, pero la versión interna que cada persona crea se carga con muchos otros matices que cada individuo le otorga, es entonces cuando el mundo interno y el real no coinciden en tamaño.

Usted. −n¿Entonces?

Otro. –Entonces, inconscientemente el individuo comienza a comparar esos dos mundos, nota las diferencias y ellas empiezan a incomodarlo, a atormentarlo. En un primer momento intenta salvar esas diferencias modificando el mundo real, pero no todo lo que pretende modificar está dentro de sus posibilidades, entonces su mundo interior es cada vez más perfecto y acogedor, ideal para refugiarse en él, mientras que el mundo real es desagradable.

Usted. –Es cierto, es lo que me sucedió, en ese momento me di cuenta de que el plural de “yo” no es “nosotros”, por eso necesito salir.

Otro. –No puedo permitirle que se retire.

Usted. –Lo haré de todas formas.

Otro. − ¿Por qué no dejamos que el azar lo decida?

Usted. –Está bien, me parece justo.

Otro. –Voy a lanzar esta moneda, si sale “cara” usted puede retirarse, si sale “cruz” tendrá que quedarse con Nosotros y además ser penalizado.

Usted. –Adelante.

«El otro arrojó la moneda al aire mientras usted observaba atentamente, la caída parecía eterna, todo café se enfrió esperando un desenlace, hasta que finalmente sucedió: cruz.»

Otro. –Está decidido, deberá quedarse, he aquí su penalización: a partir de este momento, le concedo el poder de cambiar todo a su alrededor, puede usted modificar a gusto el mundo real hasta hacerlo coincidir con su mundo interior, todo será como usted cree que debe ser, todo lo conocido será modificado según su criterio, entonces el mundo real será como usted, es más, usted será el mundo y entonces se encontrará nuevamente consigo mismo, lo cual lo llevará a la cuestión primaria: ¿Se sigue sintiendo cómodo con usted mismo? Piénselo bien, porque si la respuesta es “sí” habrá perjudicado a quienes lo rodean, pues ya no existirá Nosotros, pero si la respuesta es “no”, a pesar de haber modificado el mundo a su gusto, no habrá logrado un cambio, el problema entonces era usted, no Nosotros. Hasta luego.

«En algún café de Buenos Aires, un mozo le cuenta a los comensales que una tarde de invierno, una persona se sentó en aquella mesa junto a la ventana, habló sola durante una hora y cuando se fue, dejó de propina una moneda con dos caras iguales, ¿La quieren ver? En ambos lados dice “Nosotros”.»


Gonzalo Sosa es estudiante de Relaciones Públicas en la Universidad Nacional de La Matanza.

https://medium.com/@Pampa

Twitter: @pampa_so

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