Navegar por

Cucarachas IV

Por Rocío Deguer

El ruido era insoportable y le nublaba la cabeza. Se levantó y sin prender la luz ni ponerse los lentes, fue hasta el baño a aliviar su inflamada vejiga. El gato seguía escondido en algún lugar y el ruido era cada vez peor. Cerró la puerta del baño y de la cocina, bajó la persiana del patio y volvió a su cuarto. Se metió en la cama, con esas sábanas que no lavaba hacía semanas. Cuando empezaban a tomar olor, les tiraba perfume para telas, pero eso no las lavaba. Tenía lavarropas pero no veía el sentido de enchufarlo y agregar un ruido más a esa casa. Las sábanas se usaban sólo para dormir y si se duchaba a la mañana, los daños eran significativamente reducidos.

Si se hubiera mudado a otro lugar, en otro barrio… con menos cucarachas y menos basura en todas las calles. Pero él nunca evaluaba demasiado las consecuencias y sólo hacía lo que había que hacer para resolver. Era resolutivo.

¿Por qué su barrio tenía un cuarto del tamaño de otros barrios pero con tres veces más personas? Era injusto. Un barrio comercial, lleno de negocios y de basura y de personas que van y vienen todo el tiempo, todos los días. Los semáforos en verano no andan, y los encargados se juntan entre sí como imanes y heladeras, o como policías y ladrones en zonas liberadas. En su barrio había muchas zonas liberadas, muchos robos y muchos policías. También había muchas cucarachas.

¿Por qué las cucarachas elegían su barrio y no otros? Si pudieran migrar a ese otro barrio tres veces más grandes que el suyo… se imaginaba una noche con filas y filas de cucarachas desfilando por las calles porteñas, agarrando Av. Santa Fe y metiéndose en los subtes. A las cucarachas no les gusta la luz y las calles de esos barrios estaban muy iluminadas. Entonces llegaban y se iban metiendo en los edificios, se deslizaban por debajo de las puertas y entraban a las cocinas, baños, livings, cuartitos de basura y para asentarse en su nuevo hogar, iban dejando a sus crías por todos los rincones.

Los vecinos aterrorizados ponían en venta sus casas, pero la noticia de la invasión ya había llegado a todos los medios y nadie vendía nada. Bajaban tanto los precios que los vecinos de su barrio aprovechaban la oportunidad y compraban, porque ellos ya habían aprendido a convivir con cucarachas y por ese precio, podrían vivir con ellas para siempre con un techo seguro y sin pagar alquiler.

Al mismo tiempo, su barrio se revalorizaba porque no tenía cucarachas y porque esa gente tenía que vivir en algún lado. La demanda era tal que los precios subían y las inmobiliarias se hicieron un festín. Como aquel barrio tenía tres veces menos de personas y era cuatro veces más grande, todos se podían acomodar sin hacinamiento, los vecinos nuevos y los viejos en el barrio nuevo y en el barrio viejo.

Las cucarachas habían hecho justicia y se convertían en el nuevo santo de todas las iglesias, que ya no eran católicas ni evangélicas y eran cucarachistas. Como seguían considerándose plaga pero matarlas estaba muy mal visto, los servicios de fumigación en vez de tirar veneno, las atrapaban y las llevaban a otros hábitats controlados por humanos para que no se reproduzcan pero asegurándoles una vida plena.

El ruido seguía siendo insoportable pero él estaba mucho más tranquilo y, entresueños, quedándose dormido, pensaba: si tan sólo el ruido pudiese migrar…

Facebook Comments
Visit Us On TwitterVisit Us On Facebook