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Plaza de Mayo – Nazca

Por Sergio Andrés Rondan |

Iba leyendo en el subte. Parado, con la espalda un poco encorvada: la postura del nuevo milenio. Es el mal del nuevo siglo, tensión mal acumulada y pésimamente distribuida, que genera horribles dolores articulares, terribles sueños y noches de vigilia eterna.

Era claramente un hombre de oficina. Quién no lo es en una ciudad como esta. Casi todos aquellos seres invisibles sentados y parados en el vagón lo eran. La vida es así para ellos. Pero él estaba ahí, parado, leyendo y escuchando música. Oídos sordos hacía al latido de cada uno de esos seres, que para él no existían más que en su imaginación, se decía a sí mismo: ¿cómo pueden ser reales todos esos millones de hombres y mujeres que ingresan y egresan diariamente a la ciudad? ¿Cómo pueden existir?

Infinidad de veces se imaginó como una sombra veloz e infinitamente divisible, que seguía a cada uno de los que allí viajaban. A todos. Porque pese a que viajaba a la misma hora de lunes a viernes siempre, jamás veía una cara conocida. A lo sumo una o dos y eventualmente. Todo era muy, muy extraño. ¿Cómo podían ser reales tantísimas personas?

Entonces, en uno de esos días de pegajoso verano porteño, se transformó en esa sombra asexual, aérea, veloz y divisible. Como un insecto, él comenzó la metamorfosis en la Plaza de Mayo, cálida y sofocante, atestada de gente. Un frío espectral sintió al cambiar su cuerpo, pues pasó de la tranquila consistencia de la corporeidad, a la extraña y peculiar amorfidad de las sombras invisibles.

Se hundió en la boca del subte pegándose a cada persona que ingresaba. Ellos no lo sintieron. Los corazones siguieron latiendo. Y esta vez, como él no llevaba los auriculares puestos, descubrió cómo todos los corazones latían al mismo tiempo. Ante el primer golpeteo de las paredes cardíacas, pensó que se quedaría sordo pues oiría cientos, miles, decenas de miles de latidos de todos los transeúntes que allí descendían, que arriba pululaban, que en la plaza morían y dormían a la vez. Creyó en su ingenuidad, que todo se transformaría en una batería infernal, caótica, azarosa, que lo enloquecería.

Se equivocó y al segundo o tercer latido comprendió que todos estaban sincronizados. Eso no significaba que formaran parte de un gran corazón, o que una máquina orgánica gigante y etérea los manejase uno por uno. No sabía, de todas formas, qué significaba la sincronicidad. Pensó por un rato en sus lecturas de psicología, en esos libros de Jung, y quizás ahí tuvo un atisbo de comprensión.

Pequeñas partes de él comenzaron a separarse y a seguir a los pasajeros cuando bajaban en Lima para subir a otro subte, en Congreso para entrar a una librería, en Plaza Miserere para apretarse nuevamente en el Sarmiento… todos bajaban e iban a otro lado y no llegaban a ninguna parte.

Comenzó a comprender que quizás tenía razón y ninguno de ellos existía. Qué poblaban espacios solamente para que la escenografía de su imaginación sea real, certera, sincera… empezó a sentir que realmente tenía razón y todo estaba en su cabeza. Vio cómo pequeñas sombras iban a gimnasios, a kioscos, a plazas a tomar cervezas, a esquinas vacías a fumar porros, a supermercados chinos… pero ninguna iba a su casa. Llegó a Acoyte y todos iban a Shoppings, cines, o al Parque Rivadavia; y en Flores algunas chicas hermosas salían, se persignaban y tomaban el tren, el 53, el 134: las viejas se metían en la iglesia y no salían. En Nazca unos pocos caminaban hasta Floresta para subir al Sarmiento y volver extrañamente a Once; las señoras entraban a tomar cafés con leche en cafeterías pitucas, los chicos se subían al 2 rumbo a Liniers, otros iban a Mataderos a comprar carne, muchos cruzaban la General Paz y se perdían en la avenida San Martín… pero nadie, nadie entraba a su casa.

Había un cuerpo al que no pudo seguir porque estaba trabado en el subte. Nadie parecía notarlo. Parecía bugueado, como si la realidad hubiese transformado su presencia en un pantallazo azul: estaba y parecía no estar. Tenía auriculares, era alto, leía y no se movía. No pestañeaba. Pero ahí estaba y tampoco iba a su casa, mucho menos al chino, a una esquina, a buscar a su novia, a estudiar…

— ¡Acá viene a matarse este forro, pero che, que hijos de puta!

—Bueno, qué se le va a hacer, escuché que tenía cáncer

—¿Y quién no tiene cáncer hoy en día? Eso no importa, no es excusa para frenar el subte con toda esta gente che, te parece a vos… ahora a llegar tarde como siempre.

—No, no me parece, pero bueno, ¿vamos al chino a comprar algo?

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