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Un oasis en el verano porteño

Por: Leonardo Vaccani

I

En una de esas fatídicas noches del cada vez más cálido y húmedo verano de Buenos Aires, me encontraba sin suministro eléctrico, lo cual, a estas alturas, se ha convertido en parte del folclore de la temporada estival porteña, al igual que el carnaval de las avenidas y los heridos por pirotecnia.

Había descubierto que el mejor remedio para combatir el calor, que siempre me resultó despreciable, era el sumergirse en una pileta de lona.

Así fue que ese verano la armé y llegué a pasar más de doce horas al día en el interior de la misma, escuchando la radio o en silencio; burlándome de todos los que sufrían al igual que lo supe hacer todos los veranos, hasta que me pude comprar ese pequeño oasis de dos metros cuarenta por un metro sesenta: bastó con encastrar un par de caños en unos plásticos por entre los pliegues de la lona azul y celeste, enchufar la manguera, depositarla en el interior del cuadrilátero y dejarla llenar por al menos cinco horas (dependiendo de la presión de agua de ese día). Con esta receta infalible el calor se despide para siempre.

Volverá solo en pequeñas cuotas, diez minutos después de salir de la pequeña piscina azul: el tema del color azul me gustaría discutirlo con los diseñadores. Ahí hubo un poco de perversión o una completa ignorancia de la existencia de varios tipos de insectos que caerían engañados por el contraste. Una apreciación difícil de explicar, pero fácil de sufrir.

Con el pasar de los días la brecha de satisfacción y felicidad entre estar dentro o fuera de la pileta se empezó a notar cada vez más y llegó un punto en el que la idea de salir me sumía en una onda depresión.

Cuando mi cuerpo estaba cubierto de agua fresca todo era paz y prosperidad. Creía fervientemente en la posibilidad de amistades sinceras y sentía deseos de abrazar a la humanidad toda. Mis ideas sobre muerte y destrucción eran aplastadas por imágenes de campos floreados y gente cantando canciones de Palito Ortega sonriendo y brindándose al otro desinteresadamente.

Podía tomar mate, alcohol y comer una de esas exquisitas bochas de mortadela. Éstas y otras prácticas que me eran imposibles bajo un sol ardiente o un techo sofocante se volvían posibles en el único sitio habitable del planeta.

Comencé a contemplar la idea de no volver a salir.  Así fue que ideé un plan perfecto: no soy de los que esperan, cuando siento que necesito algo mi sistema nervioso envía todo tipo de señales estridentes que impactan en el centro del tórax generando una profunda sensación de ahogo, taquicardia y la saliva me sabe a cobre, como cuando se acerca la muerte.

Redacté una lista de insumos para no tener la necesidad de salir del agua por el resto del verano. Era seis de enero y pensaba quedarme ahí hasta fines de marzo.

II

Esperé a la caída del sol para subirme a la bicicleta y, como un rayo, dirigirme hacia un supermercado: ir a toda velocidad en la bici había sido, hasta entonces, el único método conocido para combatir el calentamiento global, aunque al frenar, el calor se incrementaba y había que seguir pedaleando. Luego, una botella de vino y a dormir para despertar catorce horas después en un mar de sudor, tomar una ducha y repetir el proceso.

Pero eso se iba a terminar una vez que entregaran las provisiones.

Dos horas después  llegó el muchacho en su camioneta con mis compras. Me pregunté si esa sería la última persona con la que debería interactuar por el resto del verano y la idea me llenaba de regocijo, tal es así que no paré de conversar con él, hacer chistes y hasta le di una propina superior a todas las que había dado durante mi vida (lo cual no era mucho) pero para mí significaba un gran sacrificio.

Esa noche me dediqué a ajustar minuciosamente todos los detalles: la comida alcanzaría para noventa días, por lo que podría permanecer en el cubil acuático hasta el ocho de abril.

Entre los víveres abundaban las nueces y todo tipo de frutos secos, latas de conserva, paté y galletitas de agua. También caramelos y chupetines: en un viaje en tren de ocho horas, en el que no comía nada desde hacía al menos veinte, un tipo me convidó un poco de gaseosa y me dijo que mientras le diera un poco de azúcar a mi organismo no me iba a morir. Ahora tenía una oportunidad para probar su teoría en el caso de que un día me cansara de los otros alimentos.

