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No molestar

Por Juan Martín Zara

Cuando el trazo de la vida llega al final, qué pasará con todos los ornamentos decorativos, con las malas decisiones y los recuerdos inútiles. Esa pésima elección en particular, esa falta de voluntad y coraje, aún a sabiendas de que estaba desperdiciando la única oportunidad para ser feliz, que resultó ser la última antes de la fatalidad. ¿Se depurarán y se irán de la memoria donde repiquetean como un taladro enloquecido, penetrando la crocante corteza cerebral, engordando el esponjoso e inflamable hígado, taponando las venas, arterias y capilares que dejan de nutrir vitalidad a las neuronas donde atesoro las palabras e intento hacer con ellas algo trascendente, algo inmortal, algo que llene este papel deshabitado que son mis días sin noticias tuyas?

En el blanco, en el silencio, cuando la respuesta no llegaba, descubrí las letras del cartel que indicaba la calle. La calle se llama Lavalle. Hay una puerta verde que pasa casi desapercibida en una construcción que ocupa toda la manzana. Le dicen Palacio de Tribunales y en su interior hay un circo donde la justicia inclina su balanza. Me refugio frente a una puerta verde, es la entrada a la Alcaldía, la famosa cárcel subterránea que todos los días recibe nuevos huéspedes de diferente rango. Desde rateros y pungas recién aprehendidos, hasta violadores y asesinos seriales que aguardan un juicio justo fundado en ley anterior, con amontonamiento de periodistas sedientos por una gota de sangre más en el titular. Poca gente sabe que entre 1857 y 1884 circuló por esta calle el Ferrocarril Oeste de Buenos Aires, entre Libertad y la Avenida Callao, y por esa causa la acera es más ancha de lo normal. Una mañana cualquiera, cuando llegues a la oficina, estaré agazapado. Estaré esperándote y cuando no te vea, alteraré el orden público deliberadamente para ser castigado en la Leonera, esa jaula de bestias acorraladas, con golpes y picanas eléctricas en desuso. Cuando el chaleco de fuerza me controle estaré sonriendo por haber pensado un segundo en otra cosa.

En el Jardín de Buenos Aires aparecí, luego de ese viaje de polizón que comenzó con un cartoncito en la pupila. Ser nuevo con esto de las drogas psicodélicas tiene su beneficio. La paranoia es divertida, la debilidad muscular recomendable y las zetas dibujadas en la vereda, con barro fresco, superan a las de cualquier borrachera. Le dicen Devoto a este barrio porteño y sus habitantes lo pronuncian con orgullo, aunque maldicen en silencio todas las mañanas cuando demoran más de una hora en llegar a sus puestos de trabajo. Estando sobrio y despabilado suelo perderme en esta zona, donde muchas calles son doble mano y el visitante se deslumbra por las casas bajas y la simpleza del paisaje. Esta vez un humo picante apareció en el cielo y, desprendiendo el aroma del encierro, la orina y el sudor –perfectamente balanceados–, dibujó una flecha indicándome la dirección a seguir. Pudieron haber sido tres cuadras o treinta kilómetros, no lo sé, pero cuando la flecha pestilente se deshizo. Tras el velo de la fumarada se dejaba ver una construcción deteriorada con ventanas llenas de barrotes de los que colgaban sábanas, toallas y frazadas. Tentado por tamaña iconografía me aproximé a la torre de vigilancia. Recordé el panóptico de Jeremy Bentham y sentí deseos de ser castigado. Maldije a Foucault con epítetos sobre su calvicie y sexualidad, y tuve más ganas de ser castigado. La necesidad de reprenderme por haber roto esa regla, que los deseos de mi corazón habían dictado, era impostergable. Sabía que era imposible verte llegar, pero no tenía otro medio para evitar que la estupidez me siguiera consumiendo. Comencé a trepar los ladrillos carcomidos por las ratas. Sobrepasé el primer alambre de púas con unos pocos y placenteros cortes en mis nalgas, y al ver al custodio desenfundar su escopeta me deje caer. El golpe de mi cabeza contra el cemento me sumió en un breve desmayo. Cuando volví a abrir los ojos busqué en vano tu dirección, pero es un barrio muy complicado para los visitantes.

