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¿Alguna vez te pasó?

Por Sebastián Mateo

¿Alguna vez te pasó que ibas a caminando, perdido entre la masa de gente que toma el subterráneo todos los días en la hora pico, todas las semanas de todos los meses de todo el año, y mientras dejabas de ser un individuo con capacidad de toma de decisiones y te convertías en un engranaje más de la masa que se mueve por inercia en ese laberinto de concreto que es la combinación entre una estación y otra, pensabas: en qué demonios estará pensando esa pelirroja que camina tres metros delante mío?

Y alguna vez te pasó que mientras pensabas eso, te respondías a vos mismo: “seguramente esté pensando en lo degradante que es el proceso cotidiano de pérdida de la individualidad y transmutación en hombre masa, y en lo inerte que es luchar contra el proceso. Sí, seguramente piense en eso, por eso me gustan las pelirrojas… tan profundas, tan complejas.

Pero más que seguramente esté pensando en lo que comió al mediodía y en que en este momento hay alguien a tres metros suyo pensando en lo que ella está pensando. Y que ese alguien la mira raro, y seguro piense que es un psicópata y esté a punto de gritar y aludir acoso. Maldita pelirroja prejuiciosa, qué decepción fuiste, pensé que teníamos algo bueno por acá”.

Y entonces la dejás de mirar, rápido y sin sopesar. Y mientras se da todo este baile, seguís avanzando en la masa, sin decisión, producto de la fuerza colectiva y sin hacer ningún esfuerzo físico, dejándote llevar por el flujo natural del mar de gente, sin echar ojo a la pelirroja. Y pensás: “cómo odio a esa pelirroja, tan creída, tan superficial, tan banal”. Seguramente no esté pensando que en este momento es una infinitesimal parte de una masa amorfa de gente, seguramente ni siquiera le moleste, más que seguramente ni siquiera lo registre.

Seguro debe estar pensando en lo que va a hacer cuando llegue a su departamento en Recoleta y la esté esperando el genuflexo de su novio, con la comida ya en el horno mientras leé el Ulises de Joyce y se fuma un puro. Mierda, qué jodidamente buena que está esa pelirroja, tan sobrada, tan soberbia, tan inalcanzable, con esas pecas de ninfa exótica y esa piel de porcelana. Pelirroja de mierda, pensando que todos los que la miran son unos psicópatas, ¿quién se creé que es?

Pero igual no puedo enojarme con ella, seguramente yo también pensaría que los que me miran son unos psicópatas si viviese en una estructura social heteropatriarcal donde la estadística indica que el 90 por ciento de los que te miran con cara de psicópatas en el medio de una turba de gente en el subterráneo, son psicópatas. Pobre pelirroja, ojalá supiese que la perdono por estigmatizarme… en cuanto tenga la oportunidad le voy a aclarar que no soy un psicópata pero que la entiendo y la comprendo por encasillarme en ese lugar de antemano, ya que yo hubiese hecho lo mismo si fuese ella. No quiero que se sienta culpable”.

Y la pelirroja saca su celular en el medio de la turba de gente, y es un buen celular, no tiene ninguna marca y el vidrio no está roto como el tuyo, y no sólo eso sino que de alguna manera logra sacarlo y utilizarlo en ese río de personas. Y pareciese que cuando ella se mueve, cada vez que intenta algo, la masa de gente se abre como el mar rojo y le permite hacer cualquier maniobra. Y mientras, vos, querés sacar el celular de tu bolsillo, tu celular con pantalla rota y deslucida, pero no podés, tu mano se traba en tu bolsillo y quedás inmóvil, humillado y paralizado mientras la pelota uniforme de gente te transporta por los pasillos del subterráneo sin miramientos de tus contorsiones.

¿Y la pelirroja?

La pelirroja ya no está a tres metros sino que está a unos diez metros, y no sólo va con sus dos manos totalmente libres y móviles, sino que se da el lujo de usarlas para whatsappear a sus amigas en el medio del apocalipsis de gente.

¿Cómo sabés que está whatsappeando a sus amigas si está a diez metros? Podría estar haciendo cualquier otra cosa con su celular. No lo sabés, pero lo intuís, y sabés que lo hace para desencajarte, para mostrarte su infinita superioridad, para mofarse de tu mano entumecida y paralizada y tu incapacidad crónica para realizar movimientos autónomos por fuera de la masa que te transporta. Y ahí volvés a entender que siempre tuviste razón, y recordás por qué odiabas a la pelirroja, a su sonrisa burlona mientras lee el celular, a la libertad y la gracia con la que se mueve entre la masa y al genuflexo pseudo intelectual de su marido que lee el Ulises de Joyce sentado en el sillón mientras se fuma un puro.

Y mientras pensás en todo esto, buscás a la pelirroja pero no está, porque ya no estás en ese interminable pasillo sino ya dentro del subte, atrapado entre la axila peluda de un gordo con remera de La Renga y la cartera con motivo animal print de una milf rubia de ojos marrones y pensás: “al fin se fue esa pelirroja psicópata, me estaba poniendo de mal humor”.

¿Alguna vez te pasó? Me pasa todo el tiempo.

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