El tema de comprar tantas nueces se me ocurrió por otro consejo que recibí una vez de un vegano loco que se suicidó: no es mi intención entrar en detalles, solo diremos que él me había asegurado que una nuez tenía el mismo valor nutricional que un churrasco la parrilla.

Había ideado un plan magistral para mantener medianamente una higiene aceptable y no morir de gangrena: la pileta estaba armada muy cerca de la canilla del patio, ahí estaría siempre conectada la manguera de la que iba a beber y recargar agua limpia al mismo tiempo que, con otra manguera un tanto más corta, mediante las maravillas de la física y la succión, desagotaría y limpiaría el suelo, donde se suele concentrar todo tipo de mugre acuática.

Un proceso de purificación digno de un ingeniero hidráulico del que me sentía muy orgulloso de haber creado, yo, un simple operario de planta.

Lógicamente contaría con el necesario colador, que sirve para retirar los insectos que vienen a morir en mi agua, tal vez por discreción; o tal vez por aquella teoría del engaño que produce el color azul, producto de la cínica maldad de los diseñadores de piscinas de lona.

El dormir sería quizá la tarea más complicada, ya que debería hacerlo siempre boca arriba apoyando la  cabeza sobre uno de esos tubos cilíndricos de caucho que usan los niños para flotar.

Aquella manguera también serviría para llenar un balde que haría las veces de mochila de baño: ambas necesidades fisiológicas se llevarían a cabo en una rejilla a la que le había retirado la tapa; luego, un baldazo lleno conduciría los desechos líquidos y sólidos lo suficientemente lejos de mi nuevo hábitat.

Se me ocurrió poner un tender con varias toallas y trapos para secarme las manos a la hora de sintonizar o cambiarle las pilas a la radio, que sería mi única compañera: de esa manera me mantendría informado y además podría escuchar unos buenos tangos.

-Ojalá me alcancen las pilas -Pensé.

De tanto pensar y planificar se me hicieron las cuatro de la mañana y ya se veía venir que sería un día más que sofocante. Me fui a dormir, por última vez en noventa días, a mi pegajosa y desarmada cama.

III

Desperté a las tres menos veinte de la tarde, luego de un sueño casi lúcido en el que conversaba con Henry Michaux, quien intentaba convencerme de que Jacques Cousteau era un plagiador: por esos días mis sueños estaban repletos de personajes a los que casi ni conocía, escritores que nunca había leído y agua, mucha, pero mucha agua.

Me despegué del gastado y rasposo colchón, completamente empapado en sudor y siendo lentamente asesinado por los rayos del sol que se meten por la ventana abierta y me hacen acordar que alguna vez tendré que poner cortinas y algo para evitar el ingreso de mosquitos: es por ellos que debo dormir tapado hasta la cabeza, lo cual ayuda al proceso que más temprano había iniciado el sol.

Pues bien, me dirigí hacia mi nuevo hogar, como un crustáceo que sustituye su caparazón por uno más grande, aunque en mi ciclo de muda cambiaría por uno más chico, pero con agua.

Ahí me encontraba sintiéndome el tipo más listo del planeta. Sin calor en un día de treinta y ocho grados de térmica; escuchando la orquesta de Don Atilio Stampone en un magnífico programa de radio AM.

Le había ganado a los males comunes de la temporada: la ansiedad por la vuelta de la luz, la preocupación por los golpes de calor, la búsqueda de alojamiento en la costa, ponerme en forma para la costa, arrepentirme del tremendo gasto en la costa al compararlo con otros puntos turísticos, y muchos otros males que ahora no recuerdo.

Los días pasaban y aunque en las noches sentía un poco de frío, en ningún momento me sentí arrepentido de mi decisión.

Nada me alteraba, todo estaba saliendo de acuerdo al plan. Faltaban alrededor de ochenta días y sentía que podía permanecer así por mucho tiempo más. Pero siempre están los imprevistos amenazando con desestabilizarlo todo.

Como era de esperarse,  hubo un imprevisto.

El sonido del aleteo de un ave irrumpió de la nada mezclándose con el solo de quejas de bandoneón tocado por Aníbal Troilo, pero del susto me dí la vuelta hacia el lado contrario de donde provenía el supuesto aleteo, y de paso, ya que ahí es donde estaba la radio, la apagué.

Mientras volvía a mi posición anterior (sentado de espaldas a la canilla y de frente a la puerta de calle) el ruido había desaparecido, pero el plumífero se había posado sobre el codo de la pileta que estaba a mi derecha.

Lo primero que pensé, tal vez de tanto concentrarme en los ruidos del ambiente, fue que aparentemente la luz había vuelto: ya no se oían los motores diesel de los generadores y podía concentrarme solo en las chicharras que no paran jamás y hasta parece que su cantar, o chicharrar, o como se llame lo que hacen, nos aumenta la temperatura corporal. Quizá esto se deba a alguna reacción psicológica, al igual que el reflejo de secreción gástrica descubierto por Iván Pávlov, el hijo de puta que molestaba al pobre perro que, tal vez ni era de él, pero que terminaron llamándolo “El perro de Pávlov”.

Luego me detuve a mirar al bicho y concluí en que era un cuervo: todo negro, plumas, pico, ojos y sus patas un poco grises, además; no ladraba ni chicharraba. En efecto, era un cuervo.

Su mirada estaba perdida. Apuntaba hacia un punto cardinal que me sería imposible describir con palabras: no miraba al sudeste, no me miraba a mí, no miraba hacia abajo ni hacia arriba, parecían los ojos de un peluche o más bien, los de un animal disecado.

Por las dudas, para ir descartando hipótesis, mientras masticaba una nuez y dos pasas de uva, grité con vehemencia:

-¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica! -Y el cuervo no dijo nada.

Las horas pasaban y el pájaro había dejado de ser novedad: no hay nada de extraordinario en un animal que no hace absolutamente nada, aún así, me parecía mucho más atractivo que una tortuga.

Igualmente, por si acaso, no me le acercaba.

Esa noche me costó bastante quedarme dormido: no es nada fácil conciliar el sueño con un cuervo a dos metros de distancia y, aunque no parecía estar de ánimos para atacarme, temía que me succionara el aliento como hacen los gatos en los cuentos.

De todas formas, en algún momento me venció el cansancio. Había sido un día un tanto tenso.

Al despertar todo seguía igual. Tenía que empezar con el proceso de recambio de agua que no había realizado el día anterior, porque así sucede con las visitas: dejamos de hacer cosas importantes por su culpa.

Por eso nunca me gustó invitar gente, aunque en este caso, fue una visita imprevista: si algo puede empeorar la catástrofe de tener personas indeseables en nuestra casa, es que éstas lleguen sin previo aviso.

Me acostumbré a tener un pajarraco inútil en la punta de la pileta y logré concentrarme solamente en la felicidad de mantenerme fresco por primera vez durante un verano.

Llegó el día sesenta y cuatro y el calor no cesaba.

A los tangos y a las chicharras se les sumaba, dos veces al día, las campanadas de la escuela cercana y el bullicio de los alumnos a quienes podía imaginar perfectamente con sus guardapolvos blancos, mochilas de las caricaturas de turno y sin ningún pensamiento productivo en sus piojosas cabezas.

Y así, como en toda planificación puede que haya siempre un imprevisto, también puede que haya dos.

IV

Un auto se detuvo en la puerta, lo supe por el rechinar de los frenos: seguro era un remís, un modelo dos mil nueve: todos los remises de la década anterior rechinan al frenar.

Había alguien parado en la puerta. Apagué la radio, le hice señas con la cabeza al cuervo apuntando hacia la puerta, pero a éste pareció no importarle.

Una llave entró en la cerradura y dio las dos vueltas necesarias para su apertura: definitivamente ese alguien poseía las llaves de mi casa.

La puerta se abrió muy rápidamente en relación a las leyes de la física, pero para mí -y quiero creer que para mi amigo el cuervo también- fue uno de esos momentos eternos, como cuando te ponen un revolver en la cabeza.

Quise huir, por si se trataba de uno de esos ladrones que te ponen un jabón en la cerradura y luego copian la llave, o uno que se encontró un llavero de tantos que he perdido; pero era mediodía y prefería morir asesinado a salir del agua. Entonces me fije si tenía puesta la malla, no sea cosa que la muerte me encuentre desnudo, pensé.

Además, luego iban a decir que morí en algún rito sexual extraño, donde abundaban los frutos secos y hasta había un cuervo mirando. -¡Qué degenerado resultó ese muchacho! -diría la vieja de mitad de cuadra a la que nunca saludé.

Pero al final, quien entró por la puerta no fue un ladrón. Fue una mujer.

Pasó a gran velocidad, sus pasos retumbaban como mazazos, pero llevaba unas zapatillas.

Se dirigió hacía la puerta del living y, antes de entrar, me miró de costado: tenía una expresión de odio que podría hacer retroceder a un batallón completo con solo mirarlo. Me dijo:

-Tu sí que la pasáis bien, joputa.

Entró a la casa y permaneció allí por al menos quince minutos.

Durante ese tiempo intenté concentrarme en la situación. Muchas preguntas se instalaron en la escena, pero ninguna obtuvo una respuesta concreta: no sabía quién era ella. ¿Por qué me odiaba tanto? ¿Qué habría hecho yo para que se moleste de tal forma y cómo fue que se me ocurrió darle las llaves? ¿Era ella Española, o hablaba así por gusto?.

A juzgar por el auto en la calle, que seguía en marcha, supuse que planeaba retirarse pronto.

Salió, con la misma expresión de antes -o tal vez peor- y con dos bolsos repletos de lo que aparentaba ser ropa.

Antes de llegar a la puerta me volvió a mirar y comenzó a gritarme una infinidad de palabras que formaban situaciones en las que siempre quedaba yo como un monstruo.

Cada tanto, entre reclamo, insulto y reclamo, preguntaba:

-¿Qué mierda tienes para decirme de eso?

Ahí me daba cuenta que no era un buen momento para preguntarle quién era.

Entonces pensé en pedirle disculpas por todo eso y decirle que comprendía cómo se sentía, pero las palabras no me salían.

Habían pasado al menos sesenta días de la última vez que dije algo y temía haber olvidado como hablar.

Abría la boca y largaba el aliento, hacía fuerza, pero no había caso, y eso parecía enfurecerla más y más.

Comencé a empujar los dientes con la lengua -recordé que más o menos así era como se pronunciaban algunas letras- mientras seguía haciendo fuerza con todo músculo movible de la cara y el cuello, pero el sonido no salía, cada tanto volaba algún escupitajo y me sentía como una trompeta mal soplada.

Ella seguía gritando, a la vez que se acercaba lentamente a la puerta, para luego volver revoleando los bolsos y dando pisotones.

No se si fue la fuerza que hice con la lengua, o que mi higiene bucal había sido descuidada y obligada a triturar avellanas y otro tipo de cositas duras que venían en la bolsa mayorista de frutos secos, pero uno de los dientes de adelante, a los que también les dicen paletas, pero se llaman incisivos centrales, se desprendió en una pieza y cayó al agua.

La mujer no advirtió la situación y siguió con el discurso mientras yo jugaba con la punta de la lengua en el nuevo hueco que se había formado en la encía, entre el otro incisivo central y el incisivo lateral izquierdo -hay pequeños placeres de la vida que merecen ser disfrutados, sin importar la situación en la que uno se encuentre-.

Lo único que me salvaría sería que ella desistiese y se retirase: para ese entonces ya no podía concentrarme en lo que me estaba diciendo.

De repente se acercó a la pileta (más de lo que lo había hecho durante los quince o veinte minutos que estuvo gritado) agarró al cuervo, mí querido cuervo; se lo puso bajo el brazo y se fue, sin antes rematar la escena diciendo, por primera vez en un tono normal:

-A mi cuervo disecado me lo llevo yo, gilipollas. Lo disequé yo y me pertenece solo a mí y también me llevo todos los otros regalos que te hice, joputa. Ahí me di cuenta de que era una mujer muy egoísta.

Sabía que entre los vecinos de Lomas de Zamora convivían todo tipo de prácticas de dudosa índole, pero jamás había imaginado a la taxidermia como una de ellas.

 

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