Dicen que el purgatorio es un cuarto de hotel de lujo. Allí desperté y no me preocupé por saber la razón, el lugar del mundo en el que estaba, ni quien iba a pagar el service room. Me enfundé en una bata blanca que reposaba en un sillón, a los pies de la cama, y me dirigí al baño para lavarme los dientes. Junto al vaso de vidrio había 3 botellas de Jim Beam empezadas. Como no tenía pasta de dientes culminé la higiene de mi cubo dental con un buen buche de bourbon que tragué sin pensar demasiado. El cálido sabor de la madera logró terminar de despertarme. Me detuve en el desorden de la habitación. Ropa interior de mujer, de más de una, desparramada en el suelo: tangas, medias de red, corpiños; jeringas, vasos rotos y decenas de preservativos usados se amontonaban sobre la alfombra beige. Me vestí y decidí tomar la escalera para bajar los doce pisos. Mis muslos acusaban actividad física reciente, pero no recordaba nada. Atravesé la puerta giratoria y ya en la calle me sorprendieron los mateos transportando turistas alrededor de un enorme parque. Me inmiscuí en la multitud que caminaba en diferentes direcciones con vasos de café y maletines en sus manos. El parque le dejó lugar a los teatros que colmaban una gran avenida desbordada por negocios de marcas de lujo, pantallas que no se apagaban jamás y una catedral de otro tiempo. El grito de los homeless que acumulaban monedas de un centavo en grandes botellones de agua me molestó. El vapor que salía constantemente de las alcantarillas y el ruido de las sirenas de bomberos, policías y ambulancias no llamaban la atención de nadie. Orientales, árabes, latinos, negros, europeos, hipsters. Me sentía una muestra gratis de humanidad vagando por La metrópoli. Retiré un ejemplar gratis de uno de esos pasquines amarillistas y constaté el día, el mes y el año. Respiré profundamente exhalando el aroma tan particular que deja el invierno cuando pasa, y que persiste aún en primavera. Decidí regresar al hotel por otro camino. Me detuve en la intersección de dos calles donde un día había sido feliz, pero ya no tenía sentido. Sabía que estabas en la misma ciudad, pero era imposible encontrarte en la inmensidad urbana. De nuevo en el hotel me senté el bar y pedí un vodka con agua tónica. Desempolvé mi inglés para hablar con unos turistas amigables y por un momento me sentí un personaje de Salinger. El sexto vodka tonic lo volqué sobre la barra. Regresé a mi habitación, que ya estaba aseada, y escribí mi último párrafo.

No hay soledad más infame que la que siento desde que me gritaste BASTA. Intenté romperte en mil pedacitos y que el tiempo te consuma como una brasa de quebracho en la chimenea. Quise borrarte de mis mañanas pero el despertar, la cercanía, el subterráneo y la tinta azul de la rutina lo hicieron imposible. Las tardes de verano, con tiempo para leer rabiosamente y escribir para ahogar esta pena, no son buen remedio. En los relatos ajenos, en los cuentos propios, en los guiones de cine y en los epígrafes de las fotografías donde no estás, te veo, te invento. El combate de las noches con alcohol, cosas puras y las drogas más duras funcionó por un tiempo, pero el día después era terrible. Despertaba en cualquier sitio y la fachada impenetrable de mi aspecto elegante se fue resquebrajando. También intenté ocupar tu lugar con otras mujeres, casi como una actividad mecánica. Las encantaba, las ilusionaba, las lastimaba y las desechaba con un cóctel de mentiras e indiferencia. No me importaban, nunca me importaron. Jamás pensé que este juego tan divertido se volviera espantoso y se riera de mí. Las 24 horas fueron ciclos donde el olvido nunca fue una posibilidad y el punto final no llegaba. La resignación del sufrimiento, el padecimiento de la ausencia —de tu ausencia— hizo insoportable cada minuto en el que ese reloj, que ha perdido la aguja de las horas, me hizo reflexionar. Comprendí que tengo que exterminar este padecimiento para dejar de sentir este asco de mí mismo y erradicar esta mugre que la ducha ya no puede limpiar. Necesito pintar estos días de un nuevo color, conocer otro tipo de soledad, otro padecimiento que no sea tan profundo. La soledad de la muerte no debe ser tan dolorosa, en definitiva todo el mundo fantasea con una muerte dramática.

Doblé perfectamente la hoja, dejando ver el membrete del hotel, y la introduje en un sobre. Anoté tus iniciales en el espacio destinado al destinatario y lo dejé sobre la cama. Abrí el cajón de la mesita de luz y tomé el revolver que reposaba junto a la Santa Biblia.

El estruendo del disparo sacudió las ventanas. La sangre salpicó el cartel de “No molestar” que colgaba del picaporte.

Nueva York, mayo de 2016

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