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La espada de Zathog

Por: Sergio Andrés Rondán

Zeta surfeaba a través de la inmensidad sideral, a bordo del remolque transportador. Bordeaba un campo de meteoritos que se hallaba más allá de los confines del Sistema Solar. No toda esa zona estaba debidamente cartografiada. Debía andar con cuidado: llevaba una carga muy valiosa, el viaje era interminable y sus ganas de volver al cómodo hogar en la luna de Phobos eran incalculables.

Zeta tenía que estar atento y hacer las cosas bien.

Evitar ese campo minado le costaría varios días más de viaje, pero otra opción no tenía: ya estaba muy por encima de él y retroceder no era una opción. Entonces, se desvió levemente. Lo suficiente como para ingresar a uno de esos cuadrantes no mapeados. De todas formas, eso era la regla: había millones de cuadrículas del mapa estelar que no habían sido debidamente cartografiadas. Se conocía muy poco, pero no importaba, pues para eso se viajaba. Zeta piloteaba un remolque que llevaba suministros a una de las estaciones meteorológicas que se hallaban en los bordes del universo navegado. Cada cinco años, una nueva se fundaba, y las fronteras crecían exponencialmente.

Pero ahora debía retomar el ángulo para reacomodar la trayectoria original. Eso le tomaría unas cuantas horas. No a él, sino a Arbus, el superordenador, el verdadero capitán de la nave. Zeta simplemente era el operario de a bordo. Se sentó, mientras Arbus realizaba los cálculos necesarios, y contempló la oscuridad total a través de la cabina de mando. Si no fuese por Arbus, sería el único ser inteligente en miles de años luz, se decía a si mismo. Ya estaba muy lejos de cualquier estación meteorológica, y todavía faltaba un gran tramo para llegar a la siguiente. La sensación de vacío era agobiante para Zeta, que se la pasaba contemplando el mortal silencio enfrascado en una atroz y violenta soledad.

Pero él no estaba solo y nada sabía del cuadrante donde se hallaban, que eran los dominios de Zathog, la destructora de lunas, quién ponía trampas de asteroides a través del espacio, para atrapar a los intrépidos viajeros que creían desviarse de los problemas, solo para ingresar a una muerte segura. Con su gran espada, que distorsionaba el Tiempo y el Espacio, destruía lunas, planetoides y asteroides, formando así campos minados de roca espacial.

La oscuridad de la cabina se encendió. Sin embargo, Zeta vio una inmensa mancha que tapaba el enorme ventanal del centro de mandos. Era púrpura, un púrpura ardiente, brillante y radiante como las estrellas que poblaban el raquítico cielo de Phobos.

La mancha se alejaba, dejando espacio a la oscuridad, y revelando algo que se formaba a medida que tomaba distancia: un filo sideral de una espada inmensa se dejaba ver. Al fondo, una silueta no más grande que él, blandía la espectral y gigante arma. Zathog, la humanoide de Yuggoth, torcía el Tiempo-Espacio con el monstruoso filo púrpura. Ella era alta, delgada, de finas y marmóreas extremidades; más de su cabeza no surgía rostro alguno, ni cuello, ni ojos o cejas: un racimo de tentáculos bailaba y danzaba hipnóticamente.

La espada crecía y crecía, mas ella permanecía igual, blandiendo un monumental e inmenso filo espectral, que comenzó a cercenar el remolque. Zathog devoró pieza a pieza toda la nave, abriendo la cabeza tentacular y tragando sin masticar. Zeta y Arbus murieron mucho antes de ser deglutidos, y cuando Zathog se atoró de metales, circuitos de navegación y maquinaria meteorológica, se retiró a dormir en el sueño eterno de los demonios siderales.

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