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Death and decay

Por Sergio Andrés Rondán |

Ese día se levantó más tarde: el despertador eléctrico no sonó. No se podía confiar en esas cosas. La luz de la mañana tardía se filtraba por las persianas, matando todos los restos de la madrugada anterior: lejos parecía haber quedado la agitada noche bajo vapores de cerveza tibia y espadazos del Diablo I. No podía evitar pasar todos los días enchufado a la computadora. La separación fue muy dura para él y el aislamiento social era la única manera de sobrepasarla: perdió la cuenta de cuándo fue la última vez que habló con alguien o que sonó el teléfono.

¿Importaba acaso? Tenía comida y bebidas de sobra y cientos de juegos para emular. El aislamiento podía ser efectivo durante unos cuántos días más.

Tomó el aparato y descubrió el problema: estaba totalmente muerto. Raro, pensó, pues estaba enchufado, pero no encendía. Tampoco funcionaba el aire, ni la tele. Al cabo de minutos de recorrer el hogar, descubrió que no había luz.

Eso explicaba muchas cosas.

Pero no todas, como por ejemplo, la sensación de desolación. Salió a la calle y no vio a nadie. Las viejas no salían a hacer los mandados, los autos no atormentaban con horribles bocinazos y los taxistas no se enfrentaban a peatones, bondieros y demás esbirros de la ciudad. Caminó hasta Rivadavia y el panorama era desalentador, terrorífico, sepulcral: faltaban solamente las plantas rodadoras; el desierto de asfalto allí estaba y el abrasivo sol todo lo quemaba.

Se sintió horriblemente perdido, aislado y atormentado. Muchas veces se sentía así de camino al subte entre tanta gente que parecía no existir, pero esto era distinto. Se veía solo, encerrado entre moles de cementos, asfalto derretido y un Sol enfermizo que no paraba de atosigarlo con su presencia.

Al cabo de unos días recorrió la ciudad. Se metió en los túneles de los subtes, en parques y shoppings, se perdió en avenidas que jamás conoció, caminó por las vías del Sarmiento, nadó en los Lagos de Palermo, se masturbó adentro del Planetario, fumó porro en el Malba, saqueó, delinquió y destruyó la propiedad privada a mansalva hasta que se hartó y se convenció.

Estaba completamente solo y no podría sobrevivir así mucho más.

Tomó una enorme bicicleta rutera y se aprovisionó: llevó una bolsa de dormir, muchos víveres, armas blancas y de fuego, litros de agua y salió a la ruta. No tenía rumbo, pero quería escapar de la General Paz que siempre le había parecido un horripilante muro contra la naturaleza.

Pero se olvidó de algo importante, trascendental. Las personas depresivas se aíslan, se encierran y se olvidan que fuera de su ególatra desolación y tristeza, existe un mundo exterior.

Hacía unos cuantos días hubo un éxodo masivo de la humanidad. Por más que se internase en rutas, solo encontraría desolación, soledad y naturaleza retornando al estado virginal: bosques floreciendo, las mariposas volviendo a poblar los lugares de las que fueron desplazadas junto con los escarabajos, cascarudos, bichitos de luz… ellos serían su única compañía.

Los videojuegos, decía él, lo iban a salvar. Encerrado entre sus cuatro paredes, cercenando goblins, orcos, muertos vivos y curas renacidos del averno, se quedó aislado. Quizás no era el único. Había muchos más que vivían como él, en montañas, montes, islas del Delta, u otros que simplemente se negaban a abandonar el pedazo de tierra que tanto amaban. Su huerta, el patio de la infancia, el perro rompiendo las rosas de la abuela, la quintita del tío que hicieron con tanto esfuerzo, el parral y las uvas criando bichos por doquier, las plantitas de marihuana creciendo… no todos querían abandonar su lugar.

Pero él no los iba a encontrar. Ni ellos a él.

Cuando estaba llegando a la Reserva de Otamendi —luego de unos 80 km recorridos— notó algo extraño en el cielo. Comenzó a ponerse de un rojo intenso, tajante, espectral: le recordó a los firmamentos del Doom, tenebrosos, sangrientos, monstruosos…

Hilos rojizos comenzaron a expandirse desde un punto en el cielo. Como líneas caóticas y demenciales, se multiplicaban por todos lados y rajaban el tejido del firmamento. Él ya no miraba, se encontraba nuevamente jugando: se había llevado sus PSP y disfrutaba, bajo la sombra de una inmensa magnolia, de recorrer el eterno e infinito castillo de Drácula en el Castlevania: Symphony of the Night. Estaba totalmente absorto, obnubilado y con los auriculares puestos, oyendo la más maravillosa banda sonora mientras mataba todas las alimañas que el Conde le ponía en su camino para hacerle morder el polvo…

Como si el cielo fuese una gran hoja de papel, comenzó a resquebrajarse. Los hilos rojos se ensancharon más y más, absorbiendo el azul impoluto libre de nubes; las pocas que quedaron fueron chupadas por los huecos que ahora destruían el telón de la realidad. Poco a poco la atmósfera que había visto crecer a tantas especies empezó a desmenuzarse como un papel que se incendia y empieza a esparcir sus cenizas al aire. La telaraña cobriza se expandió ensanchándose y comiendo todo lo que tocaba, dejando tras de sí huecos inmensos de negrura absoluta, una oscuridad que comenzó a opacar y a absorber la luz solar, dejando todo en tinieblas.

Se dio cuenta de que de pronto se hizo de noche y miró hacia arriba. Donde mirase, grietas rojizas y enormes como cañones atravesaban el firmamento, si es que todavía podía pensar que eso era cielo y no un abismo sideral abierto en las alturas. Pensó en agujeros negros, en supernovas explotando, en planetas colisionando… pero, sin embargo, a lo lejos todavía se veía un punto rojizo, que imaginó era el Sol.

Todo lo demás sucedió en un instante. Las grietas crecieron tanto que se unieron y la noche se hizo presente. Aunque para ser sinceros, no era noche, pues no había Luna ni estrellas y pese a eso, un extraño resplandor de luminosidad putrefacta cubría todo.

Y así como las líneas rojas se hicieron grietas inmensas y luego se transformaron en abismos infernales, de los pozos oscuros del cielo surgieron enormes ojos. Primero uno, luego dos, cuatro, diez, cientos y miles. Miraban, aunque no parecían ver. Contemplaban, aunque no sabía qué. Eran rojos, venosos y horribles. Las pupilas ardían en fuego y el fuego lo quemaba a él. Sintió cómo comenzaba a arder. Soltó la PSP, que cayó y se rompió. Miró a su alrededor y comprendió por qué sentía calor.

El mundo se incendiaba y el moría en una tormenta de fuego.

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