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Escribir sobre escribir

Por Sebastián Mateo

¿Sobre qué se escribe? Se escribe sobre lo que somos, lo que no somos, lo que queremos ser y lo que podríamos llegar a ser. Escribimos para conjurar y para exorcizar. Escribimos lo que no podemos decir por otros medios y lo que podemos pero no queremos. Somos lo que escribimos aun cuando no estemos escribiendo sobre nosotros.

Escribimos porque queremos, podemos y porque necesitamos. ¿Qué necesitamos? Necesitamos alguien que nos lea, aunque ese alguien no sea más que nosotros mismos.  Alguna vez John Irving se hizo la pregunta del millón: ¿por qué leemos y para qué? Y como no podía ser de otra manera, la contestó escribiendo, pero no la contestó él mismo, la contestó uno de sus personajes de El mundo según Garp: “Por una sola cosa un lector continúa leyendo. Porque quiere saber cómo termina la historia”. Y sí, estamos hechos de historias y alguien tiene que contarlas, y quién mejor que nosotros mismos.  Historias cortas, largas, épicas, aburridas, falsas y verdaderas (aunque como ya decía Boris Vian: “todas mis historias son verdaderas, ya que me las he inventado yo de cabo a rabo”. O algo así).

Nadie escribe por elección, se escribe por necesidad. Cuando hay felicidad, para contarle al mundo nuestra algarabía; cuando hay tristeza, para exorcizarla y trasladársela a nuestras letras y versos; y cuando no pasa nada, para hacer que pase algo, para que las cosas sucedan.

¿Cuál es entonces el sentido de la escritura? El mismo que el de la vida: ninguno.  La escritura no tiene sentido, a la escritura hay que darle sentido. Y en ese camino, mientras le vamos dando forma y sentido a nuestra escritura, ella nos va dando forma y sentido a nosotros mismos. Es una relación de ida y vuelta, y en ese ir y venir somos un poco, aunque sea por un rato, más libres y completos.

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