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Por Juan Martín Zara |

Me llamo Jaime, tengo 60 años, huelo mal y mi abdomen peludo cada día crece más. Orino sentado, cuando estoy en mi hogar, pero los mingitorios de los baños públicos me obligan a hacerlo de pie. Mi barriga no deja ver mi pequeño y maltratado miembro, como la ladera de la montaña al curso estéril del riacho formado por el agua del deshielo, que nunca llegará al océano.

Vivo con mi madre, pero ella no lo sabe. Está atada a su silla de ruedas presa de la confusión mental y la pérdida de memoria que la demencia le regaló. Pasa sus días con la mirada extraviada en la ventana, repartiendo maquinalmente un mazo de barajas españolas. Dos enfermeras, que me cobran una fortuna, se dedican a alimentarla, bañarla y medicarla.

Alguna vez tuve hermanas. Dos hermanas mayores que olían a vaselina y talco mentolado. Nunca compartieron mi estilo de vida, mi digna manera de ganarme el pan de cada día. Cuando mamá empezó a olvidar nombres, muertos y cumpleaños, comenzaron a alejarse. Pero el detonante fue aquel incidente que tomó estado público. Nuestra madre confundió al confesionario de la Iglesia, donde todos los días iba a misa, con el baño de la parroquia. El olor a excremento y el líquido marrón saliendo por debajo del habitáculo, destinado al sacramento de la reconciliación, generaron un escándalo que llegó al Vaticano. El sacerdote, un viejo alemán con pinta de Nazi puso el grito en el cielo, y los medios de comunicación reprodujeron con temeridad la noticia. “Confesiones en el excusado de Dios”, “Los pecados olían mal”, “Santas necesidades”. Los diarios y noticieros se vanagloriaron con sus placas rojas y títulos estúpidos para ilustrar una crónica. Todavía sigue siendo más importante para ellos recibir un premio por lo escrito que intentar mitigar el sufrimiento del ser humano que generó los acontecimientos que deberían seguir siendo anónimos.

Desde ese momento, aún sin saber que mamá había usado como papel higiénico las hojas de la Santa Biblia, mis hermanas desaparecieron por completo, dejándome a cargo de la situación.

Siempre pensé que el derecho a la herencia debería desaparecer ya que fomenta la violenta división social en la que vivimos y no hace más que aniquilar oportunidades. El caso de mis hermanas lo ilustraba a la perfección. Toda su vida la transitaron resuelta con el producto de lo recibido de mi padre que construía grandes edificios, y murió un mes antes de mi nacimiento. Así, sin preocuparse por tener que trabajar ni un solo día de sus miserables vidas, llenaron sus existencias de prejuicios, deviniendo en militantes de la pena de muerte y la erradicación de las villas miserias y asentamientos urbanos, perfectamente maquillados en los eventos sociales de la alta sociedad al que cierto sector de la fe católica, apostólica y romana sigue respondiendo.

“La demencia no es exclusiva para los adultos mayores, aunque se suele presentar más en esta etapa”, dijo el médico que atendió a mamá tras el incidente. Poco me importaban las declinaciones a nivel funcional ni las alteraciones en su conducta diaria. Siempre asumí a la muerte como un semáforo intermitente que en algún momento me indicaría con la luz adecuada, que había llegado la hora. Mi madre no estaba exceptuada de ese llamado.

Soy productor de películas pornográficas de mediano costo. El avance de internet hizo que el negocio cambiara mucho en los últimos tiempos. Las grandes cámaras, las ediciones artesanales y las viejas videocaseteras fueron reemplazadas por el streaming, la edición digital y los dominios triple equis. Pero este es un negocio tan noble que nunca faltarán clientes. El progreso se metió en la forma en la que la gente compra placer. Los viejos videoclubs de los 90 desaparecieron y la vasta colección de películas condicionadas de mi sello son ahora parte del cine clásico y la posteridad. La modernidad hizo que pudiera prescindir de casi todos los empleados. Ahora escribo, grabo y produzco. Soy muy reconocido en un ambiente que por cuestiones de decoro y estupidez humana permanece en penumbras y no mueve los millones de dólares del cine convencional.

Todos los días, cuando llego a la oficina, una fila de chicas esperan para el casting. Antes me divertía verlas desnudas dándose placer hasta el gemido más profundo, ofreciéndome sus orificios depilados. De a poco desarrollé un ojo clínico infalible. Al sostenerles la mirada un par de segundos, tengo en claro si son adecuadas para el trabajo y las convoco, dependiendo de sus aptitudes, para el soft porn de los lunes y miércoles, o para el hardcore de los martes y jueves. El último sábado de cada mes, hacemos un gang bang, que es lo que mejor se vende. Es la especialidad de la casa y desde todos los rincones del mundo pagan por verlos. Marqué un antes y un después en la industria cuando un sábado grabamos exteriores y cuatro putas sin ropa bailaron un vals en la puerta de la Catedral antes de desvestir a dos monaguillos bien dotados.

Cada tanto me enamoro de una de las actrices. Generalmente cuando son menores de edad y aparecen vestidas con jumper de colegio católico y medias largas. Suelo pagarles el doble o el triple de lo convenido hasta que me aburro y las despido. Disfruto mucho del llanto, cuando las lágrimas se mezclan con el delineador y dibujan el escándalo. Pero lo que me genera un placer desmedido es  poder extorsionarlas con mostrarles las grabaciones a sus padres, o al mundo entero.

La capacidad que tiene, hoy en día, una unidad de información para reproducirse de forma exponencial me transformó en Dios. Un Dios malvado que reina haciendo click. Luego de cobrar cientos de miles de pesos de los padres de las niñas, generalmente grandes políticos y empresarios, envío los videos a una realidad simulada y eterna que existe dentro de los ordenadores y de las redes digitales de todo el mundo. A esa realidad, que le damos más importancia que a la cotidiana, algunos le dicen ciberespacio, otros la llaman Infierno.

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