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La subversión de los mediocres

Por Rocío Deguer

La subversión de los mediocres

La primera vez que empezó a cuestionarse su vida, se encontraba en un vagón de tren yendo a su puesto de trabajo. Estaba leyendo a un literato ruso cuya obra se caracterizaba por la falta de arte y recursos estéticos, y eso le recordaba a su trayecto en tren, a su trabajo, a su esposa, a su familia y a su vida en general.

Luego de leer un cuento en particular, notó que en todas las épocas había existido gente infeliz. Él, un ser mediocre cuya única ambición en la vida había sido cumplir con lo que sea que él creía que esperaban de él, había descubierto un mundo nuevo de infelicidad que trascendía a la historia y a sí mismo. Un éxtasis de ambigüedad lo invadió cuando notó que quizás, sólo era mediocre porque eso era lo que esperaban de él.

No tenía en claro quiénes eran esas personas que esperaban cosas.   

Cerró el libro y lo metió en el pequeño maletín negro gastado que llevaba todos los días consigo, y cuya función era arrastrar algunos objetos personales de acá para allá, objetos que la mayor parte del tiempo ni siquiera sacaba.

Se miró a sí mismo y se preguntó si esa ropa que traía puesta la traía por elección propia o si, por el contrario, habría sucumbido de nuevo a los deseos de esas personas que no conocía. De repente se sintió sucio, una angustia invadió todo su ser y para calmarse, sacó una pequeña pastilla de color celeste cortada a la mitad, y la tragó sólo con la ayuda de su propia saliva.

Pensó en su esposa. La había conocido en la universidad treinta años atrás, había sido una mujer hermosa y divertida de la que ya no quedaban rastros. Se preguntó si su esposa era consciente de la mujer horrible, desagradable y malhumorada en la que se había convertido. Se respondió que posiblemente sí, pero que nunca lo sabría porque para eso debería hablarle, y él no hablaba con su esposa desde el mismo día en que su último hijo se fue del hogar. Tampoco tenía intención de comenzar a hablarle ahora.

Preso del pánico que empezaba a desaparecer gracias a la milagrosa medicina moderna, se le ocurrió bajar del tren para probar las consecuencias —si las había— de la que luego sería denominada por los historiadores como “la subversión de los mediocres”. Entonces paró al primer hombre que le pareció similar y le preguntó si sabía que había gente que los estaba manipulando. Él no pudo saberlo, pero al mismo tiempo que le contestó, el hombre sintió al terror recorriendo sus entrañas:

—Usted está loco.

Un día, consiguió a su primer seguidor. Lo había estado persiguiendo varios meses hasta que el muchacho en cuestión accedió a una suerte de entrevista en una confitería cercana a su domicilio. Cuando comprendió que él también era un mediocre adaptado a los caprichos de otros, sintió un enojo tan grande que, de haber sido un dibujo animado, los ojos se le hubiesen salido de las órbitas sostenidos por un oxidado resorte que avanzaba y retrocedía al compás de la música de fondo.

Entre los dos, pronto consiguieron a unos veinte individuos dispuestos a colaborar en la incipiente revolución que los libraría del horrible plan que algunos llamaban “destino”. Todos ellos mayores de 40 años, casados, divorciados, viudos, y una mujer joven que recientemente había salido del instituto de monjas al que sus padres la habían enviado, de unos 18 años.

Unos días después y gracias a la conectividad inmediata que proporcionaban las redes sociales e internet, organizaban la reunión que cambiaría las vidas de toda una ciudad. El día señalado, unas 35 personas se juntaban en el SUM del edificio del primer iluminado.

Llenos de enojo y del éxtasis que les había ofrecido aquella revelación, idearon un manifiesto titulado “El Manifiesto de los Ex Mediocres”:

Un fantasma recorre la ciudad: el fantasma de la ex mediocridad. Todos los ex mediocres de la ciudad se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: los mediocres sin consciencia, los impulsores del trabajo “dignifica”, los ensimismados en la rutina impuesta.

¿Qué ex mediocre no ha sido acusado de vaguear por otros ciudadanos? ¿Qué ex mediocre a su vez, no ha lanzado que la mediocridad es el objetivo principal de quienes tienen el poder?

De este hecho resulta una doble enseñanza:

Que la ex mediocridad está ya reconocida como una fuerza por todos los mediocres de la ciudad.

Que ya es hora de que los ex mediocres expongan a la faz de la ciudad entera sus conceptos, sus fines y sus tendencias, que opongan a la leyenda del fantasma de la ex mediocridad un manifiesto propio.

Con este fin, ex mediocres de los más diversos orígenes se han reunido en este SUM y han redactado el siguiente “Manifiesto”, que será publicado en Facebook, Twitter, Instagram, el sitio web de los ex mediocres y repartido en folletos alrededor de toda la ciudad.

Una semana después, los ex mediocres se organizaban para empezar con la ansiada subversión. Se dividieron en seis grupos de cinco personas y recorrieron los puntos con más flujo de personas de la ciudad. Luego de repartir el manifiesto a todos los transeúntes y en plena hora pico, el primer grupo se arrojó a las vías del tren. Pedazos de cuerpos mutilados llegaban hasta los andenes, y la gente gritaba espantada mientras era salpicada por la sangre de aquellos dementes.

Minutos después, la ciudad se enteraba de que la situación se había repetido en al menos seis puntos de tráfico intenso, a la misma hora: en las tres líneas de subte más utilizadas, en los dos trenes que unían los alrededores de la ciudad con la capital, y en el medio de dos conocidas avenidas por las que pasaban las líneas de colectivos más utilizadas para llegar al microcentro, donde trabajaban la mayor parte de los ciudadanos.

En todos los casos habían repartido el manifiesto a numerosas personas, y la versión digital, luego de estos sucesos, había llegado a los lugares más recónditos. Así y sin que nadie pudiera preverlo, los suicidios en masa y en hora pico empezaron a replicarse a lo largo y ancho de toda la ciudad. La gente había dejado de salir por temor al caos social, las madres quitaban a sus hijos todo tipo de dispositivo con acceso a internet, el gobierno suspendió trenes, subtes y colectivos dejando inmovilizada a toda una ciudad. Los mediocres ya no tenían herramientas para mantener esa mediocridad y empezaron a organizarse, a tomar consciencia de su situación y a reproducir el manifiesto por todos los medios posibles. El gobierno, sin saber cómo manejar la situación, dio aviso de una cadena nacional que encabezaría el Presidente de la Nación.

A las 08:30 am del lunes, el presidente estaba en todas las señales abiertas. Se lo veía sentado en su despacho, con la bandera a su lado y vestido de traje. Sobre el escritorio podían observarse algunos adornos, una foto familiar, una botella de agua y una copa, que bebía con total parsimonia. A partir de la señal indicada por su asesor, el presidente comenzó su discurso:

Un fantasma recorre la ciudad: el fantasma de la ex mediocridad. Todos los ex mediocres de la ciudad se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: los mediocres sin consciencia, los impulsores del trabajo “dignifica”, los ensimismados en la rutina impuesta.

Ante la perplejidad de los asesores, camarógrafos, iluminadores y el propio jefe de gabinete, el presidente sacaba de su traje una 32, la apoyaba sobre su boca abierta y apretaba el gatillo.

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