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El encierro

Por Carlos Kraimer

Tengo que insistir con el encierro. Nuestro cuerpo es acaso la única propiedad privada naturalmente aceptable. Sería una irracionalidad cuestionar la propia posesión de lo que nos es dado en el acto quizá más trascendental de la humanidad: el nacimiento. Sin embargo, esa apropiación inicial está atravesada por el encierro. Nos formamos encerrados en el vientre de nuestra madre, salimos al mundo para prestarnos al encierro en cuánto ámbito nos movilicemos, para finalmente morir y ser encerrados de la forma que nuestro entorno, a través de su religión o ideología, lo decidan. No tenemos autoridad alguna para hablar de libertad, si dentro de lo finito a lo que nuestra consciencia accede, estamos en constante encierro. Sí, podemos sostenernos en la montaña más remota, o el bosque mejor escondido que se nos ocurra, en soledad, lejos del encierro que proporciona la monogamia o las relaciones humanas en general. Pero una vez allí es muy probable que construyamos una casa para habitar; aún en lo más cercano a la libertad dentro de este limitado mundo buscaríamos encerrarnos nuevamente. A priori, el encierro supone seguridad. Nos libraría de la lluvia, o de la posibilidad de que alguien venga a quitarnos tesoros materiales o incluso el metafísico más valioso que tenemos, nuestra propia vida. Todas ilusiones que se retroalimentan con el encierro.

El encierro también posee una dualidad avasallante: en él se cometen los actos más turbios y también los más puros y limpios. En el encierro robamos, torturamos, violamos, traficamos. Y en el encierro tenemos relaciones sexuales, gestamos nuevos encierros, escribimos un libro o trasladamos todo nuestro amor a una carta. Nada de eso se cuestiona, nos hemos adapatado a vivir en el encierro. Incluso lo tomamos con total naturalidad en el día a día. Amanecemos encerrados, empeoramos nuestra situación al dirigirnos  a estar encerrados nueve horas para que otro disponga de encierros de mejor calidad material, para finalmente volver a encerrarnos en un transporte, camino nuevamente al encierro hogareño.

Sé que no soy el ser más sociable, tampoco me considero el menos. Pero probablemente escriba sobre esto atravesado por el propio encierro en el que me sumerjo al no poder establecer un diálogo o un momento de distención en grupo dentro de este lugar. ¿Cómo no encerrarme en mí mismo, si el mínimo atisbo de conversación es terminado abruptamente por la superficialidad de la temática o por una inexplicable adicción a volver a las tareas laborales? (No de mi parte, claro está).

Con absoluta resignación y confusas ganas de enfrentar esta creencia, presiento que estamos destinados a transitar el encierro más cómodo posible. Relaciones humanas agradables pero con riesgo de no tener contenido; casas que reconfortan pero nos amontonan sin vincularnos; autos que nos trasladan, nos apuran y nos vuelven cada vez más dependientes de algo tan efímero como el tiempo; oficinas que nos dan el medio de subsistencia y nos exprimen hasta la pulpa; y cualquier objeto material que nos absorbe, inducidos por la ceguera que causa la publicidad a encerrarnos en el agobiante y vertiginoso circuito mercantil.

Si estuviera sentado a orillas de un lago, flotando en un río, o resistiendo una ola; admirando un valle, leyendo en un árbol o recostado en la arena, seguramente no pensaría en el encierro. Pero sería erróneo, o cuanto menos incompleto. Esa belleza natural que simula libertad es tan propia de cualquier vida como el encierro.

Quizá sea hora de que rediseñemos una vieja frase que dice “del polvo venimos, y al polvo vamos”. Me tomo el atrevimiento, con absoluta humildad, de proponer: del encierro venimos, y al encierro vamos.

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