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¿Te has hecho daño, hijo mío?

Por Martín Morán –

La siguiente historia pertenece a un relato anónimo, trasladado de generación en generación, uno supondría que principalmente debido a su perturbadora belleza. El relato me fue imposible hallarlo en prosa, pudiendo leer solamente su versión poética, de tal manera me propongo una misión tan compleja como hermosa: rendir acá un humilde tributo a un relato cautivante, que a medida que pasan los años me agrada más y más.

 

Es probable que uno, enajenado en su rutina diaria, deba muchas veces tocar fondo o llegar a lo más bajo de su particularidad para reflexionar sobre lo que tiene, la dicha de las pequeñas cosas, la calma de una vida resuelta y sin demasiados problemas. Sin embargo, este no era mi caso. Viviendo en un pequeño pueblo como lo es Matilla la seca, un hermoso paisaje olvidado por Dios y la mano humana, la reflexión sobre las pequeñas cosas resulta más sencilla que en una gran ciudad, donde los problemas de uno chocan con los de la sociedad que inevitablemente lo rodea. En este pueblo, mi pueblo, el ciclo de la vida se ejecuta con la precisión de un reloj suizo. De hecho, este tipo de vida me permitía ciertos placeres que un habitante de la gran urbe jamás podría imaginarse. Dada mi afiliación anarquista, podía llevar una vida relativamente acorde con mis ideales: Trabajaba mi tierra, la misma tierra que trabajo mi abuelo, mi padre y que con tanto esmero y cariño reservaba para mi descendencia. El producto de la tierra servía por supuesto para satisfacer las necesidades de mi familia, y el excedente podía ser perfectamente canjeado con mis vecinos por artículos de primera necesidad. Lo que faltaba en lujo sobraba en bienestar emocional. Lejos estaba de tener que sufrir por trabajar para el yugo capitalista, como tantos de mis compañeros en el mundo, o servir para alguna granja colectiva comunista, las koljoz de las que tanto se hablaba en los diarios y en las contadas publicaciones anarquistas que llegaban a mis manos.

Si vamos a recalcar la perfección del ciclo de la vida en un pequeño pueblo, es importante hacer hincapié en ciertas realidades que acompañan a cualquier persona en mi situación: Difícilmente uno viviera lejos de su casa materna, y mas difícilmente aun era oficiar de otra cosa que no fuera la inculcada desde niño. Y si difícil era romper alguno de estos dos axiomas, era francamente imposible casarse con alguna mujer que no fuera del mismo pueblo. Lógicamente por esta causa uno conocía inconscientemente, o no tanto, a su futura esposa a partir de una edad temprana. Y vaya que yo la conocía desde una edad temprana. Desde que tengo uso de razón supe con certeza que mi esposa iba a ser Betiana. Lo supe desde siempre, sin duda alguna. De mirada negra y profunda, pelo morocho, largo y sedoso, tez blanca, increíblemente blanca y una hermosa cara adornada con unas sutiles pecas, Betiana era todo lo que quería en mi vida afectiva. Su carácter era el de un mismísimo relámpago, pero no cualquiera, era el del relámpago más furioso que puedan imaginarse. Bastaba con estar a su lado para ser consciente de que no le gustaba compartir el control de ninguna situación, o era suyo o no era de nadie. Por supuesto que la vida en Matilla le parecía algo escasa, pero pude gracias a mi trabajada retorica convencerla de que en las grandes ciudades no había más que hambre, desesperanza y amenaza de guerras que estaban prontas a estallar. Lo que yo no sabía era que la guerra iba a estallar dentro de mi, como si alguna especie de macabro destino se me hubiese presentado, decidido a cobrar con una puñalada por la espalda el precio de mi tan tranquila existencia.

Conquistar a Betiana era una tarea irrealizable, uno debía darse por pago con el hecho de poder ser su compañía, y yo me di por pago y más que satisfecho durante años. Al fin y al cabo, no me resulto fácil ser aceptado por ella como compañero de camino. Ella disfrutaba estar a mi lado, y yo ingenuamente asumí que su furia de relámpago no era otra cosa que el fuego que despide cualquier mujer de semejante belleza. Para que me comprendan, la imagen de un gran incendio es increíblemente seductora a la vista. Las llamas, rojas en su corazón y anaranjadas en sus extremos generan un efecto hipnótico a la vista, pero atrás de esas llamas siempre hay humo negro y toxico, a veces imperceptible, pero es en ese  humo donde vive el verdadero poder del fuego. Es el lado oscuro de la belleza, la muerte disfrazada de mujer.

Nuestra vida transcurría entre las actividades laborales diarias, las prolongadas lecturas sobre el acotado material que nos llegaba sobre Prouhdon, la comuna de Paris, o mi tema preferido por cercanía: La revuelta de Barcelona de 1910, y también las visitas a mi madre. Desde que enviudo, sobreponiéndose a mis pesimistas pronósticos, pudo seguir llevando una vida tranquila. Entendió, como si se hubiese convertido en una metáfora caminante de mi pueblo, el concepto de ciclo de la vida. Y, por supuesto, se aferro a su único hijo más que nunca. Y yo también me aferre a ella como nunca, si bien no solíamos hablar de mi padre, ni visitarlo. Me resulta muy difícil pensar en ciertas cosas, mucho más hablarlas, pero lo más costoso es tener que verlas a la cara. Igualmente nos gratificamos con nuestra compañía, con lo que sigue en pie, y por supuesto, también con la compañía de Betiana.

