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Luz mala

Por Rocío Deguer

Si camino sin mostrarme nerviosa, las posibilidades de que me roben disminuyen. Metí el celular en el espacio que quedaba entre el jean y mi estómago, y puse la remera por encima para disimularlo. Podrían robarme un riñón y aunque posiblemente me disgustaría, lograría superarlo. Por el contrario, robarme el celular sería el equivalente a cortarme un pulgar, y los pulgares son muy importantes para vivir, más que un riñón.

Caminé normalmente a las 3:30 am por el barrio del Abasto, era martes y las casas tipo conventillo en la casi oscuridad me distraían de la misión de caminar para llegar a ese lugar. Estaba consiguiendo exactamente lo opuesto a lo que me había propuesto, que era parecer una piba más del barrio. En ese momento, parando frente a cada arquitectura que me llamaba la atención por su perfecta pertinencia en ese tiempo y espacio, parecía más una turista de un país relativamente cercano que una piba del barrio que había salido a comprar cosas.

Llegando a la calle Guardia Vieja, me fijé en la cantidad de bares que había completamente llenos de gente, como si fuese un fin de semana. Esa irrupción de un sábado adentro de un martes me fastidió, era terriblemente impertinente, una falta de respeto. Molesta, empecé a caminar en busca de calles que se tomaran en serio el trabajo de ser calles de martes por la noche.

Saqué el celular de su escondite y me fijé la hora: 4:25 am. Levanté la mirada y volví a guardar el celular, observé a un grupo de chicos de unos 19 años que estaban sentados en el escalón de una casa con la puerta abierta. Estaban tomando cerveza, fumando marihuana y riéndose, y el contraste con el silencio de la calle resultaba divertido. Tuve ganas de acercarme y  participar del encuentro, pero no los conocía y además tenía que llegar de alguna manera a ese otro lugar.

Seguí caminando ante la indiferencia de los jóvenes, y me di cuenta de que no tenía la menor idea de dónde estaba. Saqué un cigarrillo de la cartera y lo prendí, me senté en la esquina y traté de pensar en los patrones de la Ciudad de Buenos Aires que permitían llegar fácilmente a un lugar más o menos cercano al destino original:

La numeración de las calles perpendiculares a las grandes avenidas siempre disminuye para el lado de Rivadavia, y la numeración de las calles paralelas a esas avenidas siempre disminuye para el lado del obelisco.

Había un problema más y era que no tenía los anteojos, y eso complicaba la misión de ver las diferentes numeraciones. Me paré y caminé hasta la primera casa que encontré, apliqué el patrón y aunque me costó, confié en que era lo correcto. Caminé en la dirección en la que venía, y al llegar a una plaza me detuve a contemplar el amanecer. La plaza me permitía ver mejor el cielo sin tantos edificios, pero tenía el defecto de estar completamente enrejada. Me recordó a una cárcel y eso me molestó, porque además a esa hora no tenía forma de entrar.

Recorrí toda la manzana de la plaza en busca de alguna reja abierta o algún lugar por el que escabullirme, realmente necesitaba tocar el pasto con los pies antes de seguir mi camino. Cuando completé la manzana el panorama era desalentador; no había forma de entrar en ese maldito espacio verde ‘público’.

Saqué los lentes de sol y me los puse, ya determinada a llegar de una vez por todas. Caminé unas cuadras más y finalmente visualicé el lugar. Cuando llegué a la puerta, toqué timbre y esperé. Unos 10 minutos después la dueña de casa se sorprendía con mi presencia a través del mirador, ponía la llave en la cerradura y abría la puerta con la cadena puesta. Me hizo un gesto con la mirada por la pequeña abertura y asentí confirmando lo que me preguntaba.

Le sacó la cadena, abrió la puerta lo suficiente para que pudiera pasar y la luz roja me encandiló aún a través de los lentes de sol. Me saqué los lentes, los guardé en la cartera, saqué el celular del jean y entré a aquel lugar. La puerta se cerró rápida y contundentemente detrás de mí.

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