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Shuffle

Por Rocío Deguer

La persiana estaba baja pero daba igual porque cuando la subía entraba la misma cantidad de luz, que era ninguna. Su ventana tenía orientación contrafrente y el edificio tenía nueve pisos; ella vivía en el tercero. Medio a oscuras y con la música de Spotify en shuffle reproduciéndose desde la noche anterior, intentaba reconocer la voz del cantante. Eran las 8 am y una fila de hormigas se deslizaba uniformemente desde un rincón del zócalo hacia la superficie de la mesita de luz, con destino, suponía, a los vasos y tazas de noches anteriores que no había tenido oportunidad de llevar a la cocina.  

Se imaginaba diciendo “bueno, ya cogimos y ahora tengo ganas de estar sola, yo después te mando whatsapp y arreglamos para la próxima” pero su culpa cristiana no le permitía echar al ser humano que la penetraba en ese momento como si no hubiera mañana. No entendía cómo el señor lograba disfrutar tanto con un cuerpo casi inerte bajo el suyo pero tampoco le molestaba demasiado o al menos no más que su mera presencia; que la estuviera penetrando no agravaba la situación.

De pronto reconoció al cantante y sonrió, y en ese momento exacto el dueño del pene estalló y entre suspiros y un “uh, qué bien estuvo eso” salió de adentro suyo, se sacó el preservativo, lo apoyó entre vasos y hormigas y se derrumbó a su lado, abrazándola. Ahora sí estaba un poco molesta y por eso se levantó y lo dejó solo, en la cama, desnudo, flácido y, él, como si pudiera verse a sí mismo a través de los ojos de su amante, se tapó rápido con la sábana y a tientas empezó a buscar su calzoncillo.

Cuando logró que por fin se fuera, agarró el preservativo y lo tiró a la basura. Los vasos los dejó porque las hormigas ya estaban ahí y se habían ganado el derecho de estarlo y además le parecían de lo más simpáticas. Eran chiquitas, diminutas. No eran sucias y desagradables como las cucarachas y tampoco tenían un montón de patas como las arañas, o quizás las tenían pero eran tan chiquitas que era imposible verlas. Se dio cuenta de que en realidad no sabía nada sobre hormigas.

Una pereza de cuerpo y mente la atacó justo cuando estaba por entrar a ducharse. No hizo a tiempo de meter un pie en el agua que enseguida sintió la irrefrenable necesidad de volver a acostarse.

A pesar de la mancha húmeda en el medio de la cama, no cambió las sábanas.

Se tiró desnuda y se tapó, y mientras intentaba reconocer esta nueva voz que salía de los parlantes, casi sin notarlo, empezó a masturbarse. A los diez minutos y mirando fijamente a las hormigas dentro del vaso, estalló entre suspiros y un “uh, qué bien estuvo eso”, y sin que nadie la abrazara cerró los ojos y muy satisfecha, se quedó profundamente dormida.

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