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Pedacitos de Paula

Por Rocío Deguer

Esa mañana el olor era todavía más petulante que el de la mañana anterior. Cuando “el asunto” comenzó, Paula había llamado a un plomero y todo se había solucionado, recordaba con pesar. Juntando fuerzas se levantó de la cama y cuando sus pies desnudos se mojaron exclamó un resignado suspiro y siguió caminando. Como todas las mañanas, se despertaba, iba al baño, lavaba sus dientes y cara y se ponía las lentes de contacto. Esa última acción siempre venía acompañada de un instante de sorpresa y horror porque con las lentes podía ver los poros de la piel que su miopía le ocultaba.

No eran unos poros del todo horrrendos pero estaban abiertos y eran desagradables y Paula entendía que no había que rendirse ante los estereotipos de belleza y que en realidad ella era una mujer fuerte que estaba lidiando con un asunto y sobreviviendo al mismo tiempo pero, ¿era realmente necesario tener los poros tan abiertos?

Agarró un poco de base y con toda la mano y como si fuera crema, la esparció frenéticamente por toda la superficie de su cara. La frente, la nariz, especialmente alrededor de la nariz, con toda la mano abierta, enojada consigo misma porque sabía que jamás había que usar las manos para ponerse base, y mucho menos las manos abiertas, a lo sumo se usaba la yema de un dedo pero Paula estaba enojada con esa normativa de los poros cerrados e invisibles así que aunque los ocultaba con base, se encargaba de hacerlo lo suficientemente mal como para no sentirse una víctima más de la revista Cosmopolitan.

Con los poros tapados y los pies empapados salió del baño y se subió a un banquito de otra habitación. Agarró de un estante una bombacha, un corpiño sin aro ni push up -porque los corpiños son incómodos y si hay que tenerlos puestos todo el día para que los pezones no se marquen, es preciso al menos usar uno que no corte la respiración ni deje marcas en la piel-, y del estante inmediatamente inferior agarró una remera y un jean que se pondría recién al salir de casa, si salía de casa.

Arriba de ese banquito se puso la bombacha, un culotte negro algo gastado pero funcional, el corpiño color piel tipo top y la remera negra, lisa y holgada.

Ya en la cocina y con el jean arriba de la mesada se hizo el mate de todas las mañanas mientras intentaba en vano oler algo diferente al olor de la caca. Ni siquiera las tostadas con huevo lograban aplacarlo aunque fuese mínimamente.

Comió las tostadas y tomó mate mientras admiraba los pedacitos marrones y negros que flotaban por su cocina. Eran unos pedacitos macizos, con forma de intestino o de perfectas bolitas, siempre le parecía increíble que esa caca mantuviera su contextura aún flotando durante tanto tiempo en líquido.

En el living se sentó y terminó el último pedazo de tostada. Se sacó una selfie con sus poros tapados y esa remera negra que aunque holgada lograba resaltarle bien las tetas y se aseguró de que en la foto no apareciera ni un solo pedacito de caca. Vivir rodeada de caca no le parecía mal en sí mismo, lo que le molestaba era el olor porque una lograba acostumbrarse, sí, porque la verdad que una se acostumbra a todo pero ese olor aumentaba cada día y recién lograba adaptarse al nuevo nivel cerca del mediodía.

Toda una mañana soportando la fetidez hasta que a las 12 se producía el milagro de la adaptación.

Chequeó su instagram y vio con fingido desinterés los primeros likes de la foto subida. Le gustaba pensar que no le importaban los likes pero más le gustaba que la gente le diera like.

Algo que preocupaba a Paula más que los poros abiertos, la falta de likes en sus fotos de instagram y los corpiños incómodos, era el nivel del líquido.

Hacía ya dos meses que se había abierto una cañería tapada que rebalsó primero la rejilla del baño, después el baño y luego el resto de la casa. Al principio se sintió incómoda al ver todos esos líquidos humanos en su casa pero cuando el plomero le dijo que lo solucionaba enseguida se tranquilizó. El tema fue que no lo solucionó y apenas ido, la rejilla empezó a expulsar agua de nuevo. Agua marrón que podía pasar libremente a través de la rejilla pero que dejaba a su paso contra los barrotes pedazos aplastados de caca.

A Paula no le molestaba tanto que se quedara ahí atascada pero sí le parecía injusto. El agua era líquida y por eso atravesaba sin problemas la rejilla pero qué pasaba con esos pedazos que no lo eran, simplemente no era justo que quedaran condenados a aplastarse contra la rejilla de un baño cualquiera, como si esos pedazos no hubieran formado parte alguna vez de un cuerpo humano.

Esos pedazos habían sido algún día parte de la vida de una persona como ella.

Tranquilamente podrían haber sido sus tostadas de la mañana o la carne con ensalada de la noche anterior, quizás con un poco del vino que compartió con un romance ocasional. ¿Y ella iba a ser tan egoísta de dejar esos pedazos de alguien aplastados contra una rejilla mientras el agua pasaba como si nada?

Ella no era eso, no quería ser eso. No quería ser esa persona que jerarquizara al agua por encima de la caca.

Así que levantó la tapa de la rejilla y dejó que todo saliera por igual. Hoy, dos meses después, el líquido alcanzaba sus pantorillas en toda la casa. Tuvo la suerte de tener los enchufes altos porque antes de ella en ese departamento, vivía una familia con un bebé que había tapado cada enchufe a la altura de la criatura. A Paula no le gustaban los bebés pero este le vino particularmente bien.

Se sacó otra selfie esta vez sobre la cama y con un libro que ni siquiera había empezado a leer, decidió no ponerle ningún filtro y sólo aumentarle un poco el brillo y subirle el contraste. Probó de nuevo entre algunos filtros, por las dudas, pero no le gustó ninguno. Apretó “next” y la foto se publicó. Abrió el libro, leyó medio párrafo y lo volvió a cerrar.

Mientras miraba el piso, se durmió contando los pedacitos de caca que pasaban por al lado de su cama.

Una hora después, Paula tenía 42 likes, una cantidad más que aceptable de likes.

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