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Un domingo cualquiera

Por Martín Morán –

Sin ninguna duda, la tarea más difícil que debía enfrentar en este momento de mi vida era a convivir con la realidad. Aceptar que los acontecimientos no estaban determinados por mis deseos, que las cosas eran sencillamente como se presentaban. No hay una cura mágica para hacerle frente a la realidad, mas allá de placebos  o incluso –este era mi caso- medicamentos para anestesiar, dormir un poco la percepción, pero igualmente la realidad siempre nos esta esperando. Paciente y resuelta, empeñada firmemente en demostrarnos que por más que luchemos ella es mas fuerte. Y por supuesto, descartada la posibilidad de vencerla, uno podría optar a la chance de modificarla. Cambiar la realidad, volverla mas agradable, aferrarse a lo más profundo que uno tiene. Pero hay quien dice, y yo creo que no se equivoca, que para cambiar la realidad es necesario tocar fondo. Llegar al rincón mas bajo, mas profundo de la particularidad, y una vez allí empezar de cero. Y yo estaba próximo a ese estado, estaba próximo a tocar fondo.

Un domingo cualquiera.

Domingo al mediodía, contexto favorable para que la convivencia con la realidad se vuelva más dura que nunca. Un domingo no tiene matices, es impecablemente cruel. Probablemente todos los miedos y mediocridades acumulados durante toda una vida se resuman perfectamente en un domingo. Y sumarle a la realidad, o mejor dicho a mi realidad, un domingo es un ejercicio que me costaba mucho, demasiado tolerar. Me desperté tarde, otra vez. No sé si la alarma no sonó, o sencillamente no la escuché. Me mojé la cara, casi como un acto reflejo, prendí un cigarrillo y me senté en la cocina o, mejor dicho, en el pequeño apartado que simulaba ser cocina. El manejo de espacios en un mono ambiente es naturalmente subjetivo. Así, uno interpreta dónde empieza la cocina, dónde la sala de estar y dónde puede uno dormir. Una sola lamparita iluminaba todo el ambiente, era uno de esos focos incandescentes, ya fuera de producción hace años, que parecían tener vida eterna. La luz, de un blanco pálido y mortecino le daba una apariencia lúgubre a todo el ambiente, definitivamente ese no era un lugar donde uno pudiera proyectar una vida. Mi casa no era más que un lugar donde esperar a que pase el tiempo, un sitio alejado del espacio tiempo de mi época, era, al fin, una buena metáfora de mi vida. Terminé el cigarrillo y me quedé en trance durante un largo rato. No sabría precisar cuánto, últimamente estaba recurriendo cada vez más a esa especie de apagones mentales, momentos en los que la vida parecía quedarse quieta. De hecho, de no ser por el espantoso sonido del reloj de pared, herencia de mi padre, hubiese jurado que el tiempo también se detiene con mi mente. Lejos de inquietarme, disfrutaba esos momentos. Al detenerse la vida, por supuesto, también se detenía mi realidad. La misma paciente realidad que ya a esta altura era una compañera silenciosa de cuarto, que respetaba mis trances pero siempre me recibía al salir de ellos, la misma que me recordaba que era domingo, que me había quedado dormido y que debía ir a lo de mi ex esposa a recoger a Rodrigo, mi único hijo.

Ensayé largamente diferentes excusas para ausentarme a la cita con mi hijo. Repasé mentalmente todas las causas que me fueron posibles. El hecho de que sea domingo jugaba en contra mío. Imposible era ensayar una excusa que implicara algún encuentro impostergable, sin contar la cantidad de preguntas molestas que mi ex esposa iba a tener preparadas en caso de encontrarse con un argumento tan predecible de mi parte. Una enfermedad repentina sonaba más lógico, pero me conocía lo suficiente como para ser consciente de que la culpa por ausentarme me impediría realizar ese día cualquier otra actividad sin tener que pasar por un terrible cargo de conciencia. Acorralado por el tiempo y la falta de excusas que no impliquen molestos cuestionamientos, hice lo mismo que todos los domingos y fui a ver a mi hijo.

Rodrigo se las ingenio para heredar lo mejor que tenía a su alcance. De alguna manera heredó lo mejor de su madre y lo mejor de su padre “semanal”, esto es decir la pareja de mi ex esposa. También fue lo suficientemente despierto como para no heredar nada mío. Yo no era más que un padre de facto, un padre legal, una obligación de domingos. Mi presencia era equivalente a un plato de ravioles amasados por mi madre, un paseo por el puerto o por la plaza, una acotada lista de preguntas que ya a esta altura no sabía si las hacía por interés o por obligación, un beso en la frente y una promesa de volver a verlo el próximo domingo. Tendrían que verme a mí, un pésimo actor, prometiéndole que la próxima iba a ser diferente, que íbamos al fin poder conectarnos emocionalmente. Era a esta altura un argumento que solamente yo podía pretender que de tanto repetirlo alguna vez se volviese real.

Fui a buscar a Rodrigo ya pasado el mediodía. Estaba radiante, enérgico. Cualquiera hubiese pensado que se alegraba de verme ahí parado, esperándolo en la puerta de su casa. No juzgaba mi cara, delatora todavía de la resaca de la noche anterior, simplemente corrió hacia mí y me dio un abrazo. Lo saludé, pretendiendo ocultar mi emoción ante tanta muestra de cariño, y comenzamos a caminar lentamente hacia la parada del colectivo que nos iba a llevar hasta la casa de mi madre, en Flores. Se me ocurrió que podría llevarlo a conocer mi departamento, complacer de una vez por todas su deseo de pasar un domingo en el mono ambiente, pero confieso que soy completamente incapaz de cuidar a un chico durante todo un día. Además, de nada se perdía Rodrigo no yendo a un lugar que probablemente simbolice mejor que nada el fracaso de mi vida emocional desde mi separación hasta este momento. En el camino, nos paramos un momento frente a un músico callejero mientras Rodrigo me preguntaba de quien era el tema que interpretaba. Le respondí que de un músico español que se llama Joaquín Sabina, su respuesta fue que lo que estaba cantando le parecía “espantoso”. Su sincera espontaneidad me arranco una sonrisa, además a decir verdad no se equivocaba. Era efectivamente un tema espantoso.

El colectivo nos dejó sobre Avenida Rivadavia y de allí nos dirigimos a lo de mi madre, son unas cinco cuadras en las cuales se puede resumir gran parte de mi infancia. El barrio, metáfora del cambio en la sociedad argentina, estaba definitivamente gris. La otrora cuna de Roberto Arlt y Baldomero Fernández Moreno, entre otros, hoy divide su paisaje entre casas tomadas, ferias de indumentaria artesanales o gigantes esqueletos de edificios que alguna vez reunieron a miles de familias. Hasta el Bingo de Flores tuvo que cerrar sus puertas. Los actores del barrio, por su parte, tampoco querían ser menos. Así, desfilaban sobre la avenida montones de chicos pidiendo monedas. Rodrigo insistió para que le dé algo de dinero a una madre que descansaba junto a su hijo sobre un viejo colchón en la esquina de Rivera Indarte. Le propuse una mejor idea, ir hasta la primera rotisería que encontráramos y comprarles comida. Accedió con un entusiasmo inusual, inusual para cualquier actividad que soliera involucrarnos a los dos. Creo que de alguna manera su entusiasmo me abrió una puerta que creía cerrada. Para él no valía más explicación que la de contentar al menos por un par de horas a una madre desamparada y a su hijo. No tenia que explicarle por que estaban en la calle, ni proyectar sobre un futuro que parecía no sonreírles, ni a ellos ni a miles de pibes que paseaban a diario por la capital. Vimos un problema y propusimos una inmediata solución, acción directa. Fuimos a una rotisería cercana y le pedí al encargado un pollo al spiedo con papas al horno y puré. Rodrigo miró una góndola cercana y propuso llevarles también un postre. Puedo asegurar que si en ese momento me pedía que le llevara un ejemplar de elefante africano hubiese accedido sin dudarlo. Notaba una alegría en mi hijo que no recordaba haberle visto en años, y yo sin ser menos sentía que por fin un punto de conexión legítimo podía unirnos para siempre. No importaba en ese momento ser la visita dominguera, podríamos de ahora en mas caminar horas por las calles, alimentando a cada madre soltera que viéramos. Le pedí al encargado que agregase dos gelatinas con fruta, Rodrigo entre risas me recordó lo extremadamente aburrido que siempre fui para comer y, sin consultarme, corrigió mi pedido cambiando las gelatinas por dos flanes con dulce de leche. Por el camino, y esto fue idea exclusivamente mía, compramos también para la madre y su hijo entradas para el cine Atlas. No recuerdo para qué película, probablemente una comedia norteamericana, donde la depresión parece algo ocurrente y el más deprimido termina con la más linda. Llegamos finalmente a la improvisada vivienda y pudimos hacer entrega de la comida y de las entradas para el cine. Seguramente la cara de la madre al ver esa escena fue de alegría, no lo sé, no me importaba, sólo miraba la cara emocionada de Rodrigo. Lo tomé de la mano y le recordé que, sin importar contextos ni circunstancias, siempre iba a estar orgulloso de él. Y pude también por un momento estar orgulloso de mí mismo. Seguimos camino alegremente, yo fumando y a paso lento, él corriendo, cuando pasamos por una pajarería. Rodrigo se quedo parado un largo rato, mientras yo trataba de apurar su paso, diciéndole que era tarde y que su abuela lo esperaba. Fue como si no le hablara. Inmediatamente empezó a preguntarme sobre los pájaros, materia para mí por completo desconocida. Pude reconocer a los canarios, pero no mucho más. Indagó sobre el por qué de la falta de libertad de los pájaros, preguntándome si existe en la faz de la Tierra algún ser humano que disfrutase de ver privada su libertad encerrado en una jaula. La pregunta, con tono retórico, me agarró desprevenido. Le contesté que por supuesto que no, y que si bien los canarios no sabrían vivir en libertad, lo que se le hacía al resto de las aves era decididamente injusto. Decidí rápidamente, aprovechando el impulso humanitario que nos albergaba a mí y a mi hijo ese día, proponerle una idea: Comprar a una de las aves para luego dejarla en libertad. Mientras miraba su cara de asombro ante mi propuesta, asombro que atribuyo a mi repentina capacidad para ser padre, no pude dejar de lamentarme por la cantidad de tiempo perdido. Ser padre es improvisar constantemente en la búsqueda de la felicidad de los hijos. Es tener una idea, cuanto más afiebradamente loca mejor, y llevarla a la práctica sin análisis, sin debates, sin interrogantes. Entendí después de tanto luchar conmigo mismo que Rodrigo sería incapaz de juzgarme de la manera en la que yo mismo me juzgo. Y no importa el tenor del fracaso que uno pueda experimentar en cualquier momento de su vida, el amor incondicional de un hijo no entiende de eso. Y pese a mi lamento, sabía que hoy algo estaba cambiando, que ya nada más iba a ser lo mismo. Cuando no compremos comida para el que no tiene la dicha de tenerla, le daríamos libertad a un ave. Ese punto de conexión con mi hijo, conmigo mismo, fue maravilloso y me hizo pensar en que mi situación no era lo mala que creía, simplemente debía buscar otro cristal donde la realidad se reflejase mejor, más auténtica. Interrogamos un breve momento al vendedor de pájaros sobre las diferentes especies que nos podía ofrecer y, finalmente, nos decidimos por un ostentosamente hermoso periquito. Cabeza y alas amarillas, lomo verde, no el típico verde que suelen ofrecer estos pájaros, era un verde más elegante, con mas cuerpo, un verde hermoso. Por un instante y no sé por qué motivo se me hizo presente la camiseta del Club Ferro Carril Oeste, ese era el tono de verde que nos ofrecía. Lo compré ya sin pensar en el dineral que estaba dejando a mi paso. El vendedor nos hizo un breve protocolo de cómo cuidar al pájaro, ofreciéndonos también alimento y una jaula. Me reí por dentro y lo mire a Rodrigo, con una sonrisa idéntica a la mía, más idéntica que nunca. Era mi hijo, no había duda alguna. Le agradecí al vendedor, diciéndole que la jaula no era necesaria. Llevamos el perico en su caja hasta lo de mi madre, donde almorzamos bifes con ensalada y budín de pan. No tuve tiempo ni para tomar café, ni para fumar. Apenas terminamos el almuerzo y Rodrigo se levantó afiebrado de su silla en dirección a la caja. Entendí que iba a poder tomar más café de lo necesario y fumar hasta el hartazgo en cualquier ocasión, pero que momentos como el planeado con mi hijo no sabía exactamente cuántos iba a poder tener, así que también me levanté rápidamente de la silla y lo seguí sin perder tiempo. La cara de mi madre iba desde la alegría de vernos involucrados en una actividad en común hasta la sorpresa de tamaña e inusual emoción en nuestras caras. Nos dirigimos por Pedernera hasta Rivadavia y de ahí a la plaza Flores. Una vez un amigo me dijo que extrañaba tanto Buenos Aires que hasta extrañaba plaza Flores. No se equivocaba en cuanto al esfuerzo que supone extrañar un lugar tan venido a menos, pero ahora no había lugar ni contexto que nos distrajera, era simplemente ir en búsqueda de nuestro objetivo, liberar al ave. Nos sentamos en una banqueta en la parte central de la plaza, y empecé a romper los hilos de la caja con un cuchillo Tramontina que había traído conmigo de lo de mi madre. Con la intención de generar suspenso, fui cortando lentamente hilo por hilo, ante la mirada ansiosa de Rodrigo. Era un momento sublime. Quedaban pocos hilos por cortar y noté que se acercaba una madre con su hijo, seguramente conscientes ambos de lo que estábamos por hacer. Finalmente quité todos los hilos de la caja y la abrí, dirigiendo mi mirada junto con la de mi hijo hacia arriba, esperando ver al pájaro volar. No sé cuanto habrá durado la espera, seguramente un segundo o menos, pero esos segundos que se perciben eternos, hasta que mire en dirección a la caja. En el fondo de la caja, el pájaro muerto.

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