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Cosas

3Por Sebastián Mateo

Eran las 03:08 de la mañana de un día gris, como casi todos los días. Hacía calor, pero no demasiado. Era la clase de calor que incita a prender el ventilador y, al mismo tiempo, taparse con una colcha fina. De fondo, sonaban canciones agridulces que hablaban sobre el amor, el peso del mundo y la incertidumbre que trae el inevitable paso del tiempo. La televisión estaba prendida, pero sin volumen. La hubiese apagado hacía horas de no ser porque no encontraba el control remoto y levantarse a buscarlo era una empresa casi inconcebible. Fumaba y tiraba las cenizas en una taza semivacía, que todavía conservaba sedimentos de lo que en algún momento supo ser té.

Se preguntaba qué era lo que hacía que una cosa sea esa cosa y no otra. ¿En qué momento algo deja de ser lo que es y pasa a ser otra cosa? Si cambiáramos todas las piezas de un barco, desde el primer tornillo hasta el último trozo de madera, ¿seguiría siendo el mismo barco? Si usáramos las piezas retiradas para construir otro barco, ¿ese barco sería uno nuevo, o tan solo el mismo de antes?, ¿cuál es la unidad mínima que una cosa debe conservar para seguir siendo lo que es y no cambiar por otra?, ¿es esa unidad mínima material o, por el contrario, intangible?, ¿sería razonable llamar “esencia” a esa unidad?, ¿es posible que las cosas tengan una esencia? Le pareció que todas esas preguntas eran más interesantes que sus potenciales respuestas.

Cambió la música, puso una selección de canciones pop midtempo de dudosa calidad técnica. Sintió que no había forma posible de encontrar una mejor selección para ese tiempo y ese lugar. Le dio una última pitada al cigarrillo, lo apagó y puso la taza en la repisa. Le costó acomodarla porque el mueble estaba lleno de todas las cosas que no deberían estar en una repisa, desde apuntes de hacía un año hasta envases de helado, pasando por seis o siete vasos vacíos de distintas formas y tamaños. Miró el techo y se detuvo un rato largo en las manchas de humedad de las esquinas de su cuarto. La suciedad y el desorden generalizado en que se encontraba todo, lejos de parecerle repugnante, le parecía poético.

Leyó unas páginas de una novela que estaba tardando más tiempo del esperado en terminar. Apagó el velador y se acomodó para, finalmente, irse a dormir. En ese momento, sin pedir permiso y sin golpear la puerta, se abrió un portal interdimensional que comenzó a tragarlo todo.

Prendió el velador para observar mejor el fenómeno. Efectivamente, ahí estaba, en el medio del cuarto, succionando todas sus posesiones con la voracidad de un animal salvaje.

Encendió un cigarrillo, justo antes de que el vórtice se llevara su encendedor. Luego, engulló sus libros, sus vasos, la ropa, los gatos y la netbook. Su cama comenzó a moverse lentamente en dirección del agujero. Le dio una larga pitada a su cigarrillo y lo arrojó a la máquina de tragar, que estaba ya bastante cerca. Cambió la música nuevamente, puso a Sinatra y estiró su mano para apagar el velador, pero el pozo negro se lo tragó antes de que pudiese apagarlo. Le pareció oportuno. Se deslizó entre las sábanas y pensó en la paradoja del barco nuevamente, justo antes de quedarse dormido.

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