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Gris

Por Carlos Kraimer

¿Qué me pasa? Encuentro que “me gana el desgano”. Es apropiado decir que el gris de las nubes se trasladó una vez más a mis días. Una pisca de nostalgia, unos granos de confusión, revueltos entre una considerable cantidad de desorientación. Beber un trago de agua me alivia la sed pero no me contagia claridad. Una vez más no hay motivación en el horizonte. Puedo enumerar gustos. Qué horrible anteponer un verbo que establece finitud a un sustantivo que debería movilizar, aunque no esté siendo este el caso. La distancia entre Palermo y Bariloche es la misma distancia entre mi realidad y la actitud de practicar alguna de esas atracciones (cómo me gustaría estar en Bariloche…). Siendo las 11:41 am, encerrado en una gris oficina, desearía estar en cualquier otro lugar. Es un gris distinto al de las nubes, aunque contagian sensaciones similares, subjetivas. Las de arriba presagian lluvia, y aunque esta solo sea agua acompañada de un ambiente más fresco y menos agobiante (que tan bien nos vendría por estos días), tiene la extraña habilidad de llevarnos al encierro, a huir de ella, a encontrar cualquier refugio cerrado que nos salve de ¿mojarnos?. El encierro, a priori, limita. Depende de muchos factores, primordialmente compañía y accesos. Y cuando más reducidos son esos factores, más negativas son las sensaciones. Es directamente proporcional.

Esta oficina tiene otro gris. Alrededor de 30 personas absolutamente alienadas a través de una computadora. Se comunican entre sí a través de teléfono, Skype o e-mail, y solo te contactan personalmente para recordarte que te acaban de contactar por algún medio digital. El colmo. Desde ya que cada uno de nosotros es un mundo, pero me resulta increíble e inadmisible que durante 9 horas, habiendo tantos temas que nos interpelan como miembros de la misma sociedad, no se intercambie un sonido al respecto. Y para peor, en las pocas ocasiones que esto pasa, es para derramar superficialidad. Son grises. Combinados el gris del encierro, y el gris del grillete que nos une a la computadora durante la jornada, hacen de este lugar un gris denso y agobiante, mezcla de lluvia que no cae y el calor que no cesa.

Todo es gris. Pobre color, él no tiene la culpa de no hacer la plancha como el blanco ni de no tener la actitud del negro. Es simplemente un color, un monótono color. Como monótona, rutinaria y sin motivaciones es mi vida. O al menos la óptica que tengo de ella. Cada tanto me cambio los lentes y le inyecto un poco de color. Pero estoy teniendo algunos problemas: el celeste y blanco me dejaron de gustar hace rato cuando están juntos; el amarillo me está haciendo muy mal; el rojo está apareciendo poco; y el verde se está transformando de disfrute en escape.

“No sé lo que quiero, pero lo quiero ya”, cantaba hace unos años un pelado de gran popularidad post-mortem. La incertidumbre es prima-hermana del desgano en mi casa. Y cuando salen a jugar, no hacen otra cosa que joderme la vida. Pensé que de a poco las iba poniendo en penitencia, pero no. La ansiedad me lastima los dedos, y el tiempo pasa sin poder sentir que lo tengo. Lo gasto, pero no lo aprovecho. O al menos, eso creo. Estás acá, haciendo esto, pero querés estar allá, haciendo aquello. Y mientras tanto, estás en ningún lado, haciendo nada. No vivís, sobrevivís.

Estamos vivos, pero no humanos. Mientras escribo frases robadas, mi actitud no cambia. Le doy pista a una atracción, escribir. Pero mientras escribo la ansiedad traslada mi cabeza a las, por lo menos, cincuenta cosas que me gustaría estar haciendo. Sin embargo, debo reconocer que estas líneas hicieron más llevadera una parte de esta mañana. En treinta minutos tengo una hora de descanso del gris de la oficina. No me espera nada alegre: ruido y gigantes de concreto que nos encierran en libertad. Diviso los auriculares y soy tajante. Voy a tomarme estos minutos para escaparme entre melodías y deseos, aprovechando que todavía no le quitaron los subsidios.

Toda la vida tiene música hoy, incluso en este día gris.

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