La relación entre mi madre y Betiana siempre fue cordial, pero con una lógica tensión marcada por sus personalidades. Yo disfrutaba en secreto de ciertas discusiones que mantenían sin sentido, me generaba una especie de simpatía ver a dos mujeres fuertes ponerse cordialmente a prueba, pero, y no sabría decir exactamente en qué momento, la relación entre ambas tomo un giro inesperado. Lo que antes era una discusión que terminaba con risas, torta de papas y gazpacho, se convirtió en algo insostenible. Tanto que decidí, hasta que retornara la calma, ir a visitar a mi madre en soledad. Mi desesperación la podrá entender cualquier persona que haya tenido que mediar en una situación similar, pero como yo también tengo mi carácter, y nada aborrezco más que la amenaza de mi estabilidad, decidí confrontar la situación y preguntarle a Betiana que es lo que realmente ocurría. Al plantear el tema, su respuesta fue que dudaba de mi amor hacia ella, que si realmente la amaba como decía amarla –y créanme que no existía amor más sincero que el mío-, debía darle una prueba contundente, inequívoca de mis sentimientos. Que ella no podía aceptar ser la segunda jamás ya lo sabía de sobra, pero que sintiera mi amor opacado y enfrentado con el de mi madre no lo podía entender. Ahonde con mucho temor sobre su extraña solicitud, y al no encontrar ninguna respuesta que me orientara decidí preguntarle sin rodeos que es lo que quería. Su respuesta me aterrorizo como nunca nada en mi vida, sentí al relámpago tronar dentro mío. Ella me dijo: Quiero el corazón de tu madre.

La idea de terror era desconocida para mí hasta ese momento, si bien la lógica humana indica que en determinados momentos de la vida se nos presentan dudas, incertezas, mediocridades o miedos, este sentimiento de pánico era por completo desconocido para mí. Tarde menos tiempo del que hubiese pretendido en darme cuenta que no bromeaba. Necesitaba una prueba cabal de mi amor hacia ella, y lo único que la podía satisfacer era el homicidio de mi madre y la posterior entrega de una de las partes más simbólicas que tiene el cuerpo humano. Decidido firmemente a hacer caso omiso al pedido, como si se tratara de un delirio pasajero de celos, simule seguir con mi vida durante algunos días. El trato con Betiana era inexistente, y a mi madre decidí no visitarla por un tiempo prudente. ¿Cómo mirarla a la cara y ver en ella, en lugar de una madre, una sangrienta ofrenda de amor? Mientras tanto, simulaba leer, simulaba trabajar, simulaba vivir. Fue en un día lluvioso, que obligo a suspender mis actividades de manera prematura, cuando decidí acercarme a Betiana, tratar de recuperar su sentido común, ya que su amor en este momento me parecía en un segundo plano. Al acercarme, suavemente y con ademanes de hombre profundamente enamorado, ella simplemente me lanzo otra flecha en llamas, con una voz que ya no era la suya, no le pertenecía.  Seguía siendo igual de hermosa, pero ahora tenía esta una crueldad realmente espantosa, y firmemente me dijo: No, hasta que tenga el corazón.

A partir de este momento es cuando voy a dejar de usar el tiempo como referencia. No existió mas para mí el día, ni la noche, ni las horas. Mi cuerpo se convirtió en un cuartel de guerra, donde la cordura y la locura se debatían incesantemente. Debo decir simplemente que la cordura fue derrotada, y decidí finalmente matar a mi madre.

Debatí brevemente, como un inexperto criminal, de qué manera convenía realizar mi cometido, imagine la escena del homicidio en mi cabeza, todo estaba fríamente planeado, nada debía salir mal. Sin saber si era de día o de noche, salí rápidamente de mi hogar en búsqueda de la costosa ofrenda de amor. Estando en camino note que mi paso era demasiado acelerado para alguien que debía parecer calmo y criterioso, decidí bajar la marcha y continúe camino con una perfectamente fingida parsimonia. Nadie podía sospechar sobre mi objetivo, me reí por dentro mientras saludaba a los vecinos a mi pasar, pobres ilusos, ninguno de ellos daría una peseta pensándome como asesino, el crimen perfecto. Llegue a lo de mi madre, que fue mi hogar durante tantos años de mi vida, pase por frente de la habitación que fue mía, subí las escaleras y la vi. Dormía profundamente, perfecto. Todo estaba saliendo tal cual lo planeado. Finalmente iba a asesinarla, pero me percate que no había llevado conmigo el arma para hacerlo. Lamentando una y mil veces mi poca certeza como asesino, baje las escaleras en búsqueda de cualquier cosa que pudiera servirme. Fui a la cocina y tome rápidamente el cuchillo mas afilado. Ahora sí, fue solamente un pequeño error sin consecuencias. De vuelta en el cuarto no pude evitar mirar a mi progenitora a la cara. Probablemente estuviera soñando con mi padre, o quizás conmigo. A esta altura poco importaba. Hundí el cuchillo en su pecho, que alguna vez fue la fuente de mi vida, y le arrebate el corazón. Guarde el cuchillo, con restos de sangre, y me retire de la casa, ansioso por entregarle el trofeo a Betiana. Tan ansioso era mi estado que me dirigí hacia la calle y una vez ahí empecé a correr afiebradamente. Tanto corrió mi cuerpo, desacostumbrado a tamaño esfuerzo físico, que al querer cruzar una calle tropecé torpemente y la sanguinaria ofrenda rodo por el suelo. Me encontraba en el suelo, con el corazón de mi madre enfrente mío, y al mirarlo escuche su voz, la más dulce que he conocido, preguntándome ¿te has hecho daño, hijo mío?

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