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El descubrimiento de Guillermo Robledo

Por Carlos Enrique Blanco

La tarde en la que Guillermo Robledo descubrió que podía respirar bajo el agua, y “respirar bajo el agua” no hace referencia a la utilización de algún medio artificial para llenar de oxígeno los pulmones, sino, literalmente, a respirar bajo el agua no siendo un pez, o un anfibio o un ser humano con un tanque para buceo, bueno, esa tarde decíamos, aunque delimitamos el espacio temporal a la tarde al no saber fehacientemente a qué hora exacta del día sucedió el descubrimiento y decimos “tarde” porque Guillermo Robledo es argentino, y en Argentina se le dice “tarde” a todo el tiempo que transcurre después de las 12 y hasta las 20, o las 8, como dicen en otros países en los que desconocen el significado de “son las 20”. “¿Cómo las 20?” preguntan, y ahí uno tiene que aclarar, las 8 PE-EME, así, con cierta bronca interna por tener que andar explicando cada vez eso de “son las 20”. Lo mismo pasa con “menos cuarto” o “menos 10”, para el caso los dos ejemplos sirven, justamente, como ejemplos. “¿Cómo menos cuarto?”. Y uno, como es invitado, no puede decirle “¿no sabés qué significa las menos cuarto?” con mal tono. Entonces opta por aclarar “dieciocho Y CUA-REN-TAI-CIN-CO”, así, en ese tono que denota que en realidad lo que uno está diciendo es “¿sos tarado que no entendés el concepto de menos cuarto, tarado?”, afirmación que convertiría a esta pregunta en un doble insulto.

Pero volvamos a Guillermo Robledo y a aquella tarde que quedó en “tarde” porque, a fuer de ser sinceros, los primeros que escribieron sobre Guillermo no fueron argentinos; ni uruguayos, ni españoles, ni peruanos. Fueron estadounidenses. Y vieron que ellos dicen good afternoon, pero también good evening; y después good night. Resulta que afternoon y evening para nosotros son una sola cosa: la tarde. Decimos “buenas tardes” hasta que se hizo de noche, lo cual, por otro lado, si lo pensamos un poco, complica las cosas, porque el límite entre la tarde y la noche no depende de un horario fijo, sino de una percepción visual y a veces, de una sensación en el cuerpo. En verano en ciertas partes del país, por caso Tierra del Fuego, es difícil decir “buenas noches” a las 21, cuando todavía la luz está a pleno y el sol a la vista de todos. En cambio en invierno, en Capital Federal, se hace de noche a las 6; pero a nadie se le ocurriría saludar a esa hora diciendo “buenas noches”.

Entonces, como la historia de nuestro Guillermo Robledo fue contada primero por estadounidenses, y aclaremos que lo de Guillermo se convirtió en tal fenómeno, que su primera biografía fue abordada a cuatro manos por dos periodistas del The New York Times, que ganaron el Pulitzer y otros premios por esta biografía, y que por eso decimos “estadounidenses” y no “el estadounidense”. No vamos a poner aquí sus apellidos, porque no vienen al caso en esta historia. Sólo los nombramos para que todos tengamos claro de dónde viene la confusión y la imposibilidad de saber con certeza a qué hora se dio cuenta Guillermo Robledo de su extraña habilidad.

Bueno, en la versión en castellano tenemos dificultad para ubicar el momento del día, porque el traductor, quien tradujera el texto en inglés al castellano, para publicarlo en nuestro país, y, por qué no, en Uruguay, Perú y España, decíamos, el traductor no aclaró si los autores originales del texto en inglés habían escrito afternoon (lo que situaría los hechos hasta las 6 de la tarde según la costumbre anglosajona) o evening (lo que en cambio la situaría entre las 6 (pm, aclaremos para nuestros lectores latinoamericanos-no-argentinos) y las 8 pm. ¡Como complican todo estos tipos!. Todo este discurrir, de más está decirlo, se solucionaría yendo al texto original. Pero este no es momento para hacerlo, porque aquí lo que estamos intentando contar es la historia de Guillermo Robledo y de ese momento en el que descubrió que podía respirar debajo del agua. O más bien, podía no respirar debajo del agua y seguir allí sin ahogarse ni morirse. Y no hablamos de quedarse allí abajo sin respirar por 3 ó 4 minutos, como le he visto hacer a Tom Cruise en una de las películas de Mission Imposible, si mal no recuerdo, la 5, que no se llama así, pero era la quinta, así que era la número 5. Pero claro, eso es una película, y las películas son ficción, no ciencia ficción, que esa es una rama especial de la literatura. Y del cine también; últimamente todo el cine es de ciencia ficción. ¿O me van a decir que las películas de The Avengers son en serio? ¡Pffff! ¡Pero por favor!.

Ahora estábamos hablando de Guillermo Robledo, un tipo afortunado en el amor, y en el dinero. No es que era uffff millonario ni nada parecido, pero tenía una casa con pileta. O mejor dicho con piscina, como dicen en muchos lugares de Latinoamérica, donde pasa lo mismo que con la hora: si decís pileta, te miran y no te entienden. Porque para nosotros, los argentinos, todas son piletas: pileta del baño, pileta de la cocina, pileta del lavadero y pileta, que puede ser Pelopincho, o esas de plástico azul que haces un pozo en la tierra y la mandás ahí; o una pileta de material. Pero afuera es otra cosa: tenés el lavaplatos, el lavamanos, la piscina, el fregadero. ¡O sea un rompedero de pelotas! Cuatro nombres para, básicamente, nombrar lo mismo: la pileta.

Cuestión que nuestro héroe, aunque tal vez suene exagerado nombrarlo así, porque no hizo nada heróico, fue la naturaleza la que actuó, sin que sepamos cómo, pero lo hizo; digamos mejor “el protagonista de nuestra historia” se encontraba una “tarde” en su casa de los suburbios, y por suburbios me refiero a un country cerrado en la zona norte, lo que nos hace sospechar que nuestro héroe probablemente sea un cheto infumable de esos que se cree que porque tiene un billete de más que habrá hecho cagando a alguien seguramente, es un capo del mundo mundial;  decíamos, estaba en su casa, con jardín delante y un parque de tamaño moderado en la parte de atrás de la casa, donde estaba la piscina, una piscina de unos 9 metros de largo por casi 3 de ancho donde Guillermo nadaba todas las mañanas antes de subirse a un Audi y manejar hasta su oficina en la zona norte de la Capital, ahí donde se está poniendo de moda que estén las oficinas ahora, lo que en realidad fue alguna avivada de algún bróker inmobiliario que arregló algunos edificios medio viejos, los adaptó, armó unas oficinas para alquilar, les subió el precio exageradamente y se las alquiló a estos creiditos de zona norte, chapeaux para el tipo que vió la veta y supo explotarla, alto garca, pero en esta la hizo bien, porque cagó a gente que, casi de seguro, sean todos garcas.

Claro que a Guillermo, sobre todo en verano, también le gustaba meterse de noche en su pileta, o piscina, para ser más amplios y tolerantes con quienes no hablan como nosotros. Alguna de esas noches se bañaba  sólo, cosa rara, porque siempre estaba con su novia, y si no con alguna amiga con derecho a roce; y si no con algún contacto de Tinder o Badoo; y si no con alguna prostituta, porque Guillermo, y eso lo supimos gracias a la biografía escrita por estos autores estadounidenses que después alguien tradujo, de bastante mala manera, al castellano, supimos que Guillermo era adicto al sexo; adicto como el personaje que hace Fassbender en “Shame”, el tipo no paraba de ponerla, de bajar porno, de contratar prostitutas; bueno, parece que así era, o es, porque no se murió, nadie dijo nada de que haya muerto y si googleamos en busca de información sobre Guillermo, seguro que no dice nada sobre ninguna muerte ni que se haya muerto ni nada, ni accidente, mutilación, depresión, lo que fuera.

La cuestión –qué antigüedad esa expresión. Recuerdo a mi padre y su costumbre de usarla a cada rato, el rechazo que me causaba. Cada vez que empezaba una historia, decía una frase, dos, y antes de comenzar la tercera, hacía una pausa, tomaba aire y decía “La cuestión”– es que una noche, al volver del trabajo acompañado por una escort que había contactado a través de una página de internet de, justamente, escorts, se metió a la piscina, como hacía casi todas las noches de verano al regresar a casa. Y en cierto momento, sin saber bien por qué, recordó que de niño, en la casa humilde en la que vivía en Monte Chingolo, habían armado una Pelopincho. Y que al verla llena de agua, no se puso contento, ni alegre como haría cualquier niño, sino que simplemente pensó “me gustaría quedarme debajo del agua y no tener que salir a respirar”. Así que aquella noche, mientras la muchacha a la que había contactado a través de una página web se desnudaba y se metía con él en la piscina, o más bien en la pileta, como le decimos los argentinos, recordó aquel pensamiento mágico de cuando era un niño y por un instante se olvidó de la mujer y de lo garca que era – presumimos que era garca, pero más que probablemente lo fuera; y ya estamos hablando de él en pasado, como si se hubiera muerto, como si ya no estuviera entre nosotros – y jugó a ser aquel niño. Se metió en la pileta, olvidó la sonrisa de la chica desnuda en el borde opuesto de la piscina, y se sumergió en el agua pensando “ojalá no tenga que salir a respirar”.

Al principio, según cuentan los autores estadounidenses, Guillermo se quedó allí abajo como siempre. Largaba burbujas y las veía llegar a la superficie y desaparecer. Pensó en salir para tomar aire, pero se dio cuenta que aunque habían transcurrido un par de minutos, y que no tenía necesidad de hacerlo. Siguió así unos minutos más, flotando en el fondo de la piscina, largando burbujas de aire y viendo como al llegar a la superficie, desaparecían. Entonces, de repente, la muchacha que trabajaba como escort (cuyo nombre no sabemos), se sumergió y, asustada, le hizo señas de preocupación, a las que Guillermo respondió mostrando los dos pulgares hacia arriba, la seña internacional de “está todo ok”. Siguieron pasando los minutos y Guillermo seguía sin sentir la necesidad de subir a tomar aire. Fue como a los 10 minutos, según un calculo mental no muy preciso que pudo hacer, que decidió salir a la superficie.

– Creí que te habías ahogado.

– No, estoy bien – le dijo a la chica.

– Ok – dijo ella, y se acercó a besarlo. Él la aparto.

– Esperate un cachito – le dijo. Buscó su celular, buscó la función “reloj”. Puso la función cronómetro, y apretó iniciar. – Vigilalo por favor

En ese momento se quedó 20 minutos debajo del agua. Cuando salió a la superficie, la chica lo miraba entre curiosa y espantada.

– Voy a salir – le dijo ella. – Te dejo acá el celular.

– Ok. Dale iniciar de vuelta – pidió él.

Guillermo se quedó en el fondo de la piscina, algo difícil para cualquiera con los pulmones llenos de aire, porque cuando los pulmones están a pleno de oxígeno, si uno llega hasta el fondo y se deja llevar, flota hacia arriba sin hacer nada. Para llegar al fondo, hay que vaciar los pulmones de aire. Pero he allí la paradoja: para llegar al fondo y poder quedarse sin esfuerzo allí, hay que vaciar los pulmones de todo el aire. Y con los pulmones vacíos de aire, es imposible quedarse en el fondo, porque eso significaría simple y sencillamente, la muerte.

Pero Guillermo no sólo podía quedarse pegado al fondo de la pileta sin esfuerzo alguno, sino que, como le sucedió en aquel momento iniciático, se quedó dormido. Si, tal cual lo escuchan, o mejor dicho, tal cual lo leen. Cuando despertó, salió del fondo de la piscina, fue hasta el celular, y descubrió que llevaba casi una hora y media durmiendo y sin respirar. En aquel momento miró hacia la casa y vió a la chica sentada desnuda frente al televisor. Recordó “Waterworld”, la película del ´92 que protagonizara Kevin Costner, La película transcurría en un futuro distópico en el que ya no existía la tierra firma y todo el planeta llevaba siglos cubierto sólo por agua. El personaje de Costner tenía branquias. Tembló levemente pensando que tal vez se le habían formado branquias. Pasó sus dedos por detrás de sus orejas, pero no sintió nada extraño. No había branquias. Sonrió pensando “bueno, esto si que es raro”. Salió de la piscina, se secó, entró a la casa, se desnudó delante de la escort y tuvieron relaciones sexuales allí mismo, durante ¡7 horas seguidas!.

Aquí el relato de los autores de la biografía de Guillermo Robledo toma un desvío muy pronunciado y durante varios capítulos (más bien durante la totalidad de los capítulos restantes de la biografía) se dedican a relatar las proezas sexuales de este personaje que al final se hizo famoso en las redes más por sus nuevas habilidades en la cama (ya era adicto de antes, pero ahora, su resistencia se había vuelto casi infinita) que por ser el primer ser humano (y el único hasta ahora, que sepamos) en poder vivir abajo del agua sin respirar. Increíble.

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