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Cucarachas III

Por Rocío Deguer

La vieja de al lado me deja cucarachas en la puerta de mi casa. Estoy segura de que tiene un frasco que rellena con cáscara de banana y utiliza como cebo. Le debe poner aceite en las paredes para que no puedan volver a salir. Cuando junta suficientes, le pone la tapa y lo vacía en la puerta de casa. La cáscara se la lleva para que yo no sospeche, pero yo sospecho igual porque soy muy perceptiva.

Limpié la mirilla así puedo espiarla desde adentro. A veces uso la cerradura porque me puedo sentar en la silla y ver bien. Me hago mate, me llevo unas galletitas, y me quedo atenta por horas. Pero ella sabe y espera a que me vaya, porque conoce mis horarios. Está loca y no me extrañaría que me espíe para ver cuándo salgo y así venir con el frasco.

Hablé con el encargado para comentarle esta situación, me dijo que ella sería incapaz de hacer algo así pero yo lo vi más de una vez hablando con la vecina e incluso lo vi haciéndole las compras. Una vez le compró bananas. Seguramente se hayan complotado en lo que parece ser un plan perfecto.

Tuve que renunciar al trabajo porque ya no me daban los tiempos para espiar a la vecina y encargado al mismo tiempo. Además, quedándome en casa puedo asegurarme de que no me deje cucarachas porque no me ve salir. Por temor a no escuchar los pasos, dejé de poner música y de prender la televisión. Mi casa está en absoluto silencio.

Quedarme en casa tanto tiempo es complicado pero más complicado es que la vecina me deje cucarachas, porque implica toda una logística ir a comprar insecticidas o llamar al fumigador, o estar atenta todo el tiempo a que las manchas del piso no se muevan —si se mueven no son manchas, son cucarachas, lo aprendí con el tiempo—.

Renunciar al trabajo me trajo una serie de complicaciones que no tenía previstas, como por ejemplo no poder pagar el alquiler. Yo le expliqué a la dueña del departamento que aunque tenía razón y estaba incumpliendo el contrato, también le estaba cuidando la casa e impidiendo que se llenara de cucarachas, y eso no es poca cosa porque no podés alquilar una casa si tu vecina te llena de bichos.

A la dueña no le pareció convincente lo que le dije y ahora dice que me quiere desalojar. El problema es que todo este tramiterío no me deja el tiempo necesario para espiar a la vecina, por lo que sospecho que la dueña está complotada con ella y con el encargado. Desconozco las razones por las que querría que su propio departamento se llene de cucarachas, pero hoy en día el mundo anda desquiciado.

Para que no me desaloje y poder seguir con mis guardias, necesitaba un trabajo nuevo. Pero no tenía tiempo de trabajar y de hacer las guardias al mismo tiempo, con lo cual era todo un incordio. Decidí que esa noche la situación se acabaría por las buenas o por las malas, porque si me desalojaba no sólo se le iba a llenar todo de cucarachas, sino que además la calle, que es donde iba a tener que vivir, estaba llena de bichos de todo tipo y de gente imposible de vigilar para que no me los deje en mi colchón.

Esperé hasta la medianoche, cuando sabía que la vieja se va a dormir —hace todo un espamento con las persianas—, y me pasé a su patio a través del mío. Por suerte dejó la ventana del patio abierta y la persiana a medio bajar así que no tuve complicaciones para entrar a su casa.

Sigilosamente, llegué a su cuarto y le aplasté la almohada contra la cabeza boca arriba. La anciana me miró a los ojos, como entendiendo las razones por las que hacía lo que hacía, y aunque intentó oponer resistencia murió ahogada de acuerdo al plan. Me gusta que las cosas salgan de acuerdo al plan.

Camino a la puerta del patio vi que la cocina estaba llena de frascos apilados con cáscara de banana adentro. Vi cómo incontables manchitas en el piso se iban moviendo y cómo algunas de ellas se introducían en el cebo. Me dieron lástima porque ahora que la vieja no iba a dejarlas en mi puerta, estaban condenadas a morir de inanición en esa cárcel transparente.

Así que cambié la dirección y fui hasta la cocina, agarré algunas bolsas que la vecina tenía por ahí y metí todos los frascos adentro. Salí por el patio y me los llevé a casa. Mientras busco trabajo y ya que no hago más guardias, me encargo de alimentarlas. Dejé los frascos en la cocina así no ocupan lugar en el living, pero cada vez hay más cucarachas porque claro, los frascos no tienen tapa.

Se me ocurrió que iba a tener que hacer algo porque tantas juntas, pobres, se iban a sofocar, pero después de salvarlas y alimentarlas, no podía ni concebir tener que asesinarlas. No es que me importara tanto su vida pero simplemente yo no podía hacerlo.

Esperé a que el vecino de al lado se fuera a trabajar —no soy chusma, pero siempre sale a la misma hora porque escucho el ruido que hace con el ascensor—, y cuidando que nadie me viera tiré las cucarachas en su puerta y me llevé los frascos de vuelta a casa.

Mientras volvía escuché sirenas de ambulancia y me metí rápido. Fue muerte natural, dijeron. Por la mirilla, veía a quien parecía la hija de la anciana llorando desconsoladamente. Si supiera lo que su santa madre me hizo no lloraría tanto, pensé. Pero no le dije nada porque en ese momento sonó el teléfono. Había conseguido trabajo